Enrique Abasolo
Más que un barbarismo, la palabra "socialité" es toda una monstruosidad lingüística. Para rastrear el origen de este intruso del idioma no hay que remontarnos muy atrás en el tiempo, apenas unos cuatro o cinco años en que la prensa de lo superfluo generalizó su uso indiscriminado.

El término no deja de ser una curiosidad que ocuparía un lugar destacado en la galería de los fenómenos gramaticales, si tan sólo pudiésemos capturarlos vivos para exhibirlos.
Más que un barbarismo, la palabra "socialité" es toda una monstruosidad lingüística. Para rastrear el origen de este intruso del idioma no hay que remontarnos muy atrás en el tiempo, apenas unos cuatro o cinco años en que la prensa de lo superfluo generalizó su uso indiscriminado.

El término no deja de ser una curiosidad que ocuparía un lugar destacado en la galería de los fenómenos gramaticales, si tan sólo pudiésemos capturarlos vivos para exhibirlos. Diseccionemos primero esta novedad verbal en su estructura para abordar luego su valor semántico: Como base morfológica de este engendrito se empleó el lexema de la palabra "sociedad", apelando no a su acepción más amplia (conjunto de individuos que comparten un ámbito específico), sino a su sentido clasista, como el que aludimos en la expresión "una dama de sociedad", dando por sentado (con ayuda de la sinécdoque) que se trata de una mujer de la "alta sociedad".

Luego, se le dio un giro anglosajón al voquible en ciernes, que lo dejó en "socialite" (pronúnciese "socialáit") que lo aproximó al significado que se pretendía llegar (en inglés: miembro de una élite social).

No obstante -y aquí viene lo chocarrero-, algún ocurrente redactor de la nota rosa debió estimar que eso del inglés está bien para los que tienen sus más altas aspiraciones puestas en el shopping de McAllen, pero aludir a la verdadera cúspide de la pirámide alimenticia (ahora sí que la crème de la crème) obligaba a voltear a ver al Viejo Continente.

Dado que los franceses tienen su escritura plagada de acentos, diéresis y otras monerías grafológicas, se ornamentó la escritura del vocablo y ahora "socialité" o "socialitè" no sólo luce ortográficamente más sofisticado, sino que obliga a una pronunciación aguda que emparenta fonéticamente a la palabra resultante con todo lo que viene de Francia y es de caché.

"Socialité" es pues un falso galicismo. También es un pseudo anglicismo. Tampoco existe en español. Tiene mucho más de ocurrencia y payasada que de significado profundo, lo que en absoluto obsta para su impune utilización mediática y cotidiana, igual que otros abortos filológicos como "fashionista" o (una de mis favoritas) "milf".

Pero entremos de una vez en materia: ¿Qué carajos es un/una socialité? Socialité es una celebridad que adquirió fama gracias a su habilidad para las relaciones sociales por encima de cualquier otro mérito o talento.

El paradigma de la socialité se encuentra en la persona de Paris Hilton, quien no obstante dejó hace rato de ser el plato fuerte de los tabloides, definió en su momento el concepto que hoy nos ocupa.

Hija de un magnate hotelero, los principales talentos de Paris son la borrachera, los desfiguros con sus amigas y servir de mal ejemplo.

No la juzgo, no estoy emitiendo sobre ella un juicio de valor. Sólo busco establecer lo que debemos entender cada vez que escuchamos esa artificiosa palabreja.

Es posible que el o la socialité-gracias a su habilidad para mezclarse con otros famosos- incursionen en toda clase de empresas y proyectos asociados al estrellato (modelaje, música, actuación). Pero jamás se les toma en serio, cuando no son despiadadamente destrozados por la crítica sólo por ser quienes son -unos advenedizos en el mundo de los talentosos-.

Empero, las diatribas más virulentas en su contra, los comentarios más mordaces y sus peores escándalos sólo les engrosan la popularidad: Más menciones al aire, más tinta para ellos en todas las publicaciones. En ciertos niveles ya no existe la buena o la mala fama, sólo la fama.

Un (a) socialité gasta su tiempo en giras, ruedas de prensa, eventos de promoción. Hace declaraciones huecas, se retrata a toda hora y con quien puede. Habla de su pensar y su sentir -aunque no guarde ello nada de especial-, pero elude los temas difíciles. Se pasa la vida de vuelta por el mundo, derrochando, promoviendo algo impreciso que a nadie, ni siquiera a sí mismo, le queda claro qué es. Todo gira en torno a su persona, no a su obra que brilla por inexistente.

No hace absolutamente nada (nada concreto, nada que sea realmente digno de reconocimiento). Y aunque nadie se explica por qué, aun así no deja de recibir adulación o la desmesurada cobertura por parte de la prensa.

¡Qué concepto más raro éste del "socialité"! ¿No cree usted? ¡Ah! Hoy es el Informe del Gobernador del Estado.

petatiux@hotmail.com