Armando Fuentes Aguirre "Catón"
La última vez que fui a Tampico -hace un par de semanas- encontré un libro que tiene en su portada el dibujo de un faro y una palma. Delineado con tinta negra sobre fondo azul, se mira el contorno del Golfo de México.

Ese libro se llama "Apuntes ribereños". Lo escribió en 1955 Adriana García Roel, una señora de Monterrey. Lo proclaman con meridiana claridad sus apellidos. La autora le dedicó el libro a su marido, y se lo dedicó así: "A Julio R. de la Garza, por la paciencia que le tiene a su mujer, quien, además de todas las debilidades propias de su sexo, tiene la de escribir".
La última vez que fui a Tampico -hace un par de semanas- encontré un libro que tiene en su portada el dibujo de un faro y una palma. Delineado con tinta negra sobre fondo azul, se mira el contorno del Golfo de México.

Ese libro se llama "Apuntes ribereños". Lo escribió en 1955 Adriana García Roel, una señora de Monterrey. Lo proclaman con meridiana claridad sus apellidos. La autora le dedicó el libro a su marido, y se lo dedicó así: "A Julio R. de la Garza, por la paciencia que le tiene a su mujer, quien, además de todas las debilidades propias de su sexo, tiene la de escribir".

Por causas que no explica -quizá el trabajo de su esposo- doña Adriana pasaba muy largas temporadas en Tampico. Se enamoró de la ciudad, y habla de ella en términos de afecto. Lo que más le gustaba era pasar las horas contemplando el mar desde la playa, y visitar con su esposo "los navíos que llegaban de lejanos puertos". (Todos los puertos, según aprendí en mis lecturas de Verne y de Salgari, son lejanos).

La vida en Tampico era morosa. "Aquí -le dijo un tampiqueño a la señora García Roel- para que pase el tiempo tiene usted que moverle las manecillas al reloj".

La escritora compara esa lentitud con el tráfago de Monterrey:

"... En Tampico la vida sigue un ritmo gracioso. La gente encuentra tiempo para ser amable; no se atropellan unos a otros, ni su existencia es atolondrada. Tengo la impresión de que la gente de acá no lleva a cuestas el enorme fardo de preocupaciones materiales que allá en mi tierra suele agobiarnos. Y me parece entrever una diferencia muy grande entre la manera de vivir de un tampiqueño y la de un habitante de Monterrey: mientras el primero saborea lentamente la vida, el segundo se atraganta.

"En Monterrey vivimos un poco a lo fenicio. Releyendo a Malet encuentro un párrafo que me sorprende mucho: `Vivir para enriquecerse, y enriquecerse para gozar de la vida; tal fue el ideal de aquel pueblo activo y útil...'. Se antoja pensar que, al escribir lo anterior, el historiador se refería a los regiomontanos. Porque nuestra mente, como la de los fenicios, está enfocada siempre sobre la cuestión del mejoramiento material. Las ganancias contantes y sonantes son nuestro objetivo primerísimo, y esta preocupación no deja de enturbiarnos la existencia.

 "Es cierto que cuando un habitante de Monterrey llega a valer tanto más cuanto, entonces empieza a desmandarse un poco, a realizar sus sueños. Pero muchas veces sucede que tras de largos años de afanes y privaciones y cuando, alcanzada ya la meta económica que se había propuesto lograr, el hombre de trabajo se resuelve a saborear la vida, ésta se le acaba, los achaques se le echan encima y, enfermo y desconsolado, comprende demasiado tarde que la vida se le fue y que los años jóvenes no retoñan, como no retoñan tampoco ni la salud ni el entusiasmo...".

No sé si haya cambiado el modo de ser de los regiomontanos. Lo que sí sé es que Tampico no muestra ya tal lentitud de vida.

Aquí también, en Saltillo, esa morosidad se nos perdió. Y lo mismo en Ramos Arizpe.

Vámonos todos al Potrero de Abrego.

Allá sí se vive.