Miguel Angel Granados Chapa
Hoy será designado el presidente de la Comisión Federal de Telecomunicaciones, el segundo desde la reforma legal de 2006, que imprimió a ese organismo, crucial para el desarrollo de la industria más dinámica de la economía mexicana, un carácter político que ha lastrado su desempeño.
Hoy será designado el presidente de la Comisión Federal de Telecomunicaciones, el segundo desde la reforma legal de 2006, que imprimió a ese organismo, crucial para el desarrollo de la industria más dinámica de la economía mexicana, un carácter político que ha lastrado su desempeño.

De no ser por tal sesgo político, muy próximo a la politiquería, la designación debería recaer en el ingeniero
José Luis Peralta, que ha pertenecido a ese organismo durante 13 años, cuatro de los cuales como comisionado, el de desempeño nunca sujeto a objeción alguna. Pero como la suma de cuantiosos intereses económicos y políticos hace de ella una posición privilegiada y apetecida, es de suponer que el designio del secretario de Comunicaciones y Transportes, Juan Molinar Horcasitas, se cumplirá y será presidente su amigo Mony de Swaan Addati, a pesar de su inexperiencia en ese ramo industrial. Hasta hace un mes el anterior presidente Héctor Osuna estaba seguro de su reelección.

En mayo nombró un consejo consultivo a su medida, y no se recataba para anunciar que continuaría en el cargo al que llegó en el periodo fundacional de la actual época de la Cofetel. Su nombramiento fue grotesco, parte del estrafalario proceso de integración del órgano renovado. Osuna, senador panista por Baja California, presidió en su Cámara la Comisión de Comunicaciones, que cocinó la reforma a las leyes de telecomunicaciones y de radio y televisión conocida sintéticamente como Ley Televisa.

Tan desaseado, tan insolente fue el proceso, que se llegó al extremo de premiar a dos senadores enteramente ajenos al ramo, como comisionados. Uno de ellos fue Ernesto Gil Elorduy y el otro fue Osuna, luego elegido presidente del cuerpo. Se mantuvo allí hasta hace dos semanas en que prácticamente huyó de su responsabilidad. Con el pretexto de reanudar su actividad política en Baja California, justamente cuando concluía el proceso electoral que tan deplorables resultados produjo al PAN, tomó la decisión de volver al terruño. Anticipó unos días su salida de la presidencia y abandonó el cargo de comisionado, que le hubiera permitido estar allí hasta 2014. La versión verosímil sobre su apresurada salida es que se le conminó a retirarse so pena de someterlo a juicio penal por interferir telefonemas y difundir su contenido.

La integración de la actual junta que rige a la Cofetel fue accidentada. Rafael del Villar y Gonzalo Martínez
Pous ocupan sillas en ese órgano después de ganar juicios de amparo contra el Senado, que los objetó sin explicar las causas. Mientras duraron los procesos ocuparon su lugar Gerardo González Abarca y Eduardo Ruiz Vega, que fueron desplazados por los quejosos (denominación procesal que no correspondía a su estado de ánimo pues mientras se ventilaban sus juicios de garantías Del Villar era subsecretario de Comunicaciones y Martínez Pous director jurídico de la SCT, patrocinados por Luis Téllez).

Vacante la presidenciay el cargo de comisionado dejados por Osuna, Molinar Horcasitas puede contar a partir de esta mañana con el control de la Cofetel, situada en un limbo jurídico pues sus funciones se ejercen con autonomía pero su ubicación orgánica la hace dependiente de la SCT. El titular de esta Secretaría, señalado por la comisión investigadora de la Suprema Corte -aunque el pleno de los ministros lo exonerara- por sus incumplimientos legales en tratándose de guarderías mientras fue director del IMSS, no escarmienta. Pasó por alto un requisito obvio de la ley de telecomunicaciones para nombrar a De Swaan. Para ser comisionado, prescribe el artículo 9-C de ese ordenamiento es preciso "haberse desempeñado en forma destacada en actividades profesionales, de servicio público o académicas relacionadas sustancialmente con el sector telecomunicaciones".

De Swaan incumple esa exigencia legal. Cuando más ha trabajado poco más de un año en cuestiones generales relacionadas con las comunicaciones, en su carácter de coordinador de asesores del secretario Molinar.

Es como si su experiencia en Pfizer, de cuya división regional para México y Centroamérica fue director de 2004 a 2006, lo habilitara para ser secretario de Salud. Debe ser un hombre de inteligencia deslumbrante que le permite ser multiusos: cursó relaciones internacionales en El Colegio de México y se posgraduó en la London School of Economics y en la Universidad Hebrea de Jerusalén y desde 1996 ha sido asesor de Molinar, como consejero electoral, como subsecretario de Desarrollo Político, como director del IMSS y en la SCT.

¿Por qué eligió Molinar a De Swaan y no a Gabriela Hernández Cardoso, mucho más calificada y que probablemente se fue de la subsecretaría de Comunicaciones por no haber sido incorporada a la Cofetel? Porque contar con una persona de su confianza le permitirá avanzar en sus programas favorables a Televisa. Por ejemplo, se requirió de la opinión favorable de la Cofetel para entregar el título de concesionario del par de hilos de fibra óptica al Grupo de Telecomunicaciones de Alta Capacidad (GTAC), que los adquirió de la CFE a precio de ganga. Lo cual se explica porqué dicho grupo está integrado por Televisa, Megacable y Telefónica (la empresa española cuyos intereses mexicanos son gestionados por el ex secretario de Hacienda Francisco Gil Díaz). También rematadas las bandas de 1.7 y 1.9 gigahertz para telefonía móvil e internet, está pendiente la de 3.5 gigahertz. Asegurar operaciones de ese alcance requiere alguien confiable aunque inexperto.

Cajón de sastre
En un grupo de cinco personas debería ser sencilla la elección del presidente de la Comisión Federal de Telecomunicaciones, prevista para esta mañana a las diez horas. Bastaría que alguien, el decano por ejemplo, diera comienzo a la reunión y preguntara si hay candidatos. En habiéndolos, se abriría la votación, cara a cara y a mano alzada. Pero, por la densa trama de intereses en ese órgano desconcentrado de la SCT, se está poniendo en práctica un mecanismo barroco: se imprimieron cinco ejemplares de una cédula donde figuran las fotos y los nombres de los comisionados. Cada uno de ellos cruzará el rostro de quien quiere que presida, doblará la boleta y la depositará en una miniurna. El voto secreto permitirá, si no hay cabildeo exitoso previo, que la elección se empantane y cada quien vote por sí mismo hasta el infinito.
miguelangel@granadoschapa.com