Carlos Arredondo Sibaja
Por una razón o por otra el destino -como vengándose de mí por no creer en él -me ha impedido escribir sobre el evento deportivo- y quizá de cualquier naturaleza- más importante recreado en el globo terráqueo: el campeonato mundial de futbol.

Tendría que haber escrito algo antes de que comenzara a rodar el balón en Johannesburgo, sede de la ceremonia inaugural en la cual le tocó a nuestra Selección abrir las hostilidades en la cancha frente a la selección de casa.
Por una razón o por otra el destino -como vengándose de mí por no creer en él -me ha impedido escribir sobre el evento deportivo- y quizá de cualquier naturaleza- más importante recreado en el globo terráqueo: el campeonato mundial de futbol.

Tendría que haber escrito algo antes de que comenzara a rodar el balón en Johannesburgo, sede de la ceremonia inaugural en la cual le tocó a nuestra Selección abrir las hostilidades en la cancha frente a la selección de casa.

Y había cosas para decir. La etapa de "preparación" (el entrecomillado es obligado) dio para opinar, quejarse, despotricar.

Tendría que haber escrito algo inmediatamente después del partido inaugural, encuentro que sirvió puntualmente para demostrar la importancia de los "partidos de preparación".

Y había más cosas para decir. El primer platillo servido por la oncena dirigida por "El Vasco" Aguirre no solamente llegó frío a la mesa: también estaba desabrido tenía pésimo aspecto.

Tendría que haber escrito algo después del encuentro contra los galos, la escuadra subcampeona del mundo y a cuyos integrantes debe temérseles, tanto por lo que hacen con los pies como por sus habilidades con las manos.

Y había todavía más cosas para decir. El encuentro merecía, mínimo, un parafraseo del telegrama con el cual nuestro paisano, Ignacio Zaragoza, dio cuenta de la forma en la cual vapuleó al ejército francés aquel 5 de mayo que vivirá eternamente en la memoria patria.

Tendría que haber escrito algo al caer el telón de la primera fase del grupo donde alinea nuestro equipo representativo y, pese a la derrota contra Uruguay, pasamos a la siguiente ronda, nomás porque a los sudafricanos se les arrugó el corazón y no se atrevieron a humillar más a los franchutes.

Y por supuesto que debían decirse muchas cosas sobre ese partido en el cual nuestra escuadra salió a la cancha con menos jugadores de los once reglamentarios y para colmo, en un arranque de locura suicida, nuestro técnico decidió sacar de la cancha al único seleccionado que lo estaba haciendo bien.

Pero no, no se pudo y los dardos envenenados se me quedaron todos, esperando por una mejor oportunidad para escupirlos juntos, o para ser definitivamente archivados porque ya no tuviera caso dispararlos.

Y qué bueno que no escribí en cada ocasión de las enumeradas anteriormente, porque irremediablemente me habría visto obligado a realizar malabares verbales, a buscar sofisticadas formas de disculparme por criticar impíamente un día y alabar sin rubor al siguiente. y viceversa.

Qué bueno que el destino me hizo trampa y sólo hasta ahora, concluida la primera fase del campeonato mundial, me permite dirigirme al respetable para exponer mis opiniones respecto del desarrollo de esta justa.
Y del desempeño de nuestro equipo representativo, por supuesto, así como de la suerte que le espera mañana, cuando salte a la cancha para jugar su cuarto partido en este mundial.

Pues bien, "nos tocó" Argentina. Aunque a todo podemos echarle la culpa, menos al azar.

¿Qué va a pasar mañana? ¿Cómo nos va a ir?
Mire usted -como diría el profeta Sabina-: la verdad no sé. Es imposible, aseguran los entendidos (los nacionales, of course), adelantar el desenlace de este encuentro.

Los argentinos no tienen duda: para ellos será un partido de mero trámite y ya están pensando en el siguiente rival. Y en el siguiente. y en la final. y en acariciar nuevamente un trofeo que no levantan desde que su actual técnico -cuando era otra persona y jugaba en lugar de hablar- conquistó para ellos el campeonato, justamente en nuestro país.

Para los chés el asunto está hecho: como hace cuatro años, cuando en tiempo de compensación nos echaron del mundial, pasarán por encima de la escuadra azteca y seguirán de frente rumbo a la gloria con la cual nosotros sólo podemos, cuando mucho, soñar.

Hay quienes aseguran que les podemos ganar a los sudamericanos; que la oncena tricolor "se crece" frente a los equipos grandes; que la receta consiste -nomás- en no prestarle el balón a los argentinos.

Como millones de compatriotas, en esta columna a la cual sólo le importa la felicidad del pueblo, deseamos ver triunfar a la selección, llorar de alegría tras pasar a cuartos de final, salir a las calles a festejar el triunfo.

Y eso que el demonio, desde el flanco siniestro, no pierde oportunidad para susurrarnos que ni nos hagamos ilusiones, que nos conformemos con no ser goleados y expulsados -otra vez- con vergüenza del continente negro.
Insisto: ignoro lo que va a pasar mañana, pero no puedo resistirme a la tentación de coincidir con quienes afirman ver en los once guerreros aztecas un ejército capaz de pasar por encima de Maradona y su rebaño.
Por ello, dejo aquí por escrito mi pronóstico: si acaso la Selección perdiera no será por falta de talento, sino por culpa del Jabulani, que le juega malas pasadas a delanteros y porteros; será porque rieguen mucho el campo antes del partido y Gio se resbale; será porque amanezca nublado, porque haga frío, porque nos hicieron "un trabajito", porque.
¡Feliz fin de semana!
carredondo@vanguardia.com.mx