Madrid, España.- El 9 de octubre de 1967 fue fusilado en La Higuera (Bolivia) Ernesto Guevara de la Serna, el Ché, y truncado quedaba así su más ambicioso proyecto: instaurar la revolución en toda Latinoamérica. Cuarenta años después, se rinde culto y se vilipendia al guerrillero carismático e ideólogo radical.
Había entrado en Bolivia en noviembre de 1966 y se le unieron unos 50 guerrilleros cubanos, argentinos, peruanos y bolivianos en una base al sureste del país iberoamericano.

Allí se proponía adiestrarlos para lanzar una "revolución continental", pero con sus fuerzas revolucionarias cada vez más mermadas fue capturado por el Ejército boliviano el 8 de octubre de 1967 en una quebrada conocida como el Abra del Picacho en El Churo, en el centro del país.

"Yo soy El Ché Guevara", pronunció ante sus captores, un dato más para la leyenda que no impidió que fuera recluido por la noche en una escuela en la aldea de La Higuera y ejecutado al día siguiente por orden del entonces presidente boliviano, el general René Barrientos.

Curiosamente, el hombre detrás del fusil, Mario Terán, recuperó la vista gracias a cirujanos cubanos, tras operarse de cataratas, y pudo ver cómo Cuba conserva la icónica imagen, comprobar cómo su ciudad natal, la argentina Rosario, prepara el 80 aniversario de su nacimiento, o incluso leer la autobiografía de su viuda, Aleida March.

Igualmente, los exiliados del régimen castrista harán oír sus voces en contra de la exaltación de una figura que defendió la extinción del imperialismo y la consiguiente recuperación de los países subdesarrollados, pero siempre a través de la lucha armada.

A pesar de ello, Ernesto Guevara de la Serna (1928-1967) se había criado en los mimbres de una familia de clase media alta argentina y una infancia marcada por su asma crónico, que más tarde le negaría el acceso al servicio militar.

Su vida, en consecuencia, había seguido los raíles de lo establecido, con una amplia instrucción humanística, conocimientos del francés y una profesión, la de médico especialista en alergia, que dejó colgada en 1953 para viajar a Guatemala e incorporarse al Partido Guatemalteco del Trabajo, de ideología comunista.

"De mi medicina puedo decirte que hace rato que la he abandonado. Ahora soy un combatiente que está trabajando en el apuntalamiento de un gobierno, ¿qué va a ser de mí? Yo mismo no sé en qué tierra dejaré los huesos", escribiría a su padre años más tarde.

Ernesto había dado rienda suelta a su vocación errante con sus viajes por Latinoamérica, primero con Alberto Granados en motocicleta en 1951 y luego con Carlos Ferrer en 1953, historias que El Ché, como muchos episodios de su vida, recogió en libros como "Diarios de motocicleta".

Su dominio del lenguaje y su afán lector, que abrió su curiosidad a Goethe o Sartre, ayudaron notablemente a moldear su carisma, plasmado y difundido en elaboradas reflexiones que quedaron para la posteridad en sus escritos.

"Un enano de cabeza enorme y tórax henchido es 'subdesarrollado' en cuanto que sus débiles piernas o sus cortos brazos no articulan con el resto de su anatomía (...) Eso es lo que en realidad somos nosotros, los suavemente llamados 'subdesarrollados', en verdad países coloniales, semicoloniales o dependientes", escribiría.

La dependencia que Latinoamérica acusaba por parte Estados Unidos fue la que acabó con su primer proyecto político en Guatemala, cuando Washington favoreció el derrocamiento de Jacobo Arbenz y obligó a Guevara a trasladarse a México.

Allí, conoció en 1956 a Fidel Castro y se unió a él -primero como médico y más tarde como comandante- en su expedición armada para expulsar del poder al presidente cubano Fulgencio Batista, una columna guerrillera que desde el este de la isla tomó Santa Clara, en el centro del país, y el día de Año Nuevo de 1959 consiguió el triunfo de la revolución, tras la que Ernesto adoptó la nacionalidad cubana.

El cambio de guerrillero a miembro del gobierno tuvo no pocas fricciones con su integridad ideológica -cercana al marxismo leninismo radical pero tan heterodoxa que sería denominada "guevarismo"-, y, tras desempeñar cargos como presidente del Banco Nacional o ministro de Industria, abandonó Cuba en 1965.

A partir de esos años, volvió a su condición de guerrillero infatigable con su "revolución continental", cuyo destino más lejano sería la República Democrática del Congo, país al que llegó caracterizado como un hombre de 46 años llamado Ramón Benítez, pero en el que su ejército fracasó estrepitosamente.

"Sean siempre capaces de sentir en lo más hondo cualquier injusticia cometida contra cualquiera en cualquier parte del mundo. Es la cualidad más linda de un revolucionario", escribió en sus últimos años a sus cuatro hijos de su segundo matrimonio.

Ernesto se había casado en primeras nupcias con la peruana Hilda Gadea, con la que tuvo una hija, Hildita, y ya en Cuba, conoció a Aleida March de la Torre, con la que tuvo a Aleidita, Celia, Camilo y Ernesto.

Así, predicando con el ejemplo y de nuevo transformado, llegó a su destino final, Bolivia, en el que, tras un año de lucha, su muerte prematura fue, paradójicamente, la forma más efectiva de mantener eternamente la inspiración de su lema: "Hasta la victoria siempre".