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Opinión: ¿Por qué no podemos dejar de ver la NFL?

Deportes
/ 20 enero 2022

A la NFL no le importa porque no tiene que hacerlo. Resiste todas las tormentas, desde el huracán Kaepernick hasta el diluvio de dolor, incertidumbre y muerte causado por el COVID-19

Por Kurt Streeter

A la NFL no le importa tus preocupaciones.

No le interesa si crees que la purga más reciente de entrenadores negros es evidencia de que la promesa de la liga de acabar con el racismo es una farsa.

No le importa si piensas que la liga está demasiado atenta a las injusticias sociales u obsesionada con el postureo ético.

No le interesa si estás harto de las lesiones incapacitantes y de que tus jugadores predilectos queden afectados por la brutalidad inherente del juego.

A la NFL no le importa porque no tiene que hacerlo. Resiste todas las tormentas, desde el huracán Kaepernick hasta el diluvio de dolor, incertidumbre y muerte causado por el COVID-19. Tiene un control cada vez más fuerte sobre Estados Unidos y su cultura, pues se aprovecha de nuestra fascinación por la violencia, nuestra necesidad de drama intenso, nuestro deseo de ser testigos del despliegue de genialidad bajo presión extrema (buscar: Brady, Tom).

Lejos de estar reculando, este año la liga agregó un juego 17 a su temporada regular, sin importarle en absoluto exponer a los jugadores a más golpes que podrían terminar en una conmoción. Por primera vez, los aficionados vieron un partido de postemporada de la NFL en lunes por la noche.

En marzo de 2021, la NFL firmó un contrato de 11 años con sus socios en los medios valorado en alrededor de 110.000 millones de dólares. La audiencia en televisión y transmisiones digitales tuvo un incremento notable ese año: dio un salto del 10 por ciento y alcanzó su promedio en temporada regular más alto en seis años.

¿Existe acaso un mejor indicador del dominio del fútbol americano profesional que esto? Los juegos de la NFL conformaron 48 de las 50 transmisiones más vistas en la temporada regular de 2021 y 91 de las 100 principales. Debido a un aumento de casos de COVID-19 y un índice de audiencia que se redujo a la mitad de lo que promedia la NFL un fin de semana regular, los Grammy se moverán a una fecha que no compita con los campeonatos de conferencia.

¿Por qué a la liga debería preocuparle lo que pensemos, lo que nos preocupe o lo que incluso protestemos, cuando le sigue lloviendo cada vez más dinero y obtiene abultados índices de audiencia?

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Olvídate de cualquiera de sus problemas. Olvídate de los correos electrónicos de Jon Gruden o el acoso sexual condenable dentro del Equipo de Fútbol de Washington y la participación de su propietario. Olvídate de la forma nada ética en la que el fútbol americano profesional trata a los jugadores retirados (solo un ejemplo: sus leyes, modificadas apenas hace poco, de utilizar la raza para repartir pagos más pequeños por discapacidad a los jugadores afrodescendientes con daño cerebral). Nada cambia.

Los propietarios de los 32 equipos de la liga, en su abrumadora mayoría hombres blancos y conservadores, están más que contentos con el statu quo, siempre y cuando sigamos viendo los juegos.

¿Por qué no podemos dejar de ver la NFL?

Además del drama, los choques demoledores y el maravilloso espectáculo que lo rodea, otra razón es la capacidad inigualable del juego de unir a las personas. El deporte más popular del país sigue siendo todopoderoso en la manera en que unifica, incluso durante la pandemia y en un momento en el que las divisiones en la vida estadounidense parecen crecer cada día que pasa.

Los simpatizantes más fervientes de políticos rivales se encuentran codo a codo en los bares o en puestos contiguos en las gradas superiores de los estadios de la NFL. Incluso si no están juntos en persona viendo el juego, las transmisiones por televisión y los medios digitales permiten que las personas con puntos de vista divergentes sobre todo lo demás compartan la celebración de una intercepción espectacular del equipo que ambos adoran.

Admito mi propia complicidad. Soy un crítico de la NFL, no solo porque soy un periodista que ve al poder con una mirada escéptica. Creo que la liga ha manejado mal su respuesta a la pandemia.

Ver a dos de los tres entrenadores negros de la liga, David Culley de Houston y Brian Flores (quien es negro y latino) de Miami, perder su trabajo la semana pasada, tras convertirse en chivos expiatorios de la ineptitud organizacional, me revuelve el estómago. La sensación de malestar empeora cuando pienso en Brandon Staley, otro joven entrenador blanco aclamado como genio a pesar de tener mínima experiencia en la NFL. Los Chargers de Los Ángeles se quedaron fuera de la postemporada debido a su ineptitud.

A la NFL le importa un bledo diversificar sus filas. Le importa un pepino lo que cualquiera de nosotros opine sobre sus patéticas prácticas de contratación.

Y sin embargo, incluso cuando no estoy trabajando, veo los juegos y lidio con conflictos internos todo el tiempo. No soy en absoluto un aficionado apasionado, pero el deporte que me ayudó a conectar con mi padre mientras veíamos a los Seahawks de Seattle de los años 80 y 90 ahora me ayuda a conectarme con mi hijo de 11 años.

Mi hijo nunca jugará fútbol americano porque sus padres (y él también) conocen los riesgos de daño cerebral. Pero la NFL absorbe su atención. Adora a Patrick Mahomes, en parte porque ambos tienen una herencia mestiza. Está pendiente de cada movimiento de Pete Carroll. Para él, Russell Wilson siempre es “¡Danger Russ!” y Aaron Rodgers siempre es “¡Rodgers Rate!”, una muestra de que los comerciales de seguros de State Farm protagonizados por el activista antivacunas más notorio de Green Bay están logrando su cometido.

A veces pide ver jugadas importantes de las décadas de 1970 y 1980. Solemos mostrarle videos de YouTube de los Osos de Chicago de 1985 o de los Raiders de John Madden y Ken Stabler.

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“¿Sigue vivo?”, pregunta mi hijo a menudo. “¿Se encuentra bien actualmente?”.

A menudo debo darle malas noticias. “No, Kenny Stabler murió muy joven. Tenía daño cerebral, al igual que Dave Duerson”.

“Jim McMahon, vaya, es una sombra de lo que solía ser”.

“¿Steve McMichael? Bueno, hijo, él tiene algo llamado esclerosis lateral amiotrófica. Y también ese jugador y este también”.

Hablamos de las formas en las que el juego podría mejorar. Quizás ayudaría tener un nuevo liderazgo en la NFL o mejores técnicas de derribos. Tal vez mejores cascos o reglas más seguras.

Buscamos respuestas antes de darnos cuenta de que no tenemos buenas respuestas. Entonces, le digo la verdad: la liga nunca cambiará de forma significativa, no mientras siga siendo tan popular. Y acto seguido, mi hijo y yo, como tantos otros, procedemos a sentarnos a ver más juegos.

c.2022 The New York Times Company

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