Notimex
Jerusalén.- Desde diciembre de 1973, cuando se celebró en Ginebra la primera conferencia internacional de paz para Oriente Medio, la diplomacia multilateral ha tenido una capacidad muy limitada para resolver conflictos entre Israel y sus vecinos árabes.
Ginebra en 1973, Madrid en 1991, Sharm El Sheikh (Egipto) en 1996, o Akaba (Jordania) en 2003, son algunas de las sedes que han unido sus nombres al histórico conflicto entre israelíes y palestinos, a pesar de que los logros, por lo menos a corto o mediano plazo, son más que limitados.

"No hay alternativas a las negociaciones directas entre las partes enfrentadas", explicó a Notimex el profesor Efraim Inbar, director del Centro Beguin-Sadat de Estudios Estratégicos, adjunto a la Universidad de Bar Ilan, a las afueras de Tel Aviv.

"Estas conferencias suelen durar horas, en el mejor de los casos unos días", añadió el investigador, quien adujo que "estos encuentros responden en realidad al interés de las superpotencias, pero no para resolver el conflicto sino para potenciar su imagen internacional".

En este contexto, las más famosas de estas cumbres fueron las de Ginebra y Madrid, y no precisamente por sus consecuencias, sino por el alcance que tuvieron a nivel geoestratégico.

En la de diciembre de 1973, por primera vez Estados Unidos y la Unión Soviética pusieron sus ambiciones en Medio Oriente sobre una mesa de negociaciones, en lugar de en el campo de batalla mediante el apoyo político y militar a los regímenes de la región.

Y lo hicieron apenas dos meses después de una guerra, la del Yom Kipur, que puso en vilo al mundo por el temor a una confrontación nuclear y que ocasionó la primera gran crisis de los precios petroleros.

De la misma forma, la de Madrid en 1991 fue posible gracias al colapso de la Unión Soviética y al reordenamiento de fuerzas en la arena internacional.

Para Estados Unidos, después de la primera guerra de Irak en ese año, fue una forma de mostrar al mundo quién mandaba en el nuevo orden mundial, y a la vez satisfacer a sus aliados árabes que le habían acompañado en la campaña militar.

Para la Unión Soviética, oficialmente copatrocinador de la conferencia, fue una forma de decir que todavía debía ser tenida en cuenta en cualquier desarrollo internacional.

En ambos casos, las dos superpotencias vieron en la resolución del conflicto de Oriente Medio un interés común para preservar los suyos propios.

Esa es quizás la razón por la que estos encuentros produjeron poco o ningún resultado a corto y mediano plazo, al detectar Israel que esos foros suponían una amenaza a sus propios intereses.

Un temor que no está ausente de lógica, si se tiene en cuenta que los foros internacionales, particularmente los auspiciados por las Naciones Unidas, se han convertido siempre en vapuleos públicos del Estado judío.

"Los países árabes están cerca de los palestinos, no de Israel, y por ello es natural que Israel tema que este tipo de conferencias se convierta en un frente de presión contra ella", explicó Inbar.

En 1991, Israel puso tantos obstáculos a la Conferencia de Madrid que en círculos diplomáticos y periodísticos se dijo que el entonces secretario estadunidense de Estado, James Baker, "llevaba de la oreja" al entonces primer ministro israelí Isaac Shamir.

Tácticas dilatorias ha empleado también Israel en la elaboración e implementación del Mapa Ruta de 2003 por el Cuarteto de Madrid
-formado por Estados Unidos, Rusia, Unión Europea y la ONU-, ahora rescatado por la Conferencia de Annapolis, que se celebrará el martes.

Lo mismo ocurre en la redacción de la en un principio denominada "Declaración de principios", ahora "documento conjunto", que Israel y la Autoridad Nacional Palestina (ANP) querían llevar para relanzar las negociaciones de paz en Annapolis.

Inbar reconoció que tiene "pocas expectativas" ante esta conferencia, aunque no minusvalora sus consecuencias a largo plazo en lo que respecta a unas "bases" o "conceptos" que puedan ser aceptados y sobre las que las partes trabajarían después.

La conferencia de Madrid, por ejemplo, precipitó la fórmula de "paz por territorios" que, aunque inspirada en resoluciones de la ONU de 1967, Israel solía traducir hasta ese momento como "paz por paz".

Lo que no hay duda, según el investigador, es que el conflicto árabe-israelí tiene su propia dinámica y que los logros más sólidos que han conducido a la paz se han producido en movimientos directos, cara a cara, entre las partes.

Como ejemplo, puso el caso de la visita unilateral del presidente egipcio Anwar El-Sadat en 1977 a Jerusalén, y el proceso de Oslo entre israelíes y palestinos en 1993, a espaldas de Estados Unidos y de la comunidad internacional.

Después de estos pasos voluntarios, la diplomacia internacional sí ayudó a consolidar procesos, pero no en cumbres multilaterales sino en foros trilaterales, en los que Washington supo "comprar", cuando hizo falta, el paso decisivo hacia la paz.

Así, en la primera cumbre de Campo David de 1978, Washington empujó a Israel y Egipto a firmar la paz, no sin poner antes un cheque de ayuda multimillonaria a ambos países -tres mil millones de dólares al primero y mil 800 millones al segundo- que aún perciben cada año.

No fue el caso de la segunda Cumbre de Camp David, en 2000, entre Israel y la ANP, donde ni siquiera el dinero ayudó a convencer al ahora extinto líder palestino Yaser Arafat de aceptar una oferta israelí que le parecía insuficiente.

"Lo relevante son los pasos y decisiones bilaterales, no las superpotencias, y en ese sentido, si el conflicto no está maduro como para resolverlo, es decir, si las partes tienen aún energía para seguir combatiendo, no hay conferencia internacional ni cumbre que lo resuelva", concluyó el investigador israelí.