María de los Angeles Velasco/Excélsior
Para Guillermo Flores haber sido un revolucionario es un título de honor, pero lamenta: "Ya no existen los verdaderos hombres de honor. En la actualidad para todo quieren luchar y hacer guerra, antes era por una verdadera libertad".
México, D.F..- A sus 111 años y después de haber luchado en la Revolución Mexicana al lado de Pancho Villa, Guillermo Flores Reyes sobrevive de la pensión de cuatro mil 500 pesos que recibe por parte del gobierno federal.

Ahora ni casa tiene; una de sus nietas se quedó en su vivienda y ahora renta un cuarto en la colonia Sagitario III, en Ecatepec.

Para Guillermo Flores haber sido un revolucionario es un título de honor, pero lamenta: "Ya no existen los verdaderos hombres de honor. En la actualidad para todo quieren luchar y hacer guerra, antes era por una verdadera libertad".

Él es un hombre de temperamento fuerte, pero que mantiene su gusto por bromear con las "muchachas". Considera que podría volver a casarse y sumar una esposa más a las 18 que ha tenido.

El brillo de los Dorados de la División del Norte aún no se extingue para don Guillermo, quien desde pequeño trabajó en el campo, al lado de su padre, pero su espíritu aventurero lo llevó a Torreón, Coahuila.

A los 13 años de edad, escuchó algo que parecía una verbena, "por los cohetes". Al irse aproximando notó que no era fiesta sino una batalla. Se tiró al suelo y fue ahí donde su vida cambió para siempre.

"Me asomé a ver de qué se trataba, pero uno de los que estaban ahí me vio y me dijo: `¿Qué haces, cabrón?, ¿estás espiando? Vamos con el jefe y si dices mentiras aquí te vas a quedar.

"Me llevó ante mi general Villa y le dije que no andaba haciendo nada de eso. Él clavó sus ojos en los míos y le dijo a uno de los de ahí: `A este de los ojitos de gato échenlo para allá, va a ser uno de los buenos. Desde ese momento no me separé de él, hasta que lo mataron", recuerda.

Primero fue mozo de cocina y recadero, pero después comenzó a usar sus "juguetitos", como llamaba a las armas.

Mira hacia la carrillera que conserva y donde aún guarda algunas balas y casquillos de las que empleó para dar el tiro de gracia a los traidores. "Si esta cosa hablara... es como escuchar la voz del propio diablo", dice, y comienza a platicar con lucidez de momentos de batallas como la de Columbus, en Nuevo México, y la famosa toma de Zacatecas.

"Mi general Villa daba órdenes una sola vez, después se montaba en su caballo y nos pedía que lo siguiéramos. En muchas ocasiones durante la lucha tuve que matar, eso me llenaba, así satisfacía mi vida y mi carácter orgulloso, me sentía muy chicho", rememora.

Ahora, sale todas las mañanas a caminar, desayuna en un restaurante de la avenida Central, donde es conocido por todos, va a la iglesia de San Miguel Arcángel, y pasa largas horas en su cuarto, acompañado de sus recuerdos.