El Universal
Nueva York, NY.- El largo viaje del mexicano Vicente Lucero por Nueva York tuvo su fin en el panteón municipal de Xochihuehuetlán, Guerrero, el pueblo de sus padres. Su cuerpo permanecía en el aeropuerto JF Kennedy, en espera de que lo subieran a un avión de carga de una línea aérea estadounidense, mientras su hermano Ignacio se lamentaba, en una casa de Queens, ante un altar a la Virgen de Guadalupe y la fotografía del difunto.
"Lo que más me duele es no poder estar con él, ayudar a mi familia y no estar en el momento del sepulcro", decía.

En la zona triestatal de Nueva York, Nueva Jersey y Connecticut, anualmente más de 250 cadáveres son repatriados a México, pero en los últimos dos años se ha incrementado a 300, según cifras consulares. Vicente trabajaba en una pizzería y tenía 34 años cuando el cáncer le sobrevino.

La mayoría de los ataúdes transportan muertos entre los 18 y 40 años de edad y la mitad de los casos son por causas naturales, enfermedades cardiovasculares y derrames cerebrales.

El rango de edades sorprende, pero la lógica tiene sentido cuando se estima que 95% de más de millón de personas que habitan esa región son indocumentados. "Nos ha llamado mucho la atención que siga habiendo muchos muertos por causas de salud. El problema aquí es que son indocumentados, les da miedo acercarse a los hospitales y creemos que eso deteriora mucho su salud porque se mueren por problemas que podrían ser tratables", dice Yolanda Castro, del área de Repatriación de Cadáveres del consulado mexicano en Nueva York.

En esta región de Estados Unidos, el negocio de la muerte mexicana ha dejado ganancias de 7.5 millones de dólares en los últimos 10 años. En promedio, el costo es de 3 mil dólares por cuerpo trasladado, pero hay funerarias que llegan a cobrar hasta 8 mil.

Poblanos, mexiquenses, oaxaqueños y guerrerenses pisan un escenario adverso.

Si Vicente Lucero se hubiera enterrado en un camposanto estadounidense, la muerte le habría costado a su familia 15 mil dólares y además se tendría que tramitar un permiso de la ciudad. La segunda opción con ayuda del consulado resulta práctica, pero en la víspera del Día de Muertos sus familiares en México recibirían una valija diplomática con sus cenizas.

Sólo 5% de las familias en luto acepta que el difunto sea incinerado. El mixteco Carmelo Maceda, vicepresidente de Casa Puebla y representante del Instituto de los Mexicanos en el Exterior, dice: "Para nosotros como mexicanos, es muy importante que la gente vaya a orarle al muerto".

Ante esa visión cultural, la mejor opción para ambos, consulado y mexicanos, es regresar al muerto a su pueblo. Las familias y amigos en Estados Unidos y México hacen colectas y el área consular pone el resto, pero la repatriación de cadáveres continúa siendo un problema que necesita mayor atención.

Según datos extraoficiales consultados, durante 2006 los consulados repatriaron 10 mil 622 cadáveres, aunque la Dirección General de Protección y Asuntos Consulares de la Cancillería mexicana aseguró que sólo fueron 5 mil 892. Hay 12 millones de mexicanos sin papeles que viven en Estados Unidos y cada año más de 8 mil ataúdes con migrantes e indocumentados cruzan la frontera de regreso a casa, el mayor flujo de restos humanos en el mundo. El proyecto de Presupuesto de Egresos de la Federación de este año, planteado por el presidente Felipe Calderón Hinojosa, consideró sólo 71.4 millones de pesos para ayuda a mexicanos; de éstos, sólo 16.7 millones serían destinados a la repatriación de cadáveres, mientras que en 2006 México captó 23 mil millones de dólares en remesas.

Los esfuerzos no son suficientes. Casa Puebla, con ayuda de empresarios y organizaciones mexicanas en Nueva York, creó un fondo en 2003-2004. Los paisanos lograron reunir 100 mil dólares que pensaron serían suficientes para tres años, pero en menos de un año se agotó. En México y Estados Unidos existen varias agencias que ofrecen sus servicios para trasladar a los muertos y reservar espacios en la Basílica de Guadalupe o en algunos otros sitios a cambio de una cuota mensual. Sin embargo, de poco ha servido ante una gran cantidad de mexicanos que viven al día y que no están acostumbrados a asegurar sus futuros. Maceda, de Casa Puebla, dice que no hay cultura. "En mi pueblo se considera de mala suerte prepararse para morir, porque dicen que así atraes a la muerte".

En las calles de Nueva York, la gente hace colectas para trasladar el cuerpo, se colocan botes con la fotografía del muerto en las tiendas de abarrotes de Sunday Boulevard, State Island, en el Bronx, en Queens, en Brooklyn y en Passaic, Nueva Jersey. "La cosa con lo mexicanos es lindo, todas los amigos y familia se ponen juntos y dan dinero para pagar todos los servicios, muchas veces recibimos un montón de dinero en billetes de un dólar y de cinco dólares porque todos están ayudando para mandarlo para atrás, para el país", dice Ernesto Alvarez, gerente y dueño de una funeraria que envía cadáveres a México, Santo Domingo, Puerto Rico, Perú, Cuba y Colombia.

No los entierran aquí, por lo mismo que no tienen papeles, pero también porque allá es su tierra y tienen que regresar algún día, dijo un inmigrante que no quiso dar su nombre. Un vendedor de paletas de Passaic, en Nueva Jersey, donde actualmente hay una comunidad tan grande de mexicanos que en domingo parece como cualquier pueblo mexicano, dice: "Son ilegales, no pueden enterrarlos acá, como es ilegal a casi todos los mandan a su país".

El traslado del muerto tiene sus contratiempos, el consulado ayuda, les asesora para encontrar la mejor opción de funeraria, pero el cadáver también tiene que hacer lista de espera en la líneas aéreas, sobre todo si son días de fiesta o temporada alta de vacaciones. Hay veces que se han tardado hasta más de dos semanas en repatriar al muerto.

"A veces tienes un vuelo directo o escalas, pero en tiempo de vacaciones las líneas aéreas argumentan que el avión va lleno y no pueden subir un cadáver", dice Ernesto Alvarez, propietario de una funeraria en Passaic.

Otra trabajadora funeraria llamada Tania asegura que el trámite puede tardar dos semanas porque el cuerpo se tiene que preparar y se deben reunir los trámites necesarios con el consulado, que muchas veces pone la tercera parte del costo total.

El endurecimiento de políticas antiinmigrantes impacta directo en el sistema nervioso de los indocumentados que por temor no se acercan a los hospitales. El alcoholismo y la afectación de riñón ocupan el segundo lugar de fallecimientos. "Es gente que experimenta un alto grado de presión, trabajan jornadas muy largas, siempre viven con el temor de ser regresados y son muy marginados", dice Yolanda Castro, del consulado mexicano.

Un indocumentado, que evitó dar su nombre, asegura que cuando a él se le murió su hermano pasaron varios días para saber qué hacer. La familia tuvo miedo, habían dejado a su muerto durante cuatro días en el hospital. El consulado se defiende. Asegura que ha hecho una labor de difusión para informar a la gente sobre la ayuda económica y asesoría. "Les recomendamos qué funerales hay de bajo costo, los abogados los asesoran, pero el trámite de la funeraria es el más importante porque se encarga de todo, de recoger el cuerpo, de embalsamarlo, hacer los preparativos aéreos, reunir los papeles y traerlos aquí al consulado", dice la funcionaria Castro.

"El principal problema que enfrentan los mexicanos es económico porque nadie está preparado para ese momento y en cuanto al trámite de documentos, incluso algunos no tienen ni acta de nacimiento, así que a veces no se puede hacer nada", dice Carmen Serrano, coordinadora general del Comité Guadalupano Ascensión, que realiza trabajo comunitario.

En la casa de Queens ya no está Vicente Lucero, sus familiares le rezan a su fotografía. Sus padres viajaron a Cuidad Juárez, al puente de Santa Fe, para conseguir un permiso "humanitario" y verlo con vida, pero no soportaron el interrogatorio migratorio. Su madre confesó que años atrás había ingresado de manera ilegal para ver a sus hijos, aunque decir la verdad fue precisamente lo que no le permitió ver a su hijo hoy muerto. "No la culpo, es una persona que no se le da decir mentiras", dice Ignacio, el otro de sus hijos.