Moíses Rodríguez
"Hemos venido aquí para servir a Dios y también a hacernos ricos". Bernal Díaz del Castillo, Historia Verdadera de la Conquista de la Nueva España
Dice Balzac que las obras del genio están regadas con sus lágrimas, ¿y quién puede desmentir al portento francés? Sólo que al leer `La Casa de Dios' de Samuel Shem, la frase toma otra dimensión. No son lágrimas de sufrimiento las que riegan esta notable novela, son los humedecidos ojos que resultan de una estruendosa carcajada, los que atestiguan el carácter festivo del libro que se ha convertido en la `Biblia' para los estudiantes de medicina en Estados Unidos.

Acostumbrados a atribuir a los médicos cualidades que rozan la perfección, seguros como estamos de ver a los hombres de blanco como impertérritos ángeles que libran batallas con ominosas enfermedades sin casi mancharse, confiados en sus atinados diagnósticos, en su mano firme, en sus efectivos tratamientos, esta sátira de la práctica médica nos pone los pies en la tierra.

Escrito en la década de los setenta, con el escándalo de Watergate y Richard Nixon como telón de fondo, el libro en cuestión tiene los rasgos distintivos de las grandes obras con un amplio público. Un puñado de certezas, personajes que las encarnan y un ritmo narrativo que no deja respiro.

Echando mano de su experiencia como médico y una pluma que hace del humor negro un medio de conocimiento, Samuel Shem narra el año de interno de Roy Basch -su alter ego- en un prestigioso hospital al que llega el mayor talento de las universidades. De ese sucedáneo del infierno, Roy Basch saldrá renovado gracias a los sabios consejos del Gordo, una fasltaff con estetoscopio que tiene pocas complicaciones, merced a un puñado de leyes de su invención.

Aunque demenciales, cada ley se confirma con la práctica, como la primera: "los gomers* (ancianos seniles internados por sus parientes) nunca mueren", o la cuarta "es el paciente quien tiene la enfermedad", o la sexta: "no hay cavidad corporal a la que no pueda llegarse con una aguja del 14 y un brazo fuerte".

Desde la presentación del Gordo, sabemos que un personaje inolvidable nos espera y que un narrador magnético nos tiene en sus manos.

"Supongo que tuvo que ser el Gordo el que me enseñó por primera vez lo que es un gomer. El Gordo fue mi primer residente, el encargado de facilitarme la transición de estudiante de BMS** a interno de la Casa de Dios. Era un tipo fantástico, una maravilla. Nacido en Brooklyn ... expansivo, invulnerable, brillante, eficiente (...) sólo Nueva York podía haber tenido arrestos para amamantarlo tras el susto de verlo venir al mundo".

En adelante, cada aventura en el hospital le da forma a la más retorcida comedia del absurdo. La premisa principal de la novela es que poco pueden hacer los médicos, ya que en la mayoría de los casos están más asustados que sus pacientes. Sólo les queda tratar humanamente al enfermo y ayudarlo a bien morir, en el mejor de los casos, ya que la crítica a las jerarquías de los hospitales retrata a un grupo de médicos con sólo el dinero como motor.

Deshumanizada, cientificista, interesada, la práctica médica que retrata Samuel Shem está muy lejos de la que las innumerables series de televisión ponen en un altar.

"Antes, el médico se preocupaba de crear una empatía con el paciente. Hoy, la primera pregunta que le hace, por lo menos en Estados Unidos, dice así: "¿Viene usted por el seguro?". Shem es implacable y a pesar de los años pasados, terriblemente actual.

* Acrónimo de Get Out of my Emergency Room.
** Best Medical School (Mejor Escuela Médica)