La Jornada
El Caifán Mayor ofreció el sábado un inusitado concierto
México, D.F..- El sábado pasado, Oscar Chávez ofreció el mejor concierto de los que ha dado en el Auditorio Nacional, antes y después de su remodelación. En un acto inusitado, "fuera de script; hasta bailó", dijo personal de su equipo, cuando cantó la dolorosa Amor de cabaret con La Unica Internacional Sonora Santanera, cuyas notas se sobredimensionaron al proyectarse escenas de la película Los Caifanes (donde Chávez personifica al galán Estilos), sobre todo aquella en la cual quienes presumían de tener suerte, más que dinero, se reunieron en el cabaret con las "pintadas", las mujeres de la vida galante.

Chávez, El Caifán Mayor, es un cantante parco, nada dado a desplantes propios de la farándula, pero la noche lo ameritaba.

Y bailó a lo barrio

El comienzo del recital estaba fijado a las ocho de la noche, pero afuera se realizaba la marcha contra la inseguridad y se decidió esperar un poco. No obstante, a las 20:10 ya había adentro cerca de 8 mil 700 anhelantes de las rolas de raíz popular, y se optó por no alargar la espera.

Chávez volvió a hacer parodias políticas, una de las cuales, La bruja, provocó risas en algunos y, en la mayoría, carcajadas: "El petróleo va a volar/ si la vista no me engaña/ si la vista no me engaña/ el petróleo va a volar./ ¡Ay, mamá!/ Porque los mochos del PAN/ llenos de codicia y maña/ se lo quieren regalar/ a los piratas de España./ Me chupa la bruja/ Elba Esther Gordillo,/ me vuelve maestro/ cara de membrillo./

"Cúbrete, Chepina,/ cuida tu oficina/ que ahí anda la bruja/ rondando la esquina./ ¡Ay, dígame, ay, dígame!/ ¡ay, dígame usted!/ ¿Cuántas criaturitas/ ha educado usted?/ Ninguna, ninguna,/ ninguna, no sé/ ando en pretensiones/ de educarlo a usted.

"Ahora sí, maldita bruja,/ ya apendejaste a mi hijo/ ya apendejaste a mi hijo,/ ahora sí, maldita bruja."

La hilaridad se hizo por todas partes. Los aplausos y los "¡duro, duro, duro!" se repitieron. Son las verdades de la voz popular cantadas por Chávez, caifán muy sabedor de lo que se dice en las calles.

Después interpretó otra pieza alusiva a la reforma energética, en la que invita a la consulta. Chávez se basó para esta pieza en un texto del poeta y periodista Pedro Miguel.

Buen son

Los sones veracruzanos de la Huasteca abrieron el concierto de 28 piezas, muchas, presentes en la memoria colectiva. Con su inseparable trío Los Morales interpretó nueve creaciones: el son No salgas, niña, a la calle, otrora éxito del trío Tariácuri; Encadenados, de Arturo Briz; Un huapango nuevo y Se vende mi país, de Chávez, quien de rato en rato escuchaba piropos, pero él no lanzaba ni un lazo.

Siguió con El tecolote, Que me fusilen, La susodicha, La manta y el huapaguero. Se fueron Los Morales (Héctor, requinto veracruzano, sexto bajo y voz; Carlos, bajo sexto, guitarra, arpa y tercera voz, y Julio, acordeón, jarana, bajo y primera voz) y ocuparon su sitio los de La Unica Internacional Sonora Santanera, con un total de 13 músicos que abrieron fuego con La boa, que hizo del Auditorio un gran tíbiri-tábara.

Los menos movieron los pies, y siguieron el ritmo; los más bailaron como pudieron, ante la mirada vigilante del personal de seguridad.

La ráfaga de la nostalgia por la vida del barrio se dio con Estoy pensando en ti, la llegadora hasta la médula Luces de Nueva York, Fruto robado, Mi razón, Amor de cabaret y Perfume de gardenias. "Todos somos barrio", acotó Oscar, oriundo de la calle Canarias, en la meritita Portales.

Luego de un intermedio para remojar la garganta, regresó Oscar para, sin piedad, lanzar a los cuatro vientos, con la Sonora, Lamento borincano, poema hecho canción de Rafael Hernández; de éste, también cantó Canción del alma y Por las calles de México; del Flaco de Oro, Agustín Lara, Escarcha; Dios sí perdona, el tiempo no, de Manuel Monterrosas; Si supieras; El mudo, que de por sí es graciosa, pero aderezada por Chávez causó que la gente se desternillara. La Unica se fue entre aplausos y gritos de "¡otra, otra, otra!", pero Oscar es firme.

Regresaron Los Morales y acompañaron al cantautor con la dedicada a Chiapas y los acuerdos de San Andrés: Siempre me alcanza la danza. Después del lapsus siguió el sentimiento con Un siglo de ausencia, de Alfredo Gil; Una palomita; Las consecuencias; El cupido; Patria mía, y La patria mexicana.

Se presentía el final. Oscar no se iba a ir ni lo iban a dejar sin cantar Hasta siempre, con letra y música de Carlos Puebla, dedicada al guerrillero Ernesto Che Guevara. Sin dar tiempo para respirar, se siguió con Por ti, de su inspiración, en la cual, como poeta del Siglo de Oro, señala que "el infierno es amor".

Macondo fue el final, final. El Auditorio Nacional bailó y cantó en pleno la historia de Gabriel García Márquez hecha canción.

Fueron casi tres horas y nadie salió defraudado