Beatriz Rivas posando es la autora de novelas como "La hora sin Diosas", "Viento amargo" y "Dios se fue de viaje". Foto EFE/Jorge Vertiz
Rivas está convencida de que en literatura muchas veces las ideas estorban y un narrador debe estar más atento a las emociones.
México, D.F..- Aunque es reconocida como formadora de escritores, la novelista mexicana Beatriz Rivas es una desconfiada de los preceptos de la literatura que prefiere cambiar la teoría por un sentimiento casi etéreo: hacerle el amor a los libros.

"Hay que hacerle el amor a los libros y eso no lo puedes lograr con dos o tres teorías desenvainadas", aseguró en una entrevista con Efe la autora de novelas como "La hora sin Diosas", "Viento amargo" y "Dios se fue de viaje", entre otras.

Rivas no cuestiona los cánones de su oficio, pero está convencida de que en literatura muchas veces las ideas estorban y un narrador debe estar más atento a las emociones.

"A escribir se aprende escribiendo, hace un tiempo me metí en una maestría en letras confiada en encontrar mucho sobre el arte de la narrativa y la ficción y fue al revés, me hundí en una intensa sequía por dejar de ver las cosas de forma natural", contó.

Si bien es una autora prolija que lleva un ritmo de casi una novela por año, Beatriz dedica una parte de su tiempo a impartir talleres en los cuales toca temas como "El vicio de escribir", nombre de su disertación la próxima semana en el Festival de Literatura de San Miguel de Allende.

"Ese nombre retrata lo que nos pasa a muchos escritores y muchos en camino de serlo. La escritura deja de ser un hobby, una profesión y se convierte en un vicio al que debes acudir para seguir vivo; yo lo adquirí cuando era niña, mi madre nos inventaba cuentos a la hora de la comida y aprendí a contar mentiras", dijo.

Sin embargo, Beatriz se dio cuenta que quería ser novelista a 17 años, se fue a vivir un año a París y allí conoció al profesor uruguayo Daniel Paz, quien le regaló la novela "Rayuela", del argentino Julio Cortázar.

"Leí 'Rayuela' en París, donde fue escrita, después di con 'La muerte de Artemio Cruz', de Carlos Fuentes. Entonces dije: 'quiero hacerlo como ellos'", aseguró.

Después de eso leyó todo lo que pudo, se involucró en el taller del importante cuentista mexicano Edmundo Valadez, su primer maestro, luego trabajó con Guillermo Samperio y se declaró lista para crear relatos cortos.

"Empecé escribiendo cuentos, me gustaban más, aunque es un género difícil porque no puedes dejar hilos sueltos, no hay muchos personajes y además debes ser preciso. Cuando quise saltar a las novelas no sabía cómo empezar y todavía hoy creo que solo escribo cuentos dentro de las novelas", comentó.

De una manera distinta a como lo hacía el estadounidense Ernest Hemingway o lo hace el japonés Haruki Murakami, la mexicana es incapaz de mantener una disciplina.

No puede trabajar un número de hora diarias y es más del estilo de Cortázar, quien basaba su obra en rachas de inspiración más que en una labor de obrero de las palabras.

"A veces paso dos meses sin escribir una palabra y de pronto en tres días puedo llenar 60 cuartillas; tengo una indisciplina espantosa, sin horarios. Por ejemplo, el pasado fin de semana empecé, llegó la hora de la comida y solo me hice unas quesadillas y seguí porque me era imposible parar", confesó.

Beatriz es un ser humano muy terrenal que vive a tope porque no cree en la reencarnación y dedica mucho tiempo a Isabela, su hija de 13 años, a alimentar la relación con sus amigos, a comer bien y a disfrutar su bebida favorita, el whisky en las rocas.

Tiene una colección de novelas firmadas por escritores famosos, entre ellas "La muerte de Artemio Cruz", un par de obras del peruano Mario Vargas Llosa y alguna del portugués José Saramago.

"Me encanta la sencillez de muchos de los grandes, la mayoría son sencillos, accesibles y amorosos", comentó.

En estos días está en el proceso de creación de una novela que publicará en la segunda parte de este año y de la cual prefiere no hablar porque corre el riesgo de que en cualquier momento el argumento se le vaya para otro lado.

"Quizás se llame 'Fecha de caducidad'. Cuando esté más adelantada hablaré de ella", dijo como precaución, o quizás como una manera escondida de superstición, un sentimiento del que no se libran de manera total ni siquiera los escritores más mundanos. 

Por Gustavo Borges/EFE