Este martes sale a la venta su nuevo trabajo, Vinagre y rosas, y apenas unos días después, el viernes, Salamanca acogerá el primero de los conciertos que durante año y medio lo llevarán a recorrer gran parte de la geografía española y latinoamericana.
Madrid, España.- Han pasado cuatro años desde que Joaquín Sabina dejó atrás aquella "nube negra" en que casi se ahoga tras su ictus cerebral y regresó con Alivio de luto. Cuatro años sin nuevas canciones, pese a la tregua con los escenarios de su gira Dos pájaros de un tiro, acompañado por Joan Manuel Serrat. Pero a sus 60, El flaco tiene claro que le quedan muchos versos por cantar, y muchas carreteras por recorrer.

Este martes sale a la venta su nuevo trabajo, Vinagre y rosas, y apenas unos días después, el viernes, Salamanca acogerá el primero de los conciertos que durante año y medio lo llevarán a recorrer gran parte de la geografía española y latinoamericana. Eso sí, será una gira agridulce, como ya apunta desde su título, pues es la última vez que estadios como Las Ventas o La Bombonera corearán sus versos. Su particular adiós a los grandes pabellones.

Hasta entonces, el cantante de Ubeda y madrileño por adopción vuelve más roquero que nunca con 13 temas inéditos acompañados de un libro con dibujos y manuscritos en la edición de lujo, que van desde el Sabina más gamberro y crápula de Blues del alambique al más comprometido e íntimo de Violetas para Violeta, en el que canta a la chilena Violeta Parra.

Por si quedaban dudas, Viudita de Clicqout es una autobiográfica declaración de intenciones, en la que Sabina se desnuda sin tapujos: "A los cuarenta y diez naufragué en un plus ultra sin faro/ mi caballo volvió solo a casa, ¿qué fue de John Wayne?/ Me pasé de la raya con tal de pasar por el aro/ con 60 qué importa la talla de mis Calvin Klein".

Sin embargo, pese a tener muchos de los ingredientes sabinianos, Vinagre y rosas no es un disco al uso. Empezando por el primer tema y primer sencillo, Tiramisú de limón, que arranca acústico con cierto aire porteño de acordeón para mudarse al rock de la mano de las guitarras de Leiva y Rubén, el dúo madrileño Pereza. Y a los coros de sus habituales Pancho Varona y Antonio García de Diego se suma su amigo Serrat y otra de las sorpresas del disco: Guti, futbolista del Real Madrid.

Encierro en Praga

Como, según afirmó recientemente, la tranquilidad doméstica al lado de su novia Jimena no es el mejor caldo de cultivo para hacer canciones, Sabina tuvo que refugiarse en los líos de faldas de otros, y de ahí nació la experiencia de escribir a cuatro manos. Así, tras una noche de copas con el escritor Benjamín Prado, ambos probaron a encerrarse ocho días en Praga, y entre risas, algún exceso y más whiskies, dieron forma a 11 temas del disco.

"Vine a Praga a romper esta canción/ por motivos que no voy a explicarte", canta en Cristales de Bohemia, una de sus baladas más nostálgicas. Pero quizás el tema más íntimo de todos, y el único que firma en solitario, es el que dedica a su hija a ritmo de vals, Ay! Carmela: "Y no sé de qué modo/ dejar de adorarte sin duelo/ entre nunca y quién sabe./ Cuando quemes tus naves/ no me pierdas las llaves del cielo".

Desdela rabia de Embustera, la segunda colaboración de Pereza, al sentido homenaje a ritmo de rumba que rinde al poeta Angel González en Menos dos alas o su particular embestida a la coyuntura actual en Crisis, el decimoquinto álbum de estudio de Sabina es un disco de contrastes a la vez que un retorno al artista más de guitarra eléctrica y verso de la calle.

Y, para sus fans más fetichistas, Benjamín Prado ha plasmado la intrahistoria del disco en Romper una canción (Aguilar), en el que destapa al Sabina del otro lado de los escenarios y desvela su proceso creativo, sus miedos y sus sueños. Dice el cantante que prolongó su juventud hasta los 50. Diez años después, Vinagre y rosas suena como antaño, tan joven y tan viejo, igual que Sabina.