El Universal
Mauricio Merino Huerta no lo negó tres veces, por el contrario, lo repitió, insistió: él no quiere ser un integrante más del Instituto Federal Electoral, pretende ser elegido como el nuevo presidente del Consejo General de dicho organismo.
Ya sin la compañía de sus publirrelacionistas y ayudantes, que no lo habían dejado ni en las sombras ni ante los reflectores, el que fuera discípulo del maestro Enrique González Pedrero, el que pretende retornar a los rumbos de Periférico y Viaducto Tlalpan, pero para ocupar el principal despacho, enfrentó a los diputados, sus sinodales y en algunos casos, sus acusadores o jueces.

Fue la comparecencia, el examen, que en la segunda jornada acaparó la atención. El salón estuvo lleno. Y el ambiente se cargó a pesar de los rostros que mostraron poco convincentes sonrisas.

"Si me creen o no, da lo mismo. No sé si hice bien o mal. Pero decidí no hablar con nadie, no buscar a nadie, ni en San Lázaro, ni en Xicoténcatl, ni en las sedes de los partidos, ni mucho menos en Los Pinos" había confiado Mauricio Merino, poco antes de acudir a la prueba, mientras tomaba café con un amigo.

Alguien le comentó que los priístas lo iban a objetar. Sin embargo, no ocurrió así, fueron Valentina Batres y Juan Darío Lemarroy quienes le hicieron sentir que puede contar con el rechazo o el veto de su partido, el PRD:

Ya hablaba el aspirante, ya decía porque quiere ser el presidente del IFE, cuando la diputada Batres le pasaba de manera poco discreta a su compañero Lemarroy una hoja con algunos apuntes. Poco después, ella y él le cuestionaron que el año pasado se hubiese pronunciado contra la propuesta de volver a contar los votos de la elección presidencial. Con tono de Ministerio Público, la legisladora, leal seguidora de Andrés Manuel López Obrador, le demandó a Merino que dijera cuántas veces se ha entrevistado con Germán Martínez Cázares, cuánto dinero recibió de la Secretaría de la Función Pública. La respuesta fue serena, amplia. El compareciente concluyó con un comedido desplante, un desafío: "¿Alguna otra pregunta, diputada?"

Cuando se retiraba Mauricio Merino, uno de los diputados-sinodales, panista él, escribía las calificaciones, ninguna de cinco, con algún tres. Los representantes de la bancada perredista, obviamente, se disponían a reprobarlo cuando menos en el capítulo de imparcialidad.

Los exámenes continuaron. En otro salón, la que fuera presidenta de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos Mireille Roccatti sufría una evidente transformación. Ya no era la mujer serena, confiada, que llegó al Palacio Legislativo una hora y media antes de su cita. Estaba nerviosa, titubeante. Inevitable era el temblor de su mano izquierda.

La candidata a consejera hizo esfuerzos por calmarse. Lo logró, en parte. No se alteró cuando el panista Alberto Vázquez le dijo que ella había escrito en su ensayo para registrarse, que el cambio de partido en el gobierno de la República no trajo consigo cambios en el modelo socioconómico.

Así, la abogada y economista argumentó, respondió, intentó convencer. Pero otra vez dejó salir el nerviosismo, ante otro legislador, Raciel Pérez Cruz, del PRD, que le manifestó que aunque su currículum es nutrido, su experiencia en el área electoral es muy poca, casi nula.

La segunda jornada. El primero de los candidatos programados se eliminó. Pedro Gabriel González no acudió al examen. Y no hay extraordinarios. Así es esto...