Kaká, mediocampista de Brasil. (Foto: AP)
El Universal
Con dos pasos para gol y una expulsión, el mediocampista del Real Madrid se robó el espectáculo en la victoria de 3-1 sobre Costa de Marfil; parece que ha despertado justo en el momento justo
La primera gran ovación de la noche atronó cuando el "speaker" del Soccer City anunció el once inicial de Brasil y Kaká, cruzado de brazos, y con mirada infantil bajo ese flequillo lacio, apareció en el luminoso del estadio vestido de amarillo.

Sin duda, es por ver despachar futbol del bueno a jugadores como Kaká que los aficionados sudafricanos, sin que se les moviese una ceja, hicieron noche ante las taquillas de Johannesburgo en busca de una entrada que les franquease el paso a partidos como el de hoy.

Aunque a nadie escapa que hace ya muchos años que el "jogo bonito" de Brasil, por una u otra razón, ha venido siendo casi una entelequia, el aficionado inconformista espera siempre del equipo canarinho unas gotas de esa esencia que ha labrado su leyenda.

Del sistema marcial de Dunga y de la mayoría de sus pretorianos se pueden esperar grandes resultados, que ganen incluso el Mundial, pero quien busque admirarse con ese placer estético que puede generar el arte del futbol sabe que no siempre lo va a encontrar en el colectivo y que ha de seguir a jugadores como el madridista.

Absolutamente intrascendente en su debut mundialista ante Corea del Norte, Kaká acabó sustituido después de vagar por el césped como un alma en pena y la prensa brasileña especuló incluso con que el seleccionador apostaría por sustituirlo por Baptista.

Pero Dunga es un tipo de ideas fijas. Cree ciegamente en su sistema, que no es negociable, y en todos aquellos que lo hacen posible, entre los que no se cuestiona a Kaká, que fue de la partida y que cuajó 25 minutos que rozaron el esperpento.

Muy encimado, alejado de su posición natural, torpe con la pelota, Kaká pasó casi más tiempo revolcándose en la hierba que corriendo sobre ella, mientras el público se echaba las manos a la cabeza preguntándose qué aflige al crack.

Y entonces se hizo la luz: Recibió la pelota de un taconazo de Luis Fabiano y con un toque sutil, sólo al alcance de los elegidos, destapó el frasco de las esencias para devolverle un balón que en las botas de su compañero era gol, sí o sí.

El juego de Kaká, del mismo Kaká que penó durante media temporada con problemas físicos en el Real Madrid, comenzaba a valer el precio del boleto y la noche de acampada.

Lo supo con certeza el propio Kaká, que volvió al alzar los brazos mirando al cielo, en ese gesto tan suyo, tras el tercer tanto de Brasil, obra de Elano pero fabricado por Kaká, autor de un pase estupendo.

Se desgañitaron entonces los locutores de radio, sonrió Dunga en la zona técnica, rugió la grada: por fin, Kaká de vuelta. Tanto que su protagonismo ya no pudo sino ir a más, hasta acabar rigurosamente expulsado por doble amarilla.

Al partido no le quedaban más que tres minutos, pero a los 90 mil aficionados que acudieron al Soccer City no les gustó que les robaran la magia de Kaká y pitaron con estruendo al colegiado en lo que fue un último aplauso al 10 canarinho, cuyo juego, hoy sí, valió el precio de la entrada.