Redacción
Episodios que ilustran sobre las costumbres sexuales y el sistema de valores de la primera sociedad judía.
La Biblia es una obra de excelencia, cuyo acervo involucra casi todos los aspectos de la vida cotidiana. En este caso nos interesa su contenido sexual.

El primer pasaje que choca con nuestra mentalidad es el narrado en Génesis 12: 10-20. Abraham decide ir a Egipto porque en su país hay hambre, y dice a su esposa Sara: "Conozco que eres una mujer de hermosa figura y que cuando los egipcios te hayan visto han de decir: `Ésa es la mujer de éste', con lo que a mí me quitarán la vida. Di, pues, que eres mi hermana, a fin de que se me trate bien en gracia a ti y conserve mi vida por causa tuya" (Gen 12: 11-13). Y, en efecto, llamada por el faraón, Sara convivió con él, lo que indica que todavía conservaba sus encantos pese a su edad, que no dice la Escritura (Abraham tenía 75 años). Al ser infectado (por Sara) probablemente de gonorrea, el faraón se entera del ardid y reprende a Abraham: "¿Por qué no me manifestaste que era tu mujer?... Tómala y vete" (Gen 12:18-19).

Algunos analistas añaden, a modo de excusa, que en efecto, ambos eran hermanos de padre (!). Pero este hecho sólo tiene una interpretación: el sexo no tenía mayor importancia entre los primeros judíos (y desde luego tenía una importancia muy inferior al riesgo que podía correr Abraham si se presentaba en Egipto diciendo que esa mujer tan hermosa ("digna" del farón), era su mujer. Otra confirmación de la poca importancia del sexo, es aquella en la que Sara, ante su esterilidad, le dice a Abraham: "Ve y acuéstate con Agar" (la sirvienta), a fin de que aquel tuviera descendencia.

Homosexualismo e incesto

En la Biblia, la homosexualidad es considerada "pecado nefando". En este campo, el episodio más conocido es el de la llegada de los ángeles enviados por Dios a Lot, el sobrino de Abraham, que vivía en Sodoma, población plagada de homosexuales (a lo que alude la palabra sodomía).

En Gen 19,5 "todo el pueblo a una" llama a la casa de Lot diciéndole: "¿Dónde están aquellos hombres que al atardecer han entrado en tu casa? Sácalos para que los conozcamos" (una expresión -para que los conozcamos- que quedó como sinónimo de "acto sexual" para la posteridad). Y Lot les da una respuesta ciertamente extraña: "¡Por favor, hermanos míos, no queráis cometer esta maldad; mirad, os ruego: dos hijas tengo que aún no han conocido varón; yo os las sacaré, y haced con ellas lo que mejor os parezca, con tal que a estos hombres nada les hagáis, pues por eso se han acogido a la sombra de mi techo" (Gen: 19,8).

Este ofrecimiento, para nosotros inconcebible, habla elocuentemente de la fuerza que tenía la hospitalidad entre los hebreos: al acoger a alguien bajo su techo, uno se hacía responsable de su seguridad, y debía mantener ésta a costa de cualquier sacrificio.

Pero hay más. Terminado el episodio, los ángeles reprueban la maldad de los sodomitas y advierten a Lot que abandone la ciudad ante la inminente destrucción de la misma. Es tan grande la catástrofe que se ha abatido sobre Sodoma y Gomorra, que las hijas de Lot, esas doncellas "que no habían conocido varón", creyéndose solas en el mundo, se sienten compelidas a repoblarlo. Y para ello el único camino es su propio padre.

Entonces, "aquella noche dieron de beber a su padre, y llegóse la mayor y se acostó con él, quien no se dio cuenta ni cuando ella se acostó ni cuando se levantó" (Gen 19,33). A la noche siguiente se repite la misma operación con la hermana menor. Ambas consiguen su objetivo: la mayor pare a Moab, y la menor a Ben-Ammí. Ambos patriarcas engendrarían dos venerables tribus, la de los moabitas y la de los ammonitas. La moraleja del episodio está clara: la perpetuación de la especie está por encima de cualquier otro valor, y por ello las precipitadas hermanas quedan disculpadas de su incesto.

Las libertades de David

Demos ahora un salto de varios siglos. Ya con el pueblo judío erigido en reino, en el Libro de Samuel II se relata que el rey David vio desde la terraza del palacio real a una mujer de singular hermosura que estaba bañándose, y quedó prendado de ella. Averiguada su identidad como Betsabé, la esposa del general Urías, David comisionó a algunos para que se la llevasen, y llegada ella donde él, yació con la misma. Y la mujer quedó embarazada (Sam II, 11: 4-5).

Entonces David urde un plan tan torpe como criminal: manda que Urías sea colocado en el punto más peligroso de la acción bélica, donde perece. Ahora David puede desposar a Betsabé.

Curiosamente, el hijo de ambos será el gran Salomón. Más aún, su hijo Amnón violó a su hermana Tamar, con una débil protesta inicial de ésta: "No, hermano mío, no me deshonres, pues esto no se hace en Israel. No cometas tal iniquidad. Porque, ¿dónde llevaría yo mi deshonor? Y tú pasarías por uno de los más infames.

Mejor será que hables al rey, para casarte conmigo, que no rehusará entregarme a ti" (II Sam 13,12). Nuevamente es para sorprenderse. De hecho, estos episodios nos revelan varias situaciones. En primer lugar uno se pregunta, ¿es que el incesto no era tal si tenía el visto bueno del rey? Aquí hay que recordar que el matrimonio entre hermanastros de estirpe real era legítimo en Egipto (Cleopatra se casó con uno de sus hermanos).

Pero, ¿hasta qué punto fue aceptable en Oriente? Luego, en el caso de David, no importa mucho el sexo ilícito con Betsabé (ella no fue culpada de nada), sólo trascendió el crimen que David cometió contra su marido. Y, en tercer lugar, algo que nos revela el instinto ferozmente tribal del pueblo judío: ni David ni su familia recibieron castigo divino por lo que hicieron.