Pascual Escandón/El Guardián
Saltillo, Coah.- La cena de nochebuena era una ocasión que la familia de Alfonso Cortés esperaba con ansia, pero por causas de fuerza mayor él tenía que trabajar hasta muy noche, comenzando así una aventura en la que la muerte por poco toca la puerta de su taxi.
Los ruleteros de experiencia han adquirido la habilidad de saber cuando el peligro de ser asaltados acecha, sin embargo, a veces el espíritu navideño ciega a las personas y las hace creer que todos somos buenos en esa fecha.

EL VIAJE

Nuestro amigo tuvo que transportar a una persona con quien ya había pactado la corrida, pero su cliente se retrasó y no quedó más que hablar a su casa esperando que nadie estuviera enojado.

Eran cerca de las 23:00 horas de la noche aquel 24 de diciembre cuando en la colonia Guerrero, a donde llegó luego de llevar a su cliente, un par de sujetos le pidieron que los llevara a la zona de tolerancia, "al fin estamos cerca", pensó, y accedió a llevarlos.

Los hombres estaban lejos de inspirarle confianza por su aspecto, pero no hubo mayor problema, llegaron y se bajaron.

Pero en ese mismo sitio se gestó la pesadilla, pues sin más, un par de sujetos se subió. A pesar de que les insistió que ya no estaba en servicio, éstos se aferraron, aunque amablemente.

Al saber que iban a viajar a la colonia Guayulera, eso terminó por convencerlo, pues de ahí a su casa no quedaba mucho camino.

Enseguida, los hombres comenzaron a hacer bromas, se veían muy contentos porque, según dijeron, tendrían una pachanga, con muchas cervezas, por eso se mantenían sobrios.

La plática cada vez era más animada. Los pasajeros dijeron trabajar en la obra y que el patrón les había dado un muy buen aguinaldo.

Sus palabras parecían sinceras, sin embargo, las huellas características de alguien que trabaja en la construcción no aparecían por ningún lado, pues las manos del que iba en el asiento del copiloto estaban muy bien cuidadas.

Sin embargo decidió seguirles la conversación, al fin y al cabo no se desviaría mucho y le quedaba todavía media hora para llegar a casa.

LA PESADILLA

Fue así que luego de rodear por el periférico llegaron a la colonia La Minita, donde entre música y algunos cuetes, el ambiente navideño se vivía a lo grande.

En la zona de las ladrilleras le ordenaron que se detuviera. Mientras Alfonso procedía, sintió la punta de un cuchillo en su cuello, seguido de la voz del que venía atrás suyo, que le indicaba que les diera las llaves del carro.

Mientras tanto, el otro sujeto esculcaba en su "charola", donde guardaba el dinero, y posteriormente en el bolsillo del taxista: la ganancia del día estaba por irse con un par de malandros.

Sin embargo, en un instante en que tuvo de modo a uno de sus asaltantes, tomó la drástica decisión de enfrentarlos.

"Le soné un izquierdazo que todavía le ha de estar doliendo al que venía a mi lado, después no supe ni cómo pero logré someter al del cuchillo, pero se me estaba escapando, por eso mejor vi la manera de bajarme del carro", recordó el ruletero.

Arrastrándose logró salir de ahí y gritar a unas personas que había en una casa, pero nadie le hizo caso, y el peligro seguía acechando.

Uno de ellos le propinó una pedrada que alcanzó a herirle una pierna, pero al menos le dieron tiempo suficiente para correr por los arroyos que se forman en las ladrilleras.

Por ahí permaneció un largo rato, después regresó exponiéndose al peligro. Por suerte había conservado las llaves del carro y en un instante subió y se alejó, no supo donde habían quedado los sujetos.

Con el alma en la mano llegó a su casa, la había librado milagrosamente, pero esa experiencia le sirvió para no dejarse llevar por el dichoso espíritu navideño. En una ciudad tan peligrosa como en la que se ha convertido Saltillo, más vale hacerle caso a la razón.