Madrid.- A fines del año pasado se constató un cambio histórico en la forma de entender el ocio doméstico: según la Asociación Europea de Publicidad Interactiva (EIIA), los españoles pasaron por primera vez más tiempo navegando por Internet que viendo televisión. Un dato aún más relevante si se toma en cuenta que, en el uso de la red, el país está por detrás de otros socios europeos como Reino Unido, Francia o Dinamarca.
Madrid.- A fines del año pasado se constató un cambio histórico en la forma de entender el ocio doméstico: según la Asociación Europea de Publicidad Interactiva (EIIA), los españoles pasaron por primera vez más tiempo navegando por Internet que viendo televisión. Un dato aún más relevante si se toma en cuenta que, en el uso de la red, el país está por detrás de otros socios europeos como Reino Unido, Francia o Dinamarca.

La oferta digital y online se coló en los hogares y desplazó a velocidad de vértigo diversos artefactos y servicios que hasta hace poco parecían indiscutibles. Música, radio, cine, prensa y televisión fueron cayendo sucesivamente en el ámbito de Internet, un soporte capaz de brindar contenidos más personalizados y en muchos casos gratuitos.

El ritmo de esa transformación fue tal que, en muchos casos, los problemas que iba planteando quedaron obsoletos antes de poder ser resueltos. Un ejemplo de ello es el tema legal de las descargas de música, series o películas, que, según los últimos estudios de los hábitos internautas, están ya en retirada frente al "streaming" o consumo directo de la Red (sin necesidad de descargar el producto).

Otros debates siguen activos y abiertos a conclusiones sorprendentes. La tradicional campaña de la industria audiovisual contra el intercambio de archivos chocó este año con un informe del gobierno holandés, según el cual las descargas generan más beneficios culturales y económicos que pérdidas. Quienes intercambian archivos compran tanto o más que quienes no lo hacen, según el informe.

También un estudio de la consultora británica The Leading Question reveló que, contra todo sentido común, es el auge del consumo online lo que está salvando al CD de su desaparición. Las webs musicales y las radios por "streaming" ayudan a decidir qué comprar, y los suscriptores gastan más en CDs.

Por otra parte, la propia "democratización" del consumo online no sólo ha convertido en fenómenos de culto algunos bienes culturales (situación patente en series como "Perdidos", "Héroes", "The Wire"), sino que también ha influido en su propia producción. El entusiasmo de la blogósfera ha modificado guiones, y más de un personaje ha muerto precipitadamente por el rechazo expresado por los espectadores en los blogs.

En este terreno inestable y movedizo, propio de una revolución, todo indica que por fin se ha atrevido a poner un pie el miembro de la familia del ocio más reacio a novedades: el libro.

El debate sobre la posible renovación de un soporte que lleva siglos casi sin cambios se remonta a la aparición de las primeras computadoras -cuando palabras como iPod, Facebook o Internet sólo podían explicarse como engendros tipográficos-, pero lo cierto es que este año 2009 parece haberlo replanteado con una urgencia inédita.

Al mediático lanzamiento de los "e-books" de Amazon o de Sony, estrellas en la Feria del Libro de Francfort en 2008, siguió la cruzada definitiva de Google por crear una titánica biblioteca digital. Libreros, editores, otras compañías como Yahoo! y Microsoft e incluso algunos gobiernos en la Unión Europea y Estados Unidos rechazaron el proyecto. El debate sobre los derechos de autor está abierto, y no parece que vaya a cerrarse a corto plazo.

¿Tanto revuelo anuncia la capitulación del libro al formato digital? ¿Es el comienzo del fin del papel? ¿Cómo se presentarán en el ámbito editorial las controversias que desde hace años vienen librándose en otros sectores como el audiovisual?

Para Francisco Javier Jiménez, coautor de "El nuevo paradigma del sector del libro", "toda esta tecnología puede eliminar los intermediarios, pero no implica la desaparición de sus funciones", según explica a la agencia dpa. "También en la red alguien debe recomendar, facilitar y cobrar un libro".

Jiménez habla de dos aspectos en el revuelo generado los últimos meses por el libro electrónico. El primero es de carácter editorial: el sector "no admite la profunda crisis que atraviesa" y ha encontrado en la promesa del "e-book", una "cortina de humo, una huida hacia adelante".

"Vemos negocio, pero no sabemos por dónde hincarle el diente. A fin de cuentas, los lectores son siempre los mismos", explica. En este sentido, con o sin libro electrónico, editores, libreros y distribuidores tendrán que reinventarse.

El segundo aspecto es de carácter tecnológico. En las grandes superficies, recuerda, los nuevos soportes de lectura digital se venden en la sección de electrónica, no en la de libros. Y, en tanto artefacto, Jiménez no ve clara su necesidad: "Es ridículo que el mundo editorial quiera tener un cacharro sólo para leer. El cacharro ya está inventado: se llama libro".

Uno de los grandes defensores del papel y la biblioteca tradicional, el escritor estadounidense Ray Bradbury, no dudó en mostrar su opinión cuando le preguntaron recientemente por el "e-book": "Eso no es un libro", sentenció el autor de 89 años, que paradójicamente es también una de las grandes plumas de la ciencia ficción y la literatura futurista del siglo XX.

Sin embargo, como la mayoría de quienes quieren evitar un maniqueísmo extremo ante la llegada de la nueva tecnología, Jiménez confía en un progresivo aterrizaje del "e-book" sobre los hábitos lectores, ocupando espacios complementarios a los del libro en papel, pero no desplazándolo.

"Nosotros somos 'inmigrantes digitales'", admite. Pero ni siquiera los niños, que son "nativos" y crecieron en ese mundo tecnológico, ven necesidad de que los nuevos inventos los priven de los viejos. "Mis sobrinos se divierten con la consola", explica, "pero después salen a la calle y juegan a la rayuela, al escondite o el yo-yo"