Ramón Alberto Garza
Los idearios de Gómez Morín, González Morfín, Luis H. Alvarez, Carlos Castillo Peraza y Manuel Clouthier se diluyen en los tinteros de las negociaciones para salvar la circunstancia del momento.
Ganar el gobierno, sin perder al partido. Ése fue el reto que Felipe Calderón lanzó durante su campaña rumbo a la Presidencia. Y el hoy mandatario sabía bien lo que decía. No era un hermoso juego de palabras. Y menos cuando esas palabras eran dichas por alguien que fue presidente nacional del PAN.

Más aún. Cuando el personaje que las pronunciaba, Felipe Calderón, había sido víctima de esa inhabilidad del PAN-gobierno para manejarse como PAN-partido. Eran los días en que Felipe debió renunciar a la Secretaría de Energía, días después de que los panistas de Jalisco lo destaparon para la Presidencia y el entonces primer mandatario, Vicente Fox, sintió que, como jefe del partido, el juego sucesorio se le salía de control. Y es que si algo quedó en evidencia en el primer sexenio azul fue el lado flaco del PAN.

Un partido que es excelente desde la oposición, pero que luce ingenuo, torpe y bisoño a la hora de hacer gobierno. Desde una alcaldía hasta una curul, desde una gubernatura hasta la Presidencia de la república, el panismo parece incapaz de conciliar el idealismo de sus fundadores con el pragmatismo que demanda gobernar en el día a día. Por eso el PAN vive hoy en una encrucijada que lo tiene en una crisis cada vez más evidente y que podría colocarlo contra la pared cuando se definan las candidaturas legislativas y de gobiernos estatales para el estratégico 2009.

Una encrucijada que tiene algunas de sus expresiones más evidentes en el clima de impunidad política que se asoma dentro de sus mismas filas. Desde los excesos de Vicente, Marta Fox y los Bribiesca, hasta los muy energéticos negocios de Juan Camilo Mouriño, los panistas se preguntan hasta cuándo. Desde los muy católicos y etílicos desplantes de Emilio González en Jalisco, hasta el cinismo con el que Adalberto Madero manipula sus discapacidades políticas para pavimentar su camino a la gubernatura de Nuevo León, los panistas se cuestionan hasta dónde.

Desde las evidentes muestras de una vicepresidencia creada a la medida de Manlio Fabio Beltrones, hasta el manejo priísta de los gabinetes económico, educativo, energético y agrícola, los panistas se preguntan con quiénes. Y esas nebulosas del poder mal entendido o, peor aún, del poder no ejercido o concesionado, están minando severamente la unidad interna del PAN, su tradicional identidad de opción política con integridad, honestidad y transparencia. Para unos, el PAN vive una metamorfosis que lo está convirtiendo en un nuevo dinosaurio priísta, presidencialista, centralista en sus decisiones, cómplice de las bajezas humanas de algunos de sus militantes.

Un partido cuyo espíritu está secuestrado por el reparto de puestos públicos y canonjías personales, dominado por los intereses económicos y buscando a cualquier precio conservarse en el poder. Para otros, el PAN todavía es incapaz de definir

su perfil como gobierno. Se mantiene jugando a la prueba y el error. A la cesión, a la concesión y a la concertacesión.

Buscando descubrir la fórmula de gobernar bajo las reglas todavía vigentes de los añejos intereses establecidos, los políticos y los económicos. Los del PRI y los de los monopolios.
Se vislumbra un PAN que no acierta a encontrar la fórmula justa para conciliar ese idealismo que siempre desplegó en su camino al poder y que le valió el voto ciudadano en las urnas, con el pragmatismo que tiene que mostrar hoy para ejercerlo, pero sobre todo, para conservarlo.

Los idearios de Gómez Morín, González Morfín, Luis H. Alvarez, Carlos Castillo Peraza y Manuel Clouthier se diluyen en los tinteros de las negociaciones para salvar la circunstancia del momento, la crisis de la coyuntura, la preservación por la preservación misma del poder.
Y en medio de esta encrucijada entre el partido y el Gobierno, entre el idealismo y el pragmatismo, se asoma un nuevo abismo: el generacional.
Existen dos estirpes panistas divididas no sólo por la edad, sino por sus muy particulares formas de ver y ejercer el oficio político.
En un lado están los "Hijos del Despojo". Son los panistas curtidos tras la resaca estatizadora de Luis Echeverría y José López Portillo.
Son los que se ganaron a pulso su derecho al juego del poder en las trincheras opositoras de Chihuahua, Nuevo León, Baja California y Guanajuato.

Los idealistas y luchadores que hoy, en su quinta, sexta o séptima década de vida, no sienten que el PAN tenga un rumbo y un destino claros.

Son los que desde sus luchas entonces titánicas contra el monolítico régimen priísta, se convirtieron en íconos y banderas de la causa.
Fueron los que pavimentaron para Vicente Fox el camino a Los Pinos y los que sienten, justificadamen te, que mientras sus ideales se están desmantelando, el viejo sistema priísta no.
Para ellos, Carlos Salinas se conserva como la mano que mece la cuna, Manlio y Emilio traen las riendas del Congreso, los sindicatos controlan desde la educación hasta el petróleo y los hijos de los viejos priístas disponen de las chequeras, desde Hacienda hasta la Financiera Rural.

En el otro lado están los "Hijos de la Apertura".
Son los panistas que nacieron y vivieron la concertacesión salinista, la apertura zedillista y el desencanto foxista.
Son los neopanistas, las generaciones de veinteañeros, treintañeros y cuarentañeros que reclaman su espacio en el gabinete de un presidente que tiene 45 años.

Los pragmáticos y negociadores que poseen una mentalidad más afín a la de un concertador que a la de un idealista. No les incomoda sentarse a la mesa con quien sea, del partido que sea. Están convencidos de que lo importante son los resultados y que el tiempo se los reconocerá. Muchos de ellos nunca operaron como oposición.
Nacieron cuando el PAN ya era gobierno y se fortalecieron al amparo del erario, que paga su tren de vida y todavía más: les permite comprar voluntades. Así sea para adueñarse del partido. Lomismo en un municipio que en un estado.

Son los que justifican los negocios de Mouriño, los que prefieren guardar silencio cómplice ante las corruptelas de los gobernadores priístas o aplauden el cogobierno con Beltrones.
Esta disputa cada vez más abierta entre los "Hijos del Despojo" y los "Hijos de la Apertura" es la que pondrá a prueba al PAN en los meses por venir.

Reporte Indigo entrevistó a panistas de distintas corrientes, de diferentes filiaciones y de disímbolos orígenes azules, para conocer a fondo sus visiones sobre lo que sucede hoy con el partido en el poder.
Germán Martínez, César Nava, Santiago Creel, Fernando Canales, Carlos Medina, Manuel Espino, Javier Corral y Gabriela Cuevas hacen ante las cámaras una reflexión sobre el PAN, sobre su realidad y su destino.
Y detrás de esas reflexiones se asoma un común denominador. La encrucijada del reto que en su momento planteó Felipe Calderón: cómo ganar el gobierno sin perder el partido. (Reporte Indigo)