Foto: Vanguardia/Francisco Rodríguez
Francisco Rodríguez Lozano
Esta historia es contada por ellos, testigos majestuosos que posan en la sierras y guardan en sus adentros grandes secretos
Torreón, Coahuila. Un árbol es una máquina del tiempo. Un árbol guarda secretos íntimos que ocurrieron hace 200, 400, 600, mil años. Los árboles cuentan historias que, en muchos casos, no están registrados en los archivos históricos. Son pocas las personas que lo saben. Y son menos los investigadores en México que explotan la dendrocronología: la ciencia que se ocupa de examinar los anillos de crecimiento de árboles, muertos o vivos.

    Con esta técnica, investigadores han logrado viajar al pasado, cifrar y fechar años de sequía y abundancia desde tiempos de los toltecas, la conquista y la colonia. También corroboraron sequías en 1810 y 1910, los años de la guerra de Independencia y la Revolución Mexicana. Y con el apoyo de decenas, quizás cientos de árboles que usan para crear sus series cronológicas, desarrollan modelos y parámetros de frecuencia de diferentes eventos, con el que pretenden alertar y prevenir a las autoridades de futuros desastres.

    Julián Cerano Paredes Investigador del área de dendropirocronología y dendroclimatología del Centro Nacional de Investigación Disciplinaria en Relación Agua, Suelo, Planta y Atmósfera (CENID-RASPA) del Instituto Nacional de Investigaciones Forestales Agrícolas y Pecuarias (INIFAP), viajó al pasado. Él lo sabe. En el estudio “Sequías reconstruidas en los últimos 600 años para el noreste de México”, a lado de un grupo de investigadores, analizó los anillos de crecimiento de las especies Pseudotsuga menziesi y Pinus cembroides. Se examinaron series paleoclimáticas de más de 400 años para el noreste de Coahuila y de 600 años para la región sur de Nuevo León. En la investigación se logró reconstruir sequías severas que tuvieron un impacto en la disponibilidad de agua, producción agrícola, daños a la ganadería y por ende un impacto socioeconómico.

En el análisis de 600 años se destaca que en el periodo de 1400 a 2004, en la región noreste de México se presentan sequías con una recurrencia que fluctúa entre los 52 y 59 años. Sin embargo, los eventos más intensos, dice Cerano Paredes, se observaron de manera significativa a intervalos de 100 años: 1450, 1560, 1660, 1750-1760, 1850-1870 y 1950-1960; la última con gran impacto social y económico. Cerano explica que la reconstrucción de series paleoclimáticas brindan información elemental para la modelación de eventos hidroclimáticos extremos, mismos que pueden ocurrir en el futuro bajo diferentes escenarios. De ahí la necesidad de fundamentar decisiones técnicas para el uso sustentable de los recursos hídricos en la región.

 

    Así mismo, el investigador considera que las reconstrucciones paleoclimáticas constituyen un soporte adicional para sustentar las hipótesis de las condiciones climáticas extremas que prevalecieron durante fenómenos de carencia de alimentos, brotes epidémicos, mortandad, abandono de pueblos, conflictos sociales y políticos de los grupos humanos establecidos en esa época.

    Por ejemplo, durante el estudio se reconstruyeron cinco sequías intensas en los periodos de 1438-1460, 1517-1538, 1714-1723, 1866-1876 y 1968-1986. La sequía reconstruida para el noreste a mediados del siglo XV es conocida en el centro de México como “Megasequía”, durante el reinado de Moctezuma Ilhuicamina. Algunos historiadores relatan que inclusive durante esta Megasequía, el emperador autorizó a sus súbditos a emigrar, acción inusual en la estricta sociedad azteca.

    La reconstrucción científica para la región noreste de México, permite corroborar la intensidad de la sequía y sus efectos hasta el norte del país, con estragos similares o hasta mayores a los registrados en el centro de México.

    La sequía reconstruida por los investigadores a principios del siglo XVI (1517-1538) para el noreste de México, se correlaciona con los estudios históricos y paleoclimáticos que determinaron el impacto social de la sequía en el centro del país. El colapso del estado azteca se dio con la conquista de los españoles en 1521. La intensa sequía a principios de la era colonial precedida por la llegada de Hernán Cortés, se extendió por 26 años y se mezcló con epidemias que favorecieron la mortandad de los aztecas. Con la reconstrucción de sequía de 1517 a 1538 para el noreste de México, se corrobora y se respalda que las condiciones extremas no solo asolaron al centro del país, sino que se extendieron hasta el noreste.

    Julián Cerano refiere que la falta de archivos históricos para la región noreste del país, no permite conocer los efectos de estos fenómenos en la población, pero las reconstrucciones paleoclimáticas sí determinan la magnitud de las sequías, como la del periodo de 1566 a 1570 ó la sequía de 1576, eventos no localizados en la historia del centro del país pero sí registrados en los árboles del noreste mexicano.

El periodo de 1714-1723, representa el tercer período seco de cinco eventos de extrema sequía reconstruidos en los últimos 600 años para esta zona. En este lapso no se dispone de información histórica para conocer el impacto social, aunque en el centro se reportan sequías severas, hambre y una pobre producción de maíz. Los efectos pudieron ser similares para el noreste de México.

El período de 1850-1884 reconstruido como una intensa sequía con impacto en gran parte del país, pero con efectos drásticos principalmente en la parte norte de México. Según el libro “Las sequías y sus impactos en la sociedad del México decimonónico, 1856-1900”, de Antonio Escobar, durante este periodo, los estados de Nuevo León, Coahuila, San Luís Potosí, Aguascalientes y Durango, comunicaron una fuerte carestía de semillas. Los árboles del noreste registraron esa carestía de agua.

A decir del mismo estudio, el periodo de 1945 a 1960 ha sido el de mayor intensidad de sequía para la región norte de México.

    En los 600 años reconstruidos de sequía, la investigación muestra una gran disminución de precipitación en los años 1402, 1454, 1505 y 1558. “Mucha de esta información cuando queremos calibrar, vemos qué está registrado históricamente. Qué pasó aquí que yo tengo una fuerte sequía, pues resulta que hubo pérdida de grano. La mayoría de la información histórica es del centro del país. Pero con estos estudios vemos que los fenómenos no fueron exclusivos de una zona, sino que se registró un mismo impacto en el norte”.

 

    Cerano Paredes explica que lo más difícil es precisamente fechar la edad del árbol y enseguida determinar y medir el ancho de la banda. Una vez que se genera esa base de datos (años y anchura), se ingresa para verificarla en un programa especial.

“Ingresas 100 muestras de diferente longitud, el programa arroja correlaciones, comparando cada 50 años, da valores correlacionados para corroborar el fechado. El fechado es lo más complicado pero es lo más importante por la exactitud”, comenta Cerano.

Los investigadores entonces comparan los resultados con los últimos registros oficiales de tiempo, para corroborar y comparar. Después, cuando se determina que existe una fiable relación entre lo que registraron los árboles y los registros oficiales (de Conagua por ejemplo), se genera un modelo que reconstruye todo la cronología. Si se tienen árboles de 500 años, las reconstrucciones van a ser por 500 años, aunque únicamente se tengan datos y registros de 50 años.

El árbol, dice Julián Cerano, responde al clima, es como una estación. “Hay periodos con crecimientos anchos, supresiones, liberaciones, todo son ciclos. Lo que tenemos que hacer es interpretarlos”.

    La huella del pasado

José Villanueva Díaz, investigador forestal y jefe del único Laboratorio de Dendrocronología del país en el CENID-RASPA de Gómez Palacio, Durango, también ha viajado al pasado. Menciona que la investigación dendrocronológica inicia desde la selección de los árboles más viejos, los más sensibles a cuestiones de clima y conocer qué especies producen más claramente los anillos. Por ejemplo, las especies del sur, del trópico, sí desarrollan anillos de crecimiento pero es difícil distinguirlos; no existe un límite marcado como con las coníferas o los pinos. Los cedros y caobas son especies difíciles de estudiar. En el norte, especies como los mezquites también son difíciles de estudiar porque no hay una delimitación del crecimiento anual. En cambio especies como el sabino o el ahuehuete son más fáciles de examinar. En Río Verde, San Luis Potosí, se encontró una especie de mil 650 años de antigüedad.

De hecho, hace un par de años, científicos de la universidad de Arizona y del Inifap, lograron documentar por primera vez cuatro grandes sequías que contribuyeron al colapso de la civilización tolteca y posteriormente de los aztecas. Esto fue gracias al hallazgo de especies –principalmente ahuehuetes- en Querétaro de más de mil 200 años de edad.

Las cuatro sequías, registradas con exactitud en los anillos de los árboles, ocurrieron del año 897 al 922; de 1149 a 1167,  de 1378 a 1404 y de 1514 a 1539. La caída de los toltecas  sucedió por el año 1150, es decir que coincide con la segunda gran sequía documentada por los investigadores.

 

    José Villanueva Díaz también se ha especializado en reconstrucción de flujos, escurrimientos y lluvias. Realizó, junto a otros especialistas, una reconstrucción histórica de los flujos en la cuenca alta del Río Nazas, en Durango y que alimenta de agua a toda la zona de la Comarca Lagunera.

    En el estudio “Precipitación reconstruida para la parte alta de la Cuenca del Río Nazas, Durango”, se estudió, gracias principalmente al árbol Pseudotsuga menziesii, la precipitación de los últimos 410 años (1599-2008).

    En la investigación se determinó la presencia de sequías severas en los periodos de 1665-1688, 1695-1718, 1774-1791, 1798-1813, 1890-1896 y 1945-1963. En la parte alta de la cuenca, la precipitación es modulada de manera significativa por El Niño Oscilación del Sur, tanto en su fase fría (La Niña), al producir intensa escasez de agua con repercusiones económicas, políticas y sociales para los pobladores de la Comarca Lagunera, debido a su fuerte actividad agropecuaria.

    “Históricamente los flujos, los volúmenes de escurrimiento eran mayores anteriormente. Es notorio el cambio en los últimos 30 años”, asegura Villanueva Díaz. A través de los árboles detectaron grandes escurrimientos de agua en 1868 y 2002; dos años con grandes picos de precipitaciones.

“El año 1510 fue un periodo bastante lluvioso. Luego en 1670, picos grandes, en 1815 también. Fueron como 10 años con mucha lluvia. Son eventos extremos. En este caso no encontramos una periodicidad que se repitiera”, refiere el especialista.

    Según Villanueva Díaz, en base a los registros de reconstrucción climatológica, después de periodos de fuertes sequías en el norte del país –cada 50 ó 60 años-, vienen periodos de buenas condiciones de lluvias.

“Tuvimos sequía a principios de 2000 y 2010; se supone viene un periodo bueno. Esos ciclos se pueden repetir pero cada vez más los requerimientos de agua son mayores. En función a los volúmenes que se han estimado y la necesidad de lo que se tiene que consumir, se puede planear y administrar más el recurso hídrico; crear un panorama histórico”, explica.

José Villanueva expone que el agua que llueve se filtra y luego escurre y llega a las presas, por lo que estos estudios sirven para cuestiones de manejo de agua en las presas y para saber el comportamiento de la disponibilidad del líquido con el tiempo.

Para el investigador, cada vez se registra un decrecimiento en los volúmenes escurridos y captados en las presas. En diferentes zonas del país han documentado que la baja de los escurrimientos no se debe totalmente a la disminución en las lluvias, sino al fenómeno de desvío de agua para aprovechamientos irregulares. 

En Guanajuato, en el Río Yaqui en la cuenca de Sonora, en el río Acaponeta en Nayarit, todos sitios donde los anillos de los árboles han registrado un decrecimiento en el índice de anchura por falta de agua. En los tres casos por desvíos del líquido por parte de las poblaciones. “Han hecho bordos de abrevadero para el agua y no escurre la cantidad natural. Es importante analizar cómo era y cómo es actualmente el flujo”, ahonda el doctor Villanueva.

 

Reconstrucción de incendios

 

    Julián Cerano Paredes, el investigador del CENID RASPA de Gómez Palacio, Durango, se ha especializado en la reconstrucción y el comportamiento del fuego. Los árboles, como las personas, permanecen con una huella del fuego cuando son quemados. En los árboles, la marca son pequeñas costras en la corteza, una cicatriz al interior.

    Al igual que con los anillos de clima, lo primero es determinar la fecha para conocer en qué anillo (qué año) se presentó el incendio. Después, se precisa en qué posición entró el fuego. Si al principio de la madera, a la mitad o al final. La madera clara es primavera-verano y la madera oscura es invierno.

    “No solo podemos determinar en qué año  sino también la época del año”, comenta Cerano. A medida que la línea del fuego es más continua, quiere decir que el fuego fue de mayor intensidad o cubrió más superficie.

“Cuando tengo la historia del fuego, cuando conozco los incendios más severos, puedo calcular históricamente para esa zona con qué frecuencia se presentaba el fuego. Puedo decir, para esta zona, el 95 por ciento de los incendios se registran en primavera, por ejemplo. Entonces poner atención a labores de prevención. Conoces la historia, conoces estadísticamente el comportamiento del fuego”, insiste el investigador.

    Así lo ha hecho en estudios y reconstrucción de incendios en diferentes zonas. Uno de los estudios tuvo lugar en la Reserva de la Biósfera de Manantlán en Jalisco, una de las más importantes del Occidente de México y donde los incendios son uno de los actores principales de la dinámica del bosque.

    Para esta investigación encabezada por Cerano Paredes, se colectaron secciones parciales de Pinus douglasiana con cicatrices de incendios. Se fecharon 293 cicatrices en 51 árboles que iban desde el año 1867 de antigüedad.

    La reconstrucción de incendios para los últimos 144 años en esta zona, muestra que el fuego registra una frecuencia media de 5.5 años y una recurrencia de nueve años para los eventos más severos. Además, el 98.3 por ciento de los incendios se presentan en primavera.“Es muy significativo aquí cómo hay un relación entre las sequías y la incidencia de incendios”, menciona Cerano.

    Así mismo, Cerano Paredes menciona la necesidad de estudiar la relación del fuego con la variabilidad climática. ¿Qué está propiciando la frecuencia o ausencia de incendios? Por ejemplo, los investigadores han evidenciado que para el norte de México, después de 1950 se ha registrado una exclusión del fuego por el pastoreo de la zona, cuando hay especies que ecológicamente necesitan del fuego para brotar o especies de pino con conos muy duros que necesitan de temperaturas muy altas para abrir y soltar las semillas.

 

    “Hay que conocer la ecología de las especies. Hay especies poco tolerantes al fuego donde en lugar de cicatrizar, se pudren. Hay lugares donde se requieren fuegos controlados, incendios prescritos y necesitamos saber esto”, expone Cerano.

    Otras variables climáticas son huracanes, la oscilación decadal del Pacífico, la oscilación del Atlántico o fenómenos de El Niño y La Niña. En un estudio reciente, los resultados preliminares arrojaron que el comportamiento del centro del país es diferente al del norte, pues en esta última zona hay una relación positiva entre los incendios y el fenómeno de El Niño; aunque sí existe una relación para años específicos. “Si queremos comparar intervalos de tiempo de 30 años, 40 años, acá en el norte todos son efecto positivo, en el centro no. Sólo los años más fuertes, un evento extremo, cubre el centro”.

    En una investigación encabezada por Cerano Paredes titulada “Reconstrucción de incendios y su relación con el clima para la Reserva Cerro del Mohinora, Chihuahua”, localizada al suroeste de Chihuahua y de gran importancia porque es un área donde se origina la producción de agua que drena hacia la Planicie Costera del Pacífico, en Sinaloa. Se examinaron especies Pinus duranguensis, arizonica y ayacahuite, mismas que se extendían hasta el año 1700 de antigüedad.

En general, el Cerro El Mohinora se vio afectado por incendios de gran intensidad en 1902, 1904, 1922, 1945, 1971, 1995 y 1988, lo que estuvo asociado a eventos extremos del fenómeno El Niño Oscilación del Sur (ENSO por sus siglas en inglés), un fenómeno cíclico que consiste en un cambio en los patrones de movimiento de las corrientes marinas en la zona intertropical.

De ahí la importancia, añade el investigador, de analizar las variables climáticas como el riego, la lluvia, las sequías. “Si ya tengo más elementos entonces podemos hacer trabajos de prevención, poner especial cuidado a diversas áreas”, comenta Cerano.

La dendro y la geomorfología

    Osvaldo Franco Ramos, investigador del Instituto de Geografía de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), es especialista en dendrogeomorfología, un área que estudia a través de los árboles, el fechado de procesos geomorfológicos como avenidas de lodo, sedimentos, inundaciones, desprendimientos de bloques en zonas montañosas, deslizamientos o zonas de erosión.

 

    El investigador afirma que es un método novedoso e incipiente en zonas volcánicas del centro de México. Particularmente, Franco Ramos ha aplicado la ciencia en el volcán de Colima, para identificar lahares, que es la mezcla de sedimentos y bloques asociado a la actividad eruptiva y el aporte de lluvias torrenciales.

    En barrancas al sur del volcán, se identificaron diversos eventos laháricos en los últimos 100 años; la mayoría corroborados con estudios y registros previos, pero también se logró el aporte de siete lahares que no habían sido reportados: en 1969, 1979, 1984, 1986, 1987, 1996 y el último en 2001.

“No habían sido documentados y se pudieron identificar estos disturbios en los árboles. Se fecharon en estos años. Además, concuerdan estos años con actividad eruptiva del volcán”, expone el doctor Osvaldo Franco.

Cuando los lahares chocan con un árbol, se encajan en el tronco y generan una cicatriz. Esa es la principal evidencia del impacto por un evento. Es evidencia que almacenan los anillos de los árboles. En el volcán La Malinche, que ocupa parte de Tlaxcala y Puebla, el investigador estudió el flujo de escombro y los impactos al noreste del volcán, especialmente a la especie abies religiosa. “Fue un estudio pionero, no se sabía nada de la dinámica reciente y pudimos detectar 19 flujos de escombro de 1916 al 2011”, asegura.

Con estos estudios, al igual que con los incendios, se logra tener un control sobre las zonas más inestables o con mayor frecuencia de eventos, conocer los alcances, y así tomarlo en cuenta en los planes de manejo de prevención para los poblados que están en las faldas de estos volcanes.

    •    ¿Estos eventos coinciden con algún evento climático?, pregunto al investigador.

    •    Sí, fueron años secos seguidos de años muy lluviosos.Ocurren principalmente en un año previamente seco y el año del evento había mucho aporte de lluvias, más extensas que otras.

Osvaldo Franco también ha estudiado el Popocatéptl, principalmente la barranca al noreste que drena y desemboca en el poblado de Santiago Xalitzintla, considerado el más cercano al cráter. Se estudiaron abies religiosas y pino ayacahuite y se encontraron eventos lahares en 1997 y 2001; además de dos históricos en 1919 y 1928. “Esos fueron años muy activos con muchos disturbios en los árboles”.

De hecho, Franco resalta el lahar de 1997, pues refiere que un volumen muy considerable afectó a un gran número de árboles. Inclusive se encontraron cicatrices a dos metros de la especies. De ese tamaño fue el lahar.

“Fue un trabajo complementario. No había reportes de que habían ocurrido lahares históricos. Ha ayudado un poco para poner al tanto a las autoridades de protección civil o de Cenapred (Centro Nacional de Prevención de Accidentes) para que consideren que esas zonas son muy afectadas o ocurren frecuentemente lahares”, reflexiona.

En el Pico de Orizaba y en el Cofre de Perote en Veracruz, Osvaldo Franco busca utilizar la dendrocronología para fechar flujos de lava. Conectando la especie juniperus montícola, un árbol que llega a ser muy viejo y donde existen individuos de hasta 900 años de edad.

“La lava devasta el bosque, lo quema, difícil que deje vegetación. Entonces, cómo han crecido con los años, el tiempo posterior; si ha habido diferencias en el crecimiento desde el impacto de la lava. Después de que se enfrían se recoloniza una especie de árbol, y se relaciona con la lava y estamos estudiando los individuos más viejos”, adelanta el especialista.

Plagas y especies que venzan el cambio climático

    Jorge Méndez González, investigador adscrito al departamento Forestal de la Universidad Autónoma Agraria Antonio Narro (UAAAN), es especialista en el uso de la dendrocronología para identificar las afectaciones de plagas en el crecimiento de los bosques, y en la captura de carbono por parte de diferentes especies.

 

    En el primer tema, el investigador parte de una premisa: se ha intensificado el ataque de insectos descortezadores en todo el país. Méndez González es el encargado de la zona norte de un consorcio nacional de diferentes instituciones que pretende evaluar las afectaciones en el crecimiento de diferentes especies mediante la dendrocronología.

    “Es una realidad que las plagas están acabando con los bosques del país y la Conafor (Comisión Nacional Forestal) tiene la inquietud de medir la influencia en los crecimientos porque hay mucho decaimiento y sequías, y al gobierno le interesa emplear métodos para incrementar la productividad”, amplía el especialista.

    Jorge Méndez explica que evalúan árboles sanos y árboles que se están muriendo para medir los incrementos radiales (índice de anchura de anillos) y por ende el volumen maderable. Ahonda que cuando un descortezador se hospeda en un árbol, afecta el crecimiento, rubro que se mide en el incremento de los diámetros.

    “El índice de ancho es muy amplio porque depende de la lluvia, la edad, entonces primero tenemos que eliminar estas variables con la dendrocronología. Si los registros de plaga ocurrieron después de algún periodo seco, reconstruir sequías”, precisa.

    A diferencia de la huella que dejan los incendios, en el caso de las plagas el sello es una pudrición en la madera. El proyecto abarca el estudio de especies de 100 hasta 150 años de antigüedad. Y aunque aún no finaliza, ya existen resultados previos: además de la destrucción, los descortezadores están mermando el crecimiento de los bosques. No crecen como debieran.

 

    El segundo campo de acción de Méndez González es la captura de carbono. Mediante la dendrocronología, se puede conocer e identificar qué especies son las más resistentes a sequías o eventos extremos porque almacenan el carbono por periodos prolongados. “La idea es identificar las especies recomendables para plantar”. Mayores incrementos en la biomasa o volumen, mayor captura de carbono. La dendrocronología mide esos aumentos de biomasa.

    El especialista ahonda en que generar ecuaciones de biomasa permite evaluar la estructura y condición de un bosque, cuantificar su productividad, determinar la cantidad de carbono fijado, la tasa de fijación de dióxido de carbono y valorar así el impacto en la mitigación de gases de efecto invernadero.

    “Nos preguntan qué especie recomendamos para plantar y pues contestamos que aquella que resista altas temperaturas porque es una realidad que se avecinan temperaturas extremas. Por eso tenemos que evaluar los incrementos de biomasa”, agrega.

    Los estudios científicos establecen que el pino cembroide, una especie nativa de México, resiste eventos climáticos extremos. Aunque la especie que recomendaría el investigador, es el pino greggi, una conífera capaz de soportar temperaturas extremas y suelos pobres.

Ciencia poco aprovechada

Para Osvaldo Franco Ramos, investigador de la UNAM, la dendrocronología ha sido poco aprovechada porque se desconoce el potencial y la utilidad del método. Refiere la necesidad de que autoridades dedicadas al monitoreo de volcanes y ordenamientos territoriales en diferentes zonas, conozcan y apliquen esta ciencia.

En Europa y Estados Unidos, por ejemplo, se tiene un grupo de investigadores que han aplicado la dendrocronología para prevenir peligros, para zonificar peligros naturales como avalanchas de nieve, deslizamientos en zonas que puede afectar a ciudades.

En los Alpes Suizos, por ejemplo, se han hecho reconstrucciones precisas de flujo de escombros y caída de roca presentes en los valles alpinos. El aporte principal de las reconstrucciones son mapas morfodinámicos y morfocronológicos a escala detallada, misma que es la base para la valoración de peligros geomorfológicos.

 

 “Se han hecho modelaciones para predecir si hay un evento y ver hasta dónde se puede llegar y analizar la frecuencia de los eventos. Sería útil tenerlo en México para zonificar áreas con cierta amenaza, con antecedentes”, menciona el especialista de la UNAM.

Jorge Méndez González, investigador de la Narro, considera que la aplicación correcta de la investigación dependerá de la difusión. Asegura que se está generando investigación pero se necesita la difusión correcta para que tome sentido. “Debemos de empezar por ahí, si se le están dando la importancia en la aplicación”.

    Julián Cerano del CENID RASPA, coincide que quienes tienen el “poder” de ejecución, deberían considerar aplicar esta ciencia porque con ella se tienen más y mejores elementos para tomar decisiones. Para el oeste de Estados Unidos, por ejemplo, se ha logrado reconstruir la historia del fuego para los últimos dos mil años.

    Cerano destaca que incluso esta ciencia es más exacta que otras como el carbono 14, la técnica para conocer la edad de muestras orgánicas.

    La ciencia abarca mucho más usos como la medición histórica de la contaminación, de la concentración de metales pesados. En el Laboratorio de Dendrocronología en el CENID RASPA de Gómez Palacio, Durango, el único en el país, se tiene un inventario de cientos de maderas de diversos sitios y zonas del país. Una especie de archivo maderable, con fechados. Todo el material tiene el potencial para estudiarse a profundidad.

 

    DATOS:

    •    La muestra de un árbol vivo se extrae con un barreno o taladro que se inserta en el árbol para obtener lo que se conoce como un núcleo de crecimiento, virutas o gusanos.

    •    Cada anillo es un año de crecimiento y la diferente anchura detecta la variabilidad ambiental que existió en ese año.

    •    Se llegan a tomar muestras de por lo menos 50 árboles por cada sitio y al menos dos o tres muestras (núcleos) por árbol.

    •    Después del fechado, el ancho de anillo de todas las muestras se ingresa en un sistema de medición.

    •    La calidad del fechado se verifica con un programa especial.