El Universal
Tampico, Tamps.- Carlos y Javier son mecánicos y su vida, de suyo complicada, dio un vuelco dramático la medianoche del 5 de octubre. Ellos laboraban en la empresa de transportes contigua a la bodega en la que el Ejército descubrió casi 12 toneladas de cocaína -el mayor decomiso de esa droga en México-, y ahora están arraigados y hasta en spots televisivos se les acusa de pertenecer al cártel del Golfo. Ellos se dicen inocentes.
Javier Sánchez Cervantes, quien desde los 13 años fue atropellado y perdió casi toda la pierna izquierda, tiene -dice su madre, Emilia Cervantes Perales- mala suerte. Fracasó su matrimonio y ahora está a punto de ir a la cárcel. Su amigo, Carlos Cortés Hernández, vive en una casa de cartón con tres hijas y su esposa, Noemí Ramos Bautista, quien está a punto de dar a luz.

Ellos son amigos desde hace más de tres años, cuando Javier entró a trabajar a la empresa Tranportes Unidos Tamaulipecos, donde Carlos lleva casi 17 años laborando. Ambos, según funcionarios de esa empresa, tienen un récord laboral "limpio". Su problema, según ellos mismos, sus compañeros y familiares, fue estar en el lugar y hora equivocados. Por lo pronto, la prueba balística, según sus familiares, demostró que ellos no dispararon contra los militares.

Pero para el Ejército y la PGR, ellos descargaban las 11 toneladas 670 kilos de cocaína aseguradas hace tres semanas en este puerto. De ahí, según las autoridades, el arraigo que les decretó el Juzgado 12 de Procesos Penales Federales del DF.

Contra la versión oficial está lo que ellos mismos han dicho en sus declaraciones ministeriales. "Fuimos -dijeron- detenidos a unos metros de nuestro trabajo". Ambos trabajaban en una empresa de transportes situada a escasos 50 metros de donde soldados efectuaron el mayor decomiso de cocaína en la historia.

Sus familiares se enteraron de su captura sólo cuando sus rostros salieron en los noticieros de televisión. "Nadie nos daba razón de ellos, sólo en el taller nos dijeron que los habían detenido casi al entrar a la empresa". Esa versión la constatan sus compañeros de trabajo y sus empleadores que pidieron no ser citados por sus nombres.

Ahora, Javier y Carlos tienen cada vez mayores problemas. La madre del primero sufre desmayos y presión alta desde su arresto, además de perder el ingreso con que le ayudaba. Para Carlos la situación no es mejor: su esposa vive prácticamente de la caridad de los vecinos.

Pero aun así, doña Emilia pide que le den a su hijo la pomada que necesita para que no se le reseque y llague lo que le queda de la extremidad izquierda, pues la prótesis que posee desde los 13 años está tan desgastada que tenía que venderse y amarrársela con mecates para poder andar. Mimí, la esposa de Carlos, pide que no se cometa una injusticia con su marido.