El Universal
El secuestro sí está socializado. Y allí estaban. Hartos de sentir miedo, de saber que el hermano del amigo o el amigo del hermano -ellos que no aparecen en la televisión- ha sido asaltado en el microbús, en la esquina de la casa, en las colonias populares que día tras día padecen de inseguridad, de impunidad.
No fue sólo la marcha de los rubios, de esos que se abrigaron de la lluvia vespertina con chamarras caras de marca conocida. No. También estaban los pobres, a quienes "ya nomás los están esperando a que llegue la quincena para asaltarlos".

Firme, desde las cuatro de la tarde, Deborah Guillén ayuda a formar la cadena humana que delimita el área disponible sobre la plancha del Zócalo para colocar las velas que siguen llegando en manos de la multitud desbordada por Paseo de la Reforma, Juárez y Madero.

Los niños nutrían con sus jóvenes pulmones el grito generalizado de "¡México unido jamás será vencido!". Estaban contagiados de una emoción alimentada por las sensaciones de sus padres, quienes sufren miedo, coraje, decepción, pero también la convicción que les dio sentir la solidaridad de estar en la plaza principal de su patria, exclamando al unísono una demanda de seguridad.

"No es que a nosotros nos haya pasado algo, sino que estamos aquí en apoyo a quienes han perdido a un ser querido por la delincuencia", comentó una señora de la colonia Pensil y que llegó temprano con sus hijos.

Y el Himno Nacional a oscuras. La catársis colectiva. El análisis de las estrofas. "Un soldado en cada hijo te dio", clamaba con el rostro enrojecido un hombre humilde, de gorra, sudadera y tenis, la piel cobriza, contrastante con la de los organizadores.

"¡Estamos hartos!", era la frase que gritaban, que se comentaba, que plasmaron en cartulinas, playeras y mantas. "¡Queremos un México en paz!", fue el grito de una marcha que no pudo ser silenciosa.