David Alandete/El País
Historia y ficción se miran frente a frente en las amplias salas de este museo en el que Estados Unidos intenta responder a la pregunta: ¿Qué significa ser americano?
Madrid, España.- ¿Qué es la historia americana? A juzgar por el mastodóntico Museo de Historia Americana, recientemente reabierto en Washington tras unas obras de reforma y maquillaje que han durado dos años, un concepto tan amplio que abarca desde el mítico sombrero del presidente Abraham Lincoln hasta el ordenador portátil de Carrie Bradshaw, la protagonista de Sexo en Nueva York.

Estados Unidos es un país joven, pero su biografía está plagada de célebres e intensos sucesos, como el escándalo del Watergate o las guerras de Vietnam e Irak. Todos ellos están presentes en un recinto en el que, además, está representada la América pop, la titánica factoría de mitos cinematográficos y musicales. La rana Gustavo convive con recuerdos de presidentes como Richard Nixon sin reparos ni complejos. Historia y ficción se miran frente a frente en las amplias salas de este museo en el que Estados Unidos intenta responder a la pregunta: ¿Qué significa ser americano?

Cuando el Gobierno decidió crear esta institución pensó que lo adecuado para un país nacido en tiempos revueltos y puntero en el desarrollo tecnológico sería aunar reliquias de la guerra y artilugios tecnológicos como teléfonos y cinematógrafos antiguos. El día de su apertura, el 23 de enero de 1964, un crítico del diario The New York Times escribió: "En cuanto a su contenido, una mezcla fascinante de locomotoras, relojes, coches, disfraces, muebles, uniformes, banderas, armas y rarezas inclasificables, es una aventura absorbente. En cuanto a su arquitectura es un desastre". El problema de la arquitectura ha sido en parte resuelto. En 2002, un comité de evaluación dijo que al museo le faltaba "atractivo estético, coherencia organizativa y la percepción de un equilibrio básico". Una inversión de 61 millones de euros modernizó la institución, que reabrió en noviembre tras 24 meses de reforma. Desde entonces es una de las grandes atracciones de la capital. "Puede que ahora comience a deshacerse de su reputación de ser uno de los rincones más hacinados y confusos de Washington", según dijo un crítico del Times recientemente.

01 El portátil de Carrie

La gran amante de los complementos, la mujer que devolvió el romanticismo a Nueva York, tiene su espacio en este museo. El ordenador portátil de Carrie Bradshaw, protagonista de Sexo en Nueva York, está incluido en la colección. Fue donado en 2004, al final de la serie. Cuando, en 2007, las cuatro chicas se reunieron de nuevo para rodar la película, el museo se mostró reacio a devolver el ordenador. Ya era parte de la historia norteamericana. "Sólo nos lo dieron después de hacer varias llamadas. Cuando se me sugirió que usara una réplica, con el argumento de que nadie se daría cuenta, les dije que yo sí que me daría cuenta", dijo Parker a la página web StyleList el año pasado.

Reluce una guitarra de Prince y unos guantes utilizados por Muhammad Ali en el ring. También se expone la marioneta original que dio vida a la ranaGustavo en Barrio Sésamo. Y una de las primeras muñecas Barbie, con su armario y sus trajecitos. Algunos de los objetos más admirados son los robots R2-D2 y C-3PO, de La guerra de las galaxias; los huevos donde se crió el extraterrestre de Alien, o las esposas, muy realistas, de Kunta Kinte. En estos pasillos, América se encuentra a sí misma como mejor la conoce el mundo: a través de recuerdos de celuloide y ondas catódicas.

02 La factoría del mito

La historia americana es mucho más que la política del país. Los objetos que de verdad atraen la atención de las familias que visitan lo que en Washington se llama informalmente el trastero del país son creaciones mucho más banales de la cultura popular. Para muchos visitantes, es una experiencia casi catártica poder ver los zapatos de rubí rojo que lució Dorothy Garland en la película El Mago de Oz, de 1939. Y están allí casi por casualidad. Los estudios MGM los guardaron en un almacén durante décadas. En los setenta alguien los encontró enrollados en una toalla, dentro de un cubo. Los estudios los pusieron a subasta, un alma caritativa pagó por ellos 15.000 dólares de la época y los regaló al museo.

03 Las galas de las primeras damas

Una de las salas más visitadas en el nuevo museo es la que conjuga poder y glamour: la sala consagrada a las primeras damas. En ella aparecen todos los estilos que han pasado por la Casa Blanca, desde Eleanor Roosevelt hasta Nancy Reagan.

La exposición contiene 14 vestidos muy valiosos, como el que lució Martha Washington, esposa del primer presidente, en su baile de inauguración, una obra de orfebrería textil, de seda rosa pintada a mano con motivos de insectos y flores enlazados entre sí.

Sin embargo, los modelos que más llaman la atención son el que Jackie Kennedy llevó al baile inaugural de su marido en 1961, diseñado por ella misma y Ethel Frankau, de la casa Bergdorf Goodman, y el que Laura Bush lució en 2001, de color rojo sangre y diseñado por el tejano Michael Faircloth. Dos estilos muy distintos para dos mujeres que han marcado tendencia entre demócratas y republicanos en los últimos años.

04 Escándalos y lacras

En estas salas no podía faltar el escándalo político más famoso de la historia. En los pasillos consagrados a la Casa Blanca se exhibe una de las cajoneras que los fontaneros de Richard Nixon destrozaron para robar información en el Hotel Watergate en 1972. Nixon dimitió antes de ser recusado. Años después, Bill Clinton tuvo mejor fortuna. Ante la posibilidad del impeachment, se sometió al veredicto del Congreso, que le exoneró. El museo mantiene una copia original de los artículos que se presentaron contra Clinton con correcciones, a mano, del representante conservador James E. Rogan.

Con el primer presidente negro en el Despacho Oval, los años de segregación racial parecen quedar lejos. Pero en este museo hay un sinfín de testigos del pasado menos honroso de Estados Unidos. Uno de ellos es una meticulosa reconstrucción de una infravivienda de las que utilizaban los esclavos en el sur. Hasta los años sesenta existían bares, escuelas y medios de transporte vetados a los afroamericanos. En el museo se conserva la barra de un bar sólo para blancos de Greensboro, en Carolina del Norte. En 1960, cuatro estudiantes negros se sentaron en ella y pidieron que les sirvieran. Un desafío al racismo comparable a la negativa de Rosa Parks de levantarse de su asiento en un autobús de Montgomery, en Alabama, en 1955.

05 Un secreto en el reloj

En este edificio también se pueden encontrar pequeños objetos que han sido testigos del nacimiento de la nación americana, como el baúl donde George Washington guardaba sus enseres durante la guerra contra el Imperio Británico, o el escritorio de Thomas Jefferson, sobre el que se firmó la declaración de Independencia en 1776. Este año, en el que se cumplen 200 años del nacimiento de Abraham Lincoln, el museo dedica una exposición al presidente que vivió la guerra de Secesión, salvó la Unión y acabó con la esclavitud. Los organizadores han conseguido el sombrero que Lincoln llevaba cuando un confederado le asesinó a balazos en el teatro Ford en 1865. El gorro estuvo oculto durante tres décadas.

También permaneció oculto, durante 148 años, un mensaje secreto que Lincoln llevó en su reloj de cuerda al final de sus días. En 1861, el relojero Jonathan Dillon estaba reparando ese objeto cuando se enteró de que había estallado la guerra que enfrentaría Norte y Sur. A toda prisa, con una aguja, grabó un mensaje de apoyo al presidente. En 1906, Dillon contó la anécdota al diario The New York Times. "En aquel momento yo tenía el reloj de Abraham Lincoln en mis manos. John Hay [secretario personal del presidente] me dijo que fue el primer reloj que tuvo el señor Lincoln". Hasta hace poco no se ha sabido qué es lo que Dillon escribió. Finalmente, el Museo de Historia Americana ha abierto la caja: "Jonathan Dillon. Abril, 13-1861. El Fuerte Stumpter ha sido atacado por los rebeldes en la fecha mencionada. J. Dillon. Abril, 13-1861. Washington. Gracias a Dios que tenemos un Gobierno. John Dillon". Por si había dudas, Dillon firmó tres veces.

06 Quince estrellas

Recorrer el museo es una visita por el patriotismo norteamericano de los últimos dos siglos. Y no hay nada más patriótico que la bandera. Una de las atracciones es, precisamente, la enseña conocida como The Star-Spangled Banner. En plena guerra contra los británicos, en 1812, el general George Armistead decidió ondear una bandera norteamericana de inmensas proporciones en el Fuerte McHenry, en Baltimore. Era una forma de reafirmarse. Los rebeldes ganaron la batalla y la guerra. La bandera, que mide 90 metros cuadrados, se convirtió en símbolo de orgullo para la joven nación. Un poeta, Francis Scott Key, presenció el asedio y compuso un poema que acabó convirtiéndose en el himno nacional. Acababa con unas famosas palabras: "La bandera de barras y estrellas ondeará triunfante sobre la tierra de los libres y la morada de los valientes".

Aquella bandera, que sólo contaba con 15 estrellas y 15 barras (sólo había 15 Estados en la Unión), está cuidadosamente expuesta, agujereada por el paso del tiempo, en una sala en penumbra del museo.