Jesús Castro
Ella es una sirena aguerrida. A pesar de que grita "está fría, está fría", su entrenador en la alberca del Centro Nacional de Alto Rendimiento en la Ciudad de México, no le hace caso, ella se zambulle y continúa nadando.
Es Nadia Porras Izquierdo, nadadora paralímpica que tras meses de cruzar los dedos y trabajar duro, logró un boleto para los Juegos Paralímpicos de Beijing.

Ese día que la entrevistamos en México, cumplía 16 años, "la bebé" del equipo, dicen sus compañeros, "es la princesa" afirman sus amigos. Atleta prácticamente desde que nació, esta jovencita se convirtió en la única coahuilense con capacidades diferentes que luchará por una medalla.

Torreón la vio nacer, su madre lloró durante quince días mientras los médicos averiguaban lo que le sucedía. Tras el parto, encontraron una prematura fractura en su pierna y luego de días de estudio llegó el diagnostico: osteogénesis imperfecta, enfermedad que debilita los huesos, es decir, que una simple caída le puede provocar fracturas.

Debido a su edad, los médicos recomendaron terapia de rehabilitación dentro del agua y así nació esta relación simbiótica. "Desde niña, el mejor momento del día era el baño, decía mi mamá que yo le tenía amor al agua", dice la jovencita desde el interior de la alberca. El agua y su madre Ruth Izquierdo, se convirtieron en cómplices desde entonces.

Con el tiempo pasó del simple baño a ser llevada a un centro acuático, donde aprendió todos los estilos de nado y a los 9 años de edad, conoció a su primera entrenadora, la profesora Consuelo Martínez, quien vio en ella aptitudes competitivas.

Así pasó de intermedios a pre equipo y de ahí fue invitada a formar parte de un grupo especial con vistas a competencias nacionales. La primera oportunidad surgió en el 2004, cuando fue llamada para una competencia nacional en Tepic, Nayarit, donde sólo pudo competir como exhibición porque apenas tenía doce años, aun así, logró un tercer lugar contra atletas paralímpicos más grandes y con más tiempo de practicar.

Está en la lista

De ahí asistió a eventos regionales y nacionales, hasta que llegó su primer reto, los Juegos Paralímpicos Nacionales en Saltillo, donde participó en la disciplina de 50 metros libres. Ahí ganó su primera medalla de oro, sin embargo disfrutó más la información que recibió al final del evento.

"Se dio a conocer una lista de 40 mujeres y 40 hombres que eran talentos de todas las edades, con miras a los Juegos Paralímpicos de Beijing, empezaron a nombrar y de pronto escuché mi nombre: Nadia Porras, Coahuila. En ese momento no sabía si creer o no creer, si reír o llorar, me cayó el veinte después, fue algo tan hermoso, uno de los días que no se me van a olvidar", dice Nadia con un destello en la mirada.

Nadia interrumpe la entrevista para salir de la alberca y conduce su silla de ruedas dentro del Centro Paralímpico Nacional, donde ya no es necesario el cuidado de su mamá, pues el lugar de la concentración para los preseleccionados nacionales cuenta con todas las facilidades para los atletas con capacidades diferentes.

"Aunque de todos modos sigo extrañándola. Mi mamá es la base de todo, a quien le dedico todos mis triunfos. Ahora pues, me estoy probando a mí misma que puedo salir adelante sola, pero siempre me hará falta ella", advierte Nadia.

En guerra constante

Después de Saltillo siguieron una serie de concentraciones en Aguascalientes, Cuernavaca y México, luego competencias dentro y fuera del país, que costeaba con la beca del INEDEC y recursos de la CONADE. "Era poco, no era mucho, pero al menos nunca batallamos para los viáticos, no se necesitaba nada más. Eso si, sí faltaba equipo porque se perdió o se rompió, había que comprarlo de tu bolsa, así es esto", dice.

De esa manera llegó a los Juegos Para Panamericanos de Río de Janeiro, donde impuso marca de 58'75 en dorso, lo que se volvió un record en ese tipo de competencias. "Ahí ya me quedó bien claro, yo tenía que ir a Beijing", expresó.

Con esas concentraciones vinieron las nostalgias de su familia y las tristezas por no ver a sus amigos. También otras cosas difíciles como su novatada, precisamente en los Panamericanos de Brasil, donde le cortaron su copete.

"En ese tiempo me consideraba frentona, así que me dejaba el copete para disimular, entonces dijeron, pues te vamos a dar en algo que te duela, y me lo cortaron, me veía horrible, parecía que me había mordido un burro", cuenta ahora muerta de la risa, pero la verdad es que ese día y los siguientes lloró.

Luego se recuperó de eso y de otras pruebas que la vida le fue presentando, pero las verdaderas complicaciones estaban por venir. Luego de los Para Panamericanos del 2007, tuvo que ser operada del fémur izquierdo, se recuperó y continuó su camino en otras competencias en Michigan y Canadá, donde obtuvo oros y platas.

En enero de este año vendría otra fractura. Estaba a punto de sentarse y le "tronó" el metatarso. Acudieron con un médico del CRIT, que inventó una férula especial para entrenar, que "resultó una maravilla", al grado de que su pie sanó pronto y pudo continuar su preparación rumbo a Beijín.

Ahora Nadia acaba de comer, sube y baja rampas, saluda a todo el que ve pasar, dice que le encanta hacer amigos, aunque no era necesario decirlo, se nota desde que alguien la conoce. Oradora por gusto, amiguera, le gusta el cine y adora al Santos Laguna. Su color favorito es el verde y de grande le encantaría ser empresaria.

Antes de despedirse dijo: "no lo olviden, la verdadera competencia siempre está en uno mismo", nos regaló una sonrisa, dio media vuelta a la silla de ruedas y continúo su camino, ella misma lo dijo, "hacia el triunfo".