El Pais / Josep Garriga
La recesión abre oportunidades para plantearse nuevos objetivos o cambiar el estilo de vida - Pero los ciudadanos esperan que escampe en vez de reinventarse - La austeridad, valor al alza
La secretaria de Estado estadounidense, Hillary Clinton, provocó tímidas sonrisas en el Parlamento Europeo el pasado mes de marzo cuando les espetó a sus señorías: "Nunca desaprovechen una buena crisis". Lo cierto es que la frase no la patentó Clinton, sino Rahm Emanuel, jefe de gabinete del presidente de Estados Unidos, y reza exactamente: "Nunca desaproveches una crisis grave, te da la oportunidad de hacer las cosas que no podrías hacer en otro momento". Emanuel se refería a la penosa situación económica mundial, pero el mismo llamamiento puede extrapolarse a multitud de situaciones humanas y sociales porque una crisis supone, en definitiva, una etapa de cambio. Y todo cambio abre ante sí un amplio abanico de oportunidades y retos. Sacar provecho de este horizonte por construir depende, en primer lugar, de uno mismo y de la intensidad de nuestra catarsis.

El refranero español está repleto de sentencias sobre el asunto: "Sacar fuerzas de la flaqueza" o "Hacer de la necesidad virtud". Ambos dichos actúan de acicate sobre el individuo porque, muy inteligente e irónicamente, se intenta pinchar sobre las debilidades del carácter español, en su mayor parte conformista y resignado. Frente a éste esconder la cabeza bajo el ala, el anglosajón prefiere el "Yes, I can" (Sí, puedo hacerlo).

"La crisis es un momento de cambio y catarsis. No lo es para toda la sociedad ni para todos los individuos, por supuesto, porque todos reaccionamos de forma diferente. Pero para una serie de personas puede resultar un revulsivo porque provoca la necesidad de pensar. La estabilidad genera rutina y la filosofía del voy haciendo, voy tirando te va arrastrando", comenta el sociólogo Xavier Riudor. "Cuando se interrumpe tu vida normal -un divorcio, entrar en el paro, un cambio de domicilio- se abre un periodo nuevo y puedes hacer cosas que antes no harías. Con las crisis rompes ese ritmo habitual y provoca que puedas cambiar de trayectoria", incide Enrique Gil Calvo, también sociólogo. Y Alfons Cornella, presidente-fundador de Infonomia -la red de innovadores más influyente del país- apunta: "Todas las grandes empresas salieron de alguien que creaba mientras pasaba noches sin dormir pensando en cómo pagaría las nóminas".

Pero ¿los españoles estamos aprovechando este momento de cambio y crisis para autoimponernos nuevos retos y objetivos? La mayoría de sociólogos consultados opina que no, al menos no se asumen retos que puedan significar un cambio vital y de hábitos, es decir, dar una vuelta de 180 grados a nuestro estilo de vida. Se están modificando, eso sí, pequeñas actitudes porque la gente está más concienciada sobre la realidad y acepta que hay que hacer sacrificios: menor consumo o medidas vinculadas a la sostenibilidad, como por ejemplo un incremento del uso del transporte público. "En épocas de crisis se dan más facilidades para introducir una serie de medidas que en otros momentos encontrarían mayor resistencia social", opina Riudor. Y apunta la retirada, justamente ahora, de las bolsas de plástico en algunos supermercados.

Algunas empresas han aprovechado esta situación para lanzar nuevos productos ligados a imponerse objetivos. La cadena de gimnasios Dir de Barcelona, al principio de la crisis en 2008, inició justamente un programa denominado El Reto en el que cada persona se impone sus propias metas en una escala de tres graduaciones. El éxito ha sido apabullante. "No se trata de subir al Aconcagua o de tener un cuerpo 10, sino de sentirse mejor, de liberar endorfinas", comenta Carmen Barceló, jefa de comunicación. Y añade que el gimnasio es de las últimas actividades que se abandonan en situaciones de apuro económico.

En el hospital de Bellvitge de Barcelona, en la unidad de deshabituación del tabaco, el doctor Sergio Morchón siempre intenta que el paciente asuma otros cambios en su estilo de vida más allá del propio abandono del cigarrillo, por ejemplo practicar ejercicio físico y llevar una dieta equilibrada. Es decir, que todos los cambios siempre vayan acompasados. Sin embargo, en esta unidad no han notado un incremento de pacientes por la crisis.

Pero éstas son sólo tímidas transformaciones que en nada ejemplifican el comportamiento general de los españoles ante la crisis económica, pues la mayoría optará a que escampe el temporal. Gil Calvo entiende que "en una cultura tan fatalista como la nuestra optamos por comportarnos como un caracol, tendemos a replegarnos. Creo que esta es la cultura dominante". Y según el sociólogo Javier Elzo, de la Universidad de Deusto, "en España cargamos toda la responsabilidad al Estado, porque creemos que son los malos. Es una actitud acomodaticia, quejica, poco responsable que me da mucho miedo".

Una encuesta realizada por Adecco, una empresa de trabajo temporal, entre 1.000 individuos en situación de desempleo [véase cuadro adjunto] aporta algunos datos a esta teoría. El 54% de los encuestados no está realizando ningún curso de formación para aumentar sus posibilidades de encontrar un trabajo. En cambio, el 16% estudia para presentarse a unas oposiciones de la Administración y el 46,5% se lo está planteando. Igualmente, según otro sondeo de la Universidad de Cádiz, casi el 53% de los estudiantes contempla su futuro profesional en el funcionariado, mientras sólo el 20% se ha planteado ser autónomo, es decir, espabilarse por su cuenta. No obstante, 132.000 adultos -22.500 más que hace cuatro años- se han matriculado este año en España para obtener el graduado escolar.

"¿Los jóvenes optan por el funcionariado porque realmente están motivados o porque existe una motivación extrínseca?" se pregunta Alfons Cornella, de Infonomia. Y se responde: "Los jóvenes están sumergidos en un pesimismo extrínseco, no porque quieran, sino porque el mismo entorno les empuja. Aquí el extrínseco se nos come, es como un negativismo total".

Cornella, cuyo lema es Cada día, una nueva idea, sostiene que existen dos tipos de motivaciones para que la gente se mueva, opte por el cambio y salga de su apalancamiento: las extrínsecas y las intrínsecas. Las primeras representan los estímulos del entorno social, que en estos momentos son claramente negativos por la crisis económica, mientras que los segundos corresponden a los retos personales.

Y es aquí donde las diferencias entre el mundo anglosajón y el latino están más acentuadas. En España, comenta, "el estado mental social nos determina más que el estado mental personal" porque las motivaciones extrínsecas son la familia, los amigos, la fiesta y la diversión. En cambio, en Estados Unidos por ejemplo, el emprendedor tiene la consideración de héroe y se dice a sí mismo: "Tú puedes conseguir riqueza mediante el esfuerzo con independencia de lo que piense el entorno". En 2008, los únicos países europeos que incrementaron el número de trabajadores autónomos fueron los bálticos, Finlandia (10,6%), Noruega (3,5%) y Dinamarca (2,9%); y los centroeuropeos, Croacia (10,9%) y Eslovaquia (10,2%). Mientras, España ha perdido el 2,8% frente a Suecia, que lo hizo el 0,1%.

Dos elementos influyen en esta especie de adormecimiento y de escaso riesgo del latino: el miedo al fracaso y al qué dirán. En la cultura anglosajona el fracaso se valora como un paso previo hacia el éxito porque las empresas fallidas aportan experiencia y capacidad para no cometer los mismos errores. Como señala Cornella: "Del miedo al fracaso se pasa al miedo al riesgo. Y sin riesgo no hay innovación, no hay futuro". Y el qué dirán corresponde a esa influencia del entorno extrínseco de la familia y los amigos tan negativo. "Aquí el go west no funciona", agrega.

Otro ejemplo, mientras en Estados Unidos los estudiantes eligen las mejores universidades con independencia de la ciudad en que se hallen, en España se elige casi siempre la universidad de la esquina. Bien cerca del nido familiar. Otro tanto sucede con la escasa movilidad geográfica a la hora de buscar un empleo.

Sin embargo, el sociólogo Xavier Riudor se muestra un tanto optimista con las nuevas generaciones. "Aquí el fracaso es una especie de estigma, y lo alargamos de forma innecesaria. Pero creo que entre los jóvenes está percepción está cambiando, aunque muy poco a poco. Los jóvenes están acostumbrados al fracaso, a perder. Fijaos en los videojuegos: fracasan continuamente y no pueden pasar a la siguiente pantalla si no superan la anterior. Y no se rinden, porque la experiencia que acumulas te sirve para ganar e ir saltando de pantalla".

¿Qué hacer, por tanto, si uno decide emprender el vuelo por su cuenta? Lo primero, ser consciente de que la experiencia que vamos a iniciar será arriesgada, que nuestra nueva vida será una aventura y que, a partir de entonces, no podremos contar con el cálido apoyo de la organización. "Fuera hace mucho frío. Todo el mundo sabe viajar en transatlántico, pero remando a uno le salen callos en las manos", agrega Cornella. Por su experiencia, las empresas del futuro en Occidente serán unipersonales y, en definitiva, hay un inmenso campo por explorar y en el que arriesgar.

Otro obstáculo será la búsqueda de financiación y, en estos momentos, las entidades no están por la labor. "El problema principal que existe en España es la falta de apoyo financiero. Estamos muy verdes en esto. Nos falta pulmón financiero que apueste por estos nuevos productos, por estas iniciativas personales, por nuevos negocios. La gente con ganas existe pero el entorno no favorece", precisa Xavier Riudor.

Entre los expertos, por tanto, se impone el pesimismo pues entienden que en una situación de crisis lo primero es aprovechar para sobrevivir y que, de ninguna manera, se producirá el verdadero cambio que necesita nuestra sociedad. "En España la crisis externa y la crisis interna han emergido simultáneamente. Esta crisis hubiese llegado de todas formas por culpa del hiperconsumismo y de la hiperproducción", explica Cornella. Y Javier Elzo agrega: "Aquí todo el mundo piensa en hacer lo mismo que hacía antes. Hasta que no cambien el chip no habrá cambiado nada". Para este sociólogo se debe diferenciar entre nivel de vida y calidad de vida y reducir el nivel de consumo. "¿Cuántas cosas que compramos nos producen total satisfacción?", se pregunta. Y contesta: "No veo a la sociedad preparada para tener que cambiar el chip, que es el de una cierta austeridad y plantearse otra escala de valores".

En EE UU ya lo hicieron. Es el movimiento denominado downshifting -el arte de trabajar menos para vivir más y entender el dinero como un medio y no como un fin-. La misma filosofía mueve a los neorrurales, un movimiento de urbanitas estresados de regreso al campo y a la austeridad. En definitiva, recuperar la sensación de libertad.