Washington, EU.- El asombro estaba en sus rostros. Centenares de simpatizantes esperaron la llegada de Barack Obama esa tarde en Carolina del Sur, hace 15 semanas, para celebrar su victoria. Una victoria sorprendente, sorprendentemente grande.
Fue asombroso. Permite que él esté hoy al borde de convertirse en la primera persona negra en ganar la candidatura presidencial de uno de los dos partidos más importantes de Estados Unidos.

Uno podría suponer qué pensaban los negros y blancos entre la multitud: ¿No es increíble que nuestro estado Carolina del Sur, el primero en separarse del país y el primero en abrir fuego en la Guerra Civil esté catapultando ahora a un hombre negro al frente de la carrera presidencial en un año que se ve bien para los demócratas?

``La raza no importa'', empezaron a corear algunos. ``¡La raza no importa!''.

El consigna dio paso a otra más conocida, la de ``Sí se puede'', y todos en la sala de conferencias ciertamente se dieron cuenta que la raza, sin embargo, todavía presente todavía en muchas formas.

Pero en un momento tan increíble en el que muchos parecían pedir ``pellízqueme porque no creo que esté despierto'', también parecía evidente que se había derrumbado una barrera con una rapidez y certeza que nadie previó.

Más pasmoso aún era el hecho de que el hombre que aventaja a la universalmente conocida ex primera dama, la senadora Hillary Rodham Clinton, había sido un legislador estatal apenas cuatro años antes, un abogado sin fama, riqueza ni conexiones familiares.

Ahora, todo Estados Unidos están digiriendo un momento que parecía estar a varias décadas de distancia, si acaso posible en absoluto. Tanto los estrategas como las bases de votantes siguen tratando de saber cómo fue posible que Obama haya subido tan rápido hasta ahora, y abundan las hipótesis. Los historiadores lo descubrirán algún día, pero de inmediato viene a la mente un Obama que muestra una mezcla de oratoria, biografía, optimismo y confianza.

Y no se trata sólo de él, claro está. Si Estados Unidos puede pensar en serio en la idea de poner a un hombre negro en la Casa Blanca, ciertamente también debe volver a pensar profundamente sobre la relevancia de raza, el poder de los prejuicios y la lógica de la llamada ``acción afirmativa'', una política o programa que busca compensar injusticias pasadas por discriminación contra las mujeres y los grupos minoritarios mediante medidas que aseguren igualdad de oportunidades, como en la educación y el empleo. Todas esas fuerzas sociales han evolucionado lentamente desde la época de las leyes de segregación racial, seguidas luego por la desegregación y la inmigración masiva.

Quizás la pregunta más difícil es ésta:

¿Obama es, con su sonrisa incandescente y oratoria sedosa, un fenómeno extraordinario que abrirá de golpe las puertas sólo para verlas cerrarse rápidamente hacia aquellos negros menos extraordinarios?

¿O él es el beneficiario afortunado y bien cronometrado de una dinámica racial que ha cambiado más rápidamente de lo que la mayoría de las personas se da cuenta, una tendencia que probablemente hará que veamos pronto más gobernadores, senadores, alcaldes y funcionarios negros?

Lascampañas presidenciales han destruido a muchas políticas inteligentes y capaces. Pero hay amplia evidencia de que Obama es algo especial, un hombre que hace que las tareas difíciles luzcan fáciles, quien parece tocar a millones de personas de diversos orígenes con un mensaje de esperanza que de algún modo no suena infantilmente optimista.