Redacción-Vanguardia
El niño se levanta del pupitre y el profesor le dice que se siente. Poco después lo encuentra otra vez de pie y hablando con otro compañerito. El maestro de hoy ha vivido esta escena cientos de veces. Antes, el niño travieso se mandaba a la Dirección. En la actualidad a ese tipo de niño se le hace una pregunta: "Pablo, ¿te tomaste tu Ritalín?" (el fármaco para niños con problemas de atención).
Son niños hiperactivos. Y mientras unos especialistas recomiendan que se les trate con medicamentos, otros aseguran que la solución al problema está en la crianza -en el hogar, pues. "El trastorno de hiperactividad" (TDH), solo o combinado con "déficit de atención", está cada vez más presente en la consulta médica. "Pero se ha banalizado", afirma Alberto Fernández-Jaén, neuropediatra de una clínica de la Ciudad de México.

Lo paradójico es que el síndrome convive con un infradiagnóstico brutal, ya que sólo el 10 por ciento de los niños que lo padecen son diagnosticados. Y el diagnóstico tiende a hacerse tarde, al final de la primaria o en la explosión de la adolescencia, cuando el fracaso escolar ha hecho su aparición y la autoestima se tambalea.

Ruta de la disfunción
Los adultos también padecen el TDH, pero no lo manifiestan de una manera tan evidente como los infantes (afecta a cerca del 6 por ciento de la población infantil).

Hace unas décadas, los casos leves merecían la etiqueta de "traviesos", "buscapleitos" o "torpes". Hoy se han convertido en un problema recurrente en las consultas al psiquiatra.

Pero no todo niño inquieto sufre hiperactividad. Y muchos de los niños diagnosticados con el problema no reciben medicación, porque sus padres se resisten a darles el Ritalín. O bien, se lo dan los días de escuela, pero lo eliminan en los fines de semanas y durante las vacaciones. Según el neurólogo Fernández-Jaén, si el Ritalín ayuda al pequeño a estar mejor en su entorno escolar y social, debería tomar el medicamento. "Los niños no tienen por qué superar sus problemas solos. Además, el tratamiento farmacológico no tiene por qué ser eterno; "tras dos o tres años, el 80 por ciento de los infantes, deja de necesitar el fármaco".

El Ritalin o metilfenidato, no es un fármaco para "amansar" a los niños, sino para ayudarles a centrar su atención y a controlar su impulsividad.

El metilfenidato es un derivado anfetamínico que incrementa la disponibilidad de dopamina, un neurotransmisor relacionado con la concentración y el aprendizaje.

Los expertos han observado que las bebidas de cola y el café, no potencian en los niños hiperactivos la excitabilidad, sino la concentración. O sea que, sin excesos, la cafeína podría ser considerada como una ayuda ocasional para el problema.

Otras opciones
Pero la medicación, por sí sola, no basta, "Debe completarse con un tratamiento psicológico basado en técnicas conductuales, que incluya pautas a padres y maestros para facilitar el autocontrol que necesitan estos niños", asegura el doctor Fernández-Jaén.

Los padres deben convertirse en expertos en el tema y aprender estrategias para reducir la impulsividad de sus hijos y ayudarles a aumentar la concentración.

Pero hay padres que se atormentan y dudan de si sus hijos serán en verdad hiperactivos. Por eso temen darles el Ritalín, y además temen que el fármaco genere adicción y haga que sus hijos se acostumbren a los químicos desde edades tan tempranas.

El doctor Fernández-Jaén admite que hay que analizar si la sintomatología del infante requiere o no medicación.

"Debemos tener cuidado y no empezar a medicar a los niños, como se hace con los adultos... Pero al igual que nuestro cuerpo nos dice a veces que algo va mal y que hay que cambiar algunas cosas, con los niños ocurre lo mismo: hay que preguntarse si el ambiente familiar incide en que se enfade y pierda el control.

"Y a menudo, hay que cambiar costumbres y ponerles normas, en vez de escudarse en una medicación para que el niño `no nos dé lata'.

"El otro problema es que muchos niños hiperactivos son candidatos a ser medicados por padres desesperados que buscan un momento de paz en casa, que desean dormir o acabar con los berrinches de sus hijos. para lo cual suelen acudir al médico o a la farmacia en busca de un tranquilizante". Mientras tanto, el fenómeno parece estar creciendo. "Hay un auge de este tipo de problema en las consultas", admite Fernández-Jaén, quien ha estado en contacto con decenas de niños con este síndrome.

"Pero estos pequeños pacientes deben ser atendidos por el psicólogo. Los neurólogos no somos especialistas en conductas, sino en disfunciones cerebrales, concluye el doctor Fernández-Jaén.