Redacción
Para usar las dos palabras que suelen iniciar las historias que se antojan interesantes, todo empezó en la ciudad italiana de Verona en 1842. En ese entonces el doctor Domenico Rigoni-Stern realizaba un estudio sobre las muertes por cáncer, y detectó una curiosa diferencia entre las monjas y las mujeres casadas de la localidad: mientras en las religiosas el cáncer de útero estaba prácticamente ausente, en las veronesas desposadas, el mal aparecía con bastante frecuencia.
Siglo y medio más tarde, y después de una larga historia de insólitas creencias, se ha logrado desarrollar la vacuna que previene esta enfermedad.

No estaba lejos de la verdad el doctor Rigoni cuando se atrevió a aventurar la posibilidad de que el cáncer del útero tuviese algo que ver con las relaciones sexuales, comunes en las mujeres casadas y ausente en las novicias.

Sin embargo, la teoría de Rigoni tuvo aún que esperar varias décadas hasta que la comunidad científica pudo determinar con certeza que, detrás de ese cáncer ginecológico, había un virus de transmisión sexual: el papilomavirus humano o virus del papiloma humano, que se manifiesta con verrugas en los genitales.

En ese entonces, el mal era atribuido a causas tan dispares como la falta de higiene en los genitales e incluso a un castigo divino contra la promiscuidad sexual.
Cuernos misteriosos

En 1930, otro hecho curioso llamó la atención del doctor Richard Shope, de la Universidad de Rockefeller (EU). Mientras estaba de cacería, fue testigo de una rareza que atrajo poderosamente su interés: la presencia de pequeños cuernos en algunas liebres.

Oviamente, las liebres no tienen cuernos, pero algunas desarrollan protuberancias que les dan esa apariencia.
Intrigado con ello, Shope se interesó en cazar algunas de estas liebres para estudiarlas más de cerca en su laboratorio. Allí encontró que las protuberancias (en realidad verrugas de gran tamaño) estaban plagadas de virus.

Fue así como Shope encontró que los "cuernos" que "adornaban" la cabeza de algunas liebres eran en realidad crecimientos anormales causados por un virus. A fin de comprobarlo, Shope utilizó un filtrado de las verrugas para infectar a varias liebras sanas, que no tenían los cuernos. Y esas liebres también desarrollaron las protuberancias en su cabeza tras el contagio.

Esta experiencia llevó a Shope a sugerir que las verrugas del papiloma humano podían obedecer a un virus. La pregunta era ¿de dónde venía el bicho?

A principios de 1950, los epidemiólogos recordaron el estudio de las monjas de Verona y observaron que el virus del papiloma parecía estar asocidado a la promiscuidad sexual (varios compañeros sexuales).

Verrugas de la vaca

En 1970 el doctor Harald zur Hausen inspirado en los estudios realizados con las liebres, logró aislar dos cepas del virus del papiloma humano, que resultaron implicadas en el 70 por ciento de los cánceres del cuello del útero.

Con este conocimiento, el próximo paso sería la creación de una vacuna, pero pronto surgió un nuevo obstáculo: las verrugas genitales contenían muy poca cantidad de virus, insuficiente para los largos procesos de laboratorio que deberían llevar al desarrollo de una vacuna eficaz.

Para resolver este reto, un trío de investigadores de la Universidad de Rochester (EU) tomó muestras de verrugas bovinas que, gracias a su tamaño similar a una naranja, les permitió obtener suficientecantidad de virus para los estudios de laboratorio.

Finalmente, los investigadores se dedicaron a buscar trocitos de prepucios de-sechados de operaciones de circunsición en adultos, que tuvieran verrugas genitales infectadas con el virus del papiloma.
Esos trocitos de prepucios infectados fueron trasplantados en ratones de laboratorio que desarrollaron verrugas con suficiente cantidad de papilomavirus de origen humano como para permitir el desarrollo de una vacuna.

El último paso

Hoy ha quedado en claro que el cáncer del útero es causado por el virus del papiloma humano, y que se trata de un virus de transmisión sexual.

Finalmente, la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos aprobó, en junio de 2006, la primera vacuna para prevenir las verrugas genitales y el cáncer de útero. La vacuna -elaborada por
Laboratorios Merck, y de nombre comercial Gardasil- es indicada para niñas y mujeres (de 9 años en adelante), y protege contra los virus del papiloma responsables del 70 por ciento de los casos de cáncer de útero. (Redacción de Vanguardia).