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Pederastia eclesial: tiro mi piedra

Opinión
/ 2 octubre 2015

    Jesús Rodríguez Zepeda

    - No es que no fuera previsible; pero no deja de ser sorprendente. En las últimas semanas hemos atestiguado una respuesta institucional de la Iglesia Católica que quiere pasar de acusada a acusadora, convertirse en víctima cuando todo apunta a que en ella es donde se esconden los victimarios. El escándalo mundial sobre la pederastia continuada y sistemática cometida por religiosos católicos ha puesto a prueba la capacidad de autocrítica y de reforma interna de esta institución milenaria; y ahora no cabe duda de que esta capacidad es muy limitada.

    Era lógico suponer que en una institución con un apabullante sistema jerárquico como el que caracteriza al Estado absolutista vaticano la red de encubrimiento de los delitos sexuales contra menores se hubiera extendido hasta sus más altas autoridades. En tales sistemas verticales lo que hacen los de abajo sólo puede darse con la anuencia, el encubrimiento o, en el mejor de los casos, la indiferencia de los de arriba.

    Ello explica, en efecto, que la tendencia reciente del papa Benedicto XVI a condenar estas prácticas se haya visto de pronto detenida, pues la marea de evidencias y nuevas revelaciones sobre los abusos sexuales ha puesto en duda al propio líder de los católicos. Al menos formalmente (y esta formalidad es esencial en un sistema que no admite ninguna transgresión del principio de autoridad) el actual Papa, cuando fungía como titular de la vaticana Comisión para la Defensa de la Fe, validó la omisión de castigo, así hubiera sido éste sólo moral y no penal, contra un clérigo norteamericano que tenía un largo historial de abusos sexuales contra menores sordos. Lo perdonaron porque, dice la versión de la Iglesia Católica, pronto iba a morir y era mejor dejarlo en paz.

    Pero los datos de que el actual Papa pudo formar parte de esta red de encubrimiento ya ha tenido respuesta por parte de la jerarquía. El propio Benedicto marcó la ruta al señalar, respecto de estos actos criminales, que "el que esté libre de pecado que tire la primera piedra". Se trata del viejo argumento de que siendo todos pecadores, nadie tiene autoridad para juzgar a los demás. Pero, en serio, ¿para relativizar estos actos criminales es sensato sostener que los demás también somos pecadores y que al final todos somos iguales? En esta cuestión se impone ser muy claros: quienes hayan cometido delitos de pederastia deben ser juzgados y condenados, no lapidados por cierto, pero no se puede justificar el crimen, el abuso y el cinismo con la alusión a una incierta naturaleza humana marcada por el pecado o a una debilidad que nos caracteriza a todos. A este respecto, la jerarquía católica debería leer su propia teología y sus consideraciones sobre el pecado y el libre albedrío.

    Luego, supimos que el predicador de Roma, uno de los tantos personeros de esta institución, señaló que, según un secreto
    amigo judío que le habría escrito, las denuncias contra los abusos sexuales eran comparables al antisemitismo, pues, entre otras cosas, hacían de la responsabilidad individual una culpa colectiva (por cierto, habría que preguntar, no al predicador pues seguramente no se habría atrevido a inventar a un personaje literario, sino a su amigo judío, a qué culpas individuales de judíos se refería su argumento). Luego, ante el alud de críticas a esta barbaridad, tuvo que desdecirse. Durante la Semana Santa, la posición de la jerarquía fue más clara: ya no habló de la pederastia sino de una campaña contra la Iglesia y contra los sacerdotes. Los crímenes reprobables, en boca del incombustible y siempre "papable" cardenal Solano, equivalen ahora a "habladurías".

    Siempre me he preguntado si no es el diseño mismo de la Iglesia católica el que propicia los abusos sexuales a menores y el encubrimiento sistemático de los mismos. Ciertamente en todos los ámbitos sociales existen pederastas y los abusos sexuales a menores no se limitan a los que cometen los sacerdotes católicos; pero también es cierto que el modelo de autoridad y de magisterio de los católicos contribuye a poner a los niños en situación vulnerable frente a los depredadores sexuales.

    En todo caso, para responder, de manera igualmente simbólica al desafío del Papa, yo tiro mi piedra y, sumándome a muchas voces sensatas, insisto en el castigo penal para estos delitos infames, comenzando por los cometidos por sus ministros en México.

    Profesor del Departamento de Filosofía, UAM-Iztapalapa

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