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Tatik

Opinión
/ 2 octubre 2015

Tatic o J'tatik significa padre en tzotzil, lengua maya que se habla en los Altos de Chiapas. Los pueblos de esta etnia, alrededor de 350 mil habitantes, son los pobres entre los pobres de México y llamaban así a Don Samuel Ruiz, Obispo Emérito de San Cristóbal de las Casas, Chiapas. Nacido en Irapuato, Guanajuato, hijo de "mojados", Samuel Ruiz, "El Obispo de Los Pobres" llegó a Chiapas en 1959 a los 35 años de edad. Hablaba los dialectos indígenas tzeltal, tzotzil, tojolabal y chol; además del idioma inglés, francés, italiano, alemán y español; y los antiguos latín, griego y hebreo.
Al ver y sentir la pobreza del lugar, formó la Comisión para los Indígenas, que buscaba su desarrollo y liberación. Con ellos y junto a ellos caminó siempre a su lado. Oprimidos por siglos, los indígenas de Chiapas habían sido despojados de sus tierras y despreciados por el progreso. Su pastor luchó por mejorar la dignidad y condiciones de vida de estos hombres y mujeres cuyo único gran pecado es el ser pobres en un país que tiene al hombre más rico del mundo, pero que tiene también 54 millones de mexicanos viviendo en una pobreza y una desigualdad que laceran. El resto preferimos no ver esta tragedia e intentamos huir y cerramos los ojos, con un temor que nos dice que seguiremos siendo miserables por temor a la miseria, sin darnos cuenta que jamás podremos huir de la miseria porque está dentro de nosotros.
Heredero de Fray Bartolomé de las Casas, Samuel Ruiz fundó en 1989 el prestigiado Centro de Derechos Humanos que lleva el nombre del Obispo de los Indígenas de América. Don Samuel Ruiz sabía que la pobreza tenta todos los caminos, incluso el de la violencia. Por eso es que adelantándose a lo que venía, fundó este organismo que busca la integralidad e indivisibilidad de los derechos humanos, el respeto a la diversidad cultural y el derecho a la libre determinación, y que ve a la justicia, como requisito para la paz, la tolerancia y la reconciliación, con respeto a la pluralidad cultural y religiosa.
Él entendía que las consecuencias negativas que sobre pueblos indígenas tenía el sistema neoliberal dominante eran brutales. Acusaba que la globalización, se enseñorea con modelos económicos y políticos que desligados de la ética, agudizan la desigualdad económica y profundizan la injusticia; que las actuales estructuras dominantes han traído frustración, exclusión y muerte para la mayoría de los pueblos indígenas. ¿Cómo podrían competir los productos que siembra un campesino de los Altos de Chiapas, con los de los grandes corporativos globales, algunos de los cuales visualizan seguir siendo grandes señores y sueñan con reinstaurar su régimen de horca y cuchillo?
Por eso es que las consecuencias destructivas de estas desigualdades dieron pie al levantamiento armado en 1994. Los indígenas habían descubierto que existe un hambre que es tan grande como la del pan y es la de la injusticia y la incomprensión. El mundo se solidarizó con el movimiento y Samuel Ruiz surgió entonces como mediador para la solución del conflicto armado que buscaba una paz que diera justicia, pero también dignidad.
La iglesia católica, denostada por pecados de omisión y comisión de algunos de los seguidores de Pedro y que ha sido avergonzada por los escándalos de pederastia y el aberrante silencio de algunos de sus jerarcas; tiene en el ejemplo de Don Samuel Ruiz la oportunidad de abrir los ojos y descubrir que no todo está perdido y que queda mucho por hacer, porque la labor pastoral, evangelizadora y liberadora se necesita ahora mucho más que nunca.
Se fue el hombre que regaló a los pueblos originales de México un alma y un corazón grande. Su despedida fue conmovedora. Atiborrada, en la Catedral de San Cristóbal de las Casas se pudo ver a miles de indígenas vestidos de alegres colores que bajaron de la sierra chiapaneca para despedir a su padre. Don Samuel Ruiz, les dejó a su muerte la herencia más valiosa que pudieron recibir: la valentía para luchar contra los poderosos y la dignidad de jamás caminar encorvados ni bajar la cabeza ante ellos. Tristes, los indígenas le dieron como último regalo todo lo que tenían: una lágrima.

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