Reformas aquí y allá
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Parménides y Heráclito empezaron.
El primero decía que nada cambiaba, que todo cambio era aparente. Heráclito, en contraste, afirmaba que todo cambiaba. Que nadie se bañaba dos veces en el mismo río porque el agua corría sin cesar.
Aristóteles señaló la materia como algo que no cambiaba y la forma, que podía tener constantes mutaciones. El barro del alfarero es el mismo, pero puede darle múltiples formas sucesivas. Surgió así el hilemorfismo.
Una reforma no es una novedad total. Se cambia la forma en una materia que permanece. Ya en el proceso se observa que las formas se deforman cuando se transforman. Y puede también haber reformismos de parches y vendajes, de cambios cosméticos y superficiales.
Un ingenioso cartonista va representando las reformas sucesivas: la educativa, la de comunicaciones y adivina las próximas: la financiera, la fiscal, la energética. Las
representa en sus trazos como frankeistenes parchados y remendados que avanzan torpemente.
Una actitud de reforma constante es lo proporcionado a un universo y una historia que nunca se detienen. Ya la tecnología ofrece la actualización constante y hasta automática.
Pone al día y al instante sus productos. Esta agilidad reformadora huye de lo obsoleto con el estreno de tecnologías de punta siempre renovadas.
Las enmiendas a las leyes son el mantenimiento que las tiene útiles y funcionales en los sucesivos cambios de situación. Si no hay una observación sin interrupciones se dan los rezagos y los anacronismos. Se notan las lagunas de lo no previsto y la insuficiencia de lo legislado en coyunturas inéditas.
Puede haber reformas ineptas. Entonces resulta peor el remedio que la enfermedad. Si no hay suficiente claridad en su reglamentación surge la inobservancia. Casi siempre va acompañada de impunidad.
En un nuevo paradigma o cuando se estrena una perspectiva no antes aplicada se dan reformas muy notables. En estos momentos una comunidad eclesial, por ejemplo, vista con una mirada franciscana, tendrá necesariamente reformas sorprendentes.
Esperamos que tanto las reformas actuales del Estado, como las eclesiales, no queden nunca en reformismos claudicantes ni en fijismos sin actualización constante.
Cualquier reforma, si es oportuna, puntual, lúcida y completa es una puesta al día, es un "aggiornamento". Todo da la medida de la época, de los signos de los tiempos. No hay desproporción entre lo que debe realizarse y el instrumento que para ello se empleará.
No hay obsolescencia. Y hay ajuste dinámico con una mirada que se adelanta a la postmodernidad... Se cambia para afianzar lo que permanece... La adaptación refuerza lo esencial...