Cómo aumentar la productividad

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Opinión
/ 4 junio 2013

Esto porque la productividad es resultante de otras variables. Su definición económica lo dice: es el coeficiente de un producto dividido sobre los insumos utilizados en su generación

La productividad se ha puesto de moda entre los comentaristas, cuando en realidad siempre está presente en el corazón de la economía. Pero sería un error tomar la productividad como el punto de partida de una política pública.

Esto porque la productividad es resultante de otras variables. Su definición económica lo dice: es el coeficiente de un producto dividido sobre los insumos utilizados en su generación. Aun siendo simple su definición, su medición en la práctica es difícil, pues siempre requiere de supuestos o simplificaciones sobre los valores de los insumos y del producto. Y es aún más difícil interpretarla.

Para salir de lugares comunes que abundan en los comentarios a la propuesta oficial y vistas las dos variables de las que depende, es claro que para que haya más productividad el producto debe crecer. Si el producto no aumenta y el uso de insumos -incluyendo el empleo- sigue siendo el mismo, la productividad no aumentará. Y al contrario, disminuye si el uso de insumos aumenta sin que aumente el producto.

Haciendo a un lado las complicaciones de su medición, tan sólo por lógica es claro que si el productor usa una mejor tecnología lo más probable es que aumentará su producto. Si al mismo tiempo ahorra en el uso de insumos o los obtiene más baratos, entonces va a mejorar doblemente, cuando se mida en términos monetarios.

De aquí surgen varios caminos para elevar la productividad, si el gobierno quisiera aterrizar un concepto tan amplio en acciones concretas.

Una primera acción le concierne al propio gobierno, pues éste, como ente separado del resto de productores, es un usuario de insumos, un productor de servicios y, en el caso de varios organismos estatales, produce bienes, como la energía.

Un primer aumento de productividad puede ocurrir si hiciera un esfuerzo por reducir su abultado gasto público, lo que significaría que con menos recursos podría seguir produciendo los mismos bienes y servicios, para no hablar de que produzca más. Con la pura reducción de gasto saltaría la productividad de lo que hoy es el 25% de la economía que su gasto representa.

Lo urgente de esta acción para la productividad nacional se ilustra con el hecho de que el gasto público entre 2001 y 2012 (los dos sexenios del PAN) creció 88% en términos reales, cuando el PIB lo hizo en 27.6%. Así, el gasto público tiene un exceso de 47% en relación al tamaño de la economía, con respecto a lo que tenía en 2000. Esto seguramente ha contribuido a la pérdida de productividad tan comentada.

El gobierno puede hacer dos cosas más. Una sería enfocar su acción antimonopólica en la necesaria reducción de precios monopólicos, comenzando con los de la energía. Eso bajaría costos y mejoraría la relación producto/ uso de insumos medida en dinero.

La otra sería elevar su propia inversión y quitar trabas a la inversión y actividad privadas. En realidad el sector privado ha hecho bien su trabajo, pues las empresas que hoy siguen operando, aparte de las protegidas y los monopolios, son tan productivas que han sobrevivido frecuentes cataclismos macroeconómicos desde la década de los 80.

Esto no niega la necesidad de mayor inversión privada, pero ésta requiere resolver la falta de crédito a costos razonables para pequeñas y medianas empresas, que la reforma financiera propuesta no parece que corregirá.

En un descuido y encontramos que la mayor parte de la pérdida de productividad se relaciona con el gobierno, con su gasto y con su falta de acción efectiva sobre monopolios e inversión.


Por Rogelio Ramírez de la O
Comentarios: rograo@gmail.com

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