Dos servidores glorificados
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Se usa la silla gestatoria.
Sobre sus hombros la llevan quienes la cargan. El peso del nuevo pontífice, de gran robustez, es muy superior al del anterior que era espigado, con elegante delgadez. Juan, el vigésimo tercero, recientemente electo, advierte esa diferencia y ordena que se aumente desde ese día la remuneración a quienes empiezan un trabajo más esforzado.
El Papa Juan, Roncalli, patriarca de Venecia es impredecible. Está ungido de espontaneidad y va encadenando las sorpresas cada día. No puede dormir la primera noche. Los pasos de marcha del guardia suizo -bajo su ventana- lo desvelan. Desde el balcón le arroja unas liras y le dice: Ve y tómate un café porque ni tú ni yo podemos dormir.
No lo encuentran. El Papa ha salido del Vaticano. Está visitando a unos niños inválidos. Se ha llevado su estolón pontificio y una imponente mitra. Los niños están asombrados de ver cómo el nuevo Papa levanta la mano casi hasta el techo y luego la baja hasta el suelo. Les había dicho: Les voy a dar una grande, muy grande bendición. Ellos estaban encantados.
Le llevan a bendecir un helicóptero. Pone una condición. Ven los presentes que, después de la bendición ocupa el lugar del copiloto. Se realiza una ascensión que dura unos minutos y luego desciende. Es la primera vez que lo hago dice agradecido.
Le han dado un largo discurso escrito en un latín muy elegante. Lo empieza a leer frente a los cardenales. Después de dos párrafos, dobla el papel y dice sonriendo: seguiremos en italiano porque ni ustedes ni yo estamos entendiendo.
Y ahora el discurso desde el balcón, dirigido a los obreros en la noche. Después de unos párrafos, sale de entre nubes la luna llena y el Papa, elevando la vista, les dice a los obreros: Miren la luna, también se asoma a iluminar este encuentro y, ya sin papeles, dirige palabras inolvidables llenas de ternura que envían un beso y una bendición a los niños pequeños de las familias obreras .
Le dan una lista de todos los tratamientos que puede usar para nombrar a una primera dama. Los estudia cuidadosamente. Cuando llega la espora del Presidente norteamericano a la sala de recepción, el Papa Juan sonríe, abre los brazos diciendo solamente con estupor: ¡Jácquelin!
Creían que moriría pronto. Sería un Papa de transición. Pero en ese tiempo, en su vejez, se convirtió en el hombre más joven del mundo. Convocó al Concilio Vaticano II. Han pasado 50 años y la comunidad de fe sigue viviendo de sus líneas maestras doctrinales y disciplinares.
Es inolvidable la visita primera de Juan Pablo II a México. Se reunió con los intelectuales. Había gente agnóstica, atea, anticlerical, nihilista, escéptica. Venía el Papa de recibir la bienvenida de las multitudes. Se hizo un silencio. Amigos, dijo, verdaderamente los mexicanos están construidos desde el corazón Todos se pusieron de pie. Se escuchó un clamor, un aplauso unánime, una ovación que parecía interminable. Se los ganó a todos en un instante.
Estos dos servidores de los siervos de Dios serán declarados, este domingo, admirables participantes de la gloria prometida por el Salvador