A veinte

Opinión
/ 24 septiembre 2021

En Chihuahua me hablaron hace tiempo de don Belem Sosa Maceyra. Don Belem perteneció a los famosos dorados de Villa. Ranchero de origen, fue de los primeros que se levantó en armas contra el gobierno de don Porfirio Díaz. Digo “contra el gobierno de don Porfirio Díaz” porque don Porfirio Díaz sí tenía gobierno.

Maderista de corazón, cuando el Apóstol cayó asesinado aquel ranchero sin letras, pero con ideas de justicia, se unió a las fuerzas de Villa, donde llegó a alcanzar el grado de capitán. El propio Centauro le entregó a don Belem el nombramiento de Recaudador de Rentas en Ciudad Camargo, como premio por sus servicios a la causa.

-Óigame no, mi general -opuso don Belem al ver el nombramiento-. Yo no fui a la bola para después andar cobrando las rentas de las casas. Además casi todos los de Camargo viven en casa propia, y no considero justo cobrarles renta por lo que es suyo.

Villa llamó a su secretario y le hizo saber los reparos de don Belem.

-Me parece que hay una pequeña confusión, señor general -explicó cautelosamente el licenciado-. Ser Recaudador de Rentas no consiste en cobrarles la renta a los inquilinos de las casas; consiste en cobrar los impuestos que deben pagar los contribuyentes.

-Ah, vaya -dijo entonces don Belem-. Así la cosa cambea. Y ¿cuánto voy ganando yo por la cobrada?

-Pos, la verdá, no sé -contestó Villa-. ¿Cuánto lleva de comisión don Belem, licenciado?

-Entiendo que a los recaudadores se les da el 20 por ciento de lo recaudado.

-Y eso ¿cuánto es? -preguntó con desconfianza Villa-. ¿No será muncho?

-No es tanto, mi general -lo tranquilizó el secretario-. De cada peso que cobra, el recaudador se queda con 20 centavos para él.

-A ver -pidió don Belem-. Barajéyemela más despacio.

-Cada peso tiene 5 veintes -le dijo el licenciado-. Al gobierno le pertenecen cuatro, y usted agarra uno.

-Pos me parece bien -aceptó el viejo capitán.

Al día siguiente don Belem hizo publicar un bando que se fijó en postes y paredes:

“A partir de ahoy, y pa que las cuentas sean claras y no haiga chismes de que me robo los dineros, únicamente se recebirán las contribuciones en puras monedas de veinte, y el que no pague así ya sabe”.

Recibía don Belem los impuestos de los contribuyentes en veintes, e iba formando sobre su escritorio montoncitos de cinco monedas cada uno- Al final del día quitaba de cada montoncito la moneda de arriba y se la echaba en el bolsillo.

-Es muy pendejo -decía la gente riéndose de los procedimientos de don Belem.

Sucedió que con ese sistema pronto escasearon las monedas de 20 centavos. Don Belem se negaba a recibir el pago en otra forma. Como había amenazas de penas severísimas para quien no pagara a tiempo sus impuestos, las monedas de 20 centavos que se necesitaban para hacer el pago empezaron a cotizarse en 25 y 30 centavos. Llegaron a valer hasta 50. El único que tenía monedas de 20 era don Belem, que las vendía a los contribuyentes, por interpósita persona, según su nuevo valor en el mercado. Los que antes se reían de don Belem decían ahora, mohínos:

-No era tan pendejo el viejo cabrón.