Adicciones, ¿un riesgo de seguridad pública?

Opinión
/ 23 septiembre 2021
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La percepción de que las adicciones son un fenómeno creciente en las zonas urbanas de Coahuila debe servir para que las autoridades refuercen las medidas de prevención

Sentirnos inseguros es, a no dudarlo, una de las peores sensaciones que podemos experimentar las personas al transitar por las calles de la comunidad que habitamos. Modificar esa percepción constituye uno de los principales retos que enfrentan las autoridades, particularmente las del orden municipal de gobierno.

En este sentido, el medir constantemente la percepción que la ciudadanía tiene respecto del fenómeno de la inseguridad es un ejercicio obligado pero, sobre todo, el que los resultados de estas mediciones sean tomados en cuenta por los gobiernos de todos los órdenes para ajustar sus líneas de acción en el rubro.

El comentario viene al caso a propósito del reporte que publicamos en esta edición relativo a la más reciente Encuesta Nacional de Victimización y Percepción sobre Seguridad Pública (Envipe), realizada por el INEGI, y según la cual las adicciones son percibidas por la sociedad coahuilense como un riesgo colectivo.

De acuerdo con la citada encuesta, las conductas antisociales que más preocupan a las personas son el consumo de alcohol y drogas en las calles de las zonas urbanas.

El dato es relevante porque, al menos en lo formal, tales conductas se encuentran prohibidas. Pese a ello, la ciudadanía percibe que su incidencia se ha incrementado respecto del año anterior.

Como se ha comentado en múltiples ocasiones, los resultados de esta encuesta, aun cuando reflejan solamente la percepción y no necesariamente la incidencia de conductas delictivas, no pueden simplemente ser vistas como un dato anecdótico, sino que deben constituirse en herramientas para que la autoridad realice ajustes a sus estrategias de prevención.

En particular debe tenerse en cuenta que las adicciones, cuando se convierten en una conducta “normal” para los individuos, pueden desembocar fácilmente en la comisión de actos ilícitos y por ello justamente es que deben ser monitoreadas de forma permanente.

Un alcohólico, o una persona famacodependiente es un individuo que sufre, de forma inevitable, un proceso de dilución de la conciencia y eso implica que los resortes morales, que de forma natural nos impiden incurrir en conductas indebidas, se atrofien.

Todos debemos encender las luces de alerta cuando, como demuestra ahora la más reciente Envipe, el consumo de alcohol y drogas es percibido como un fenómeno creciente. Y encender las alertas debe servir para reforzar las medidas de prevención.

El gobierno, en todos sus órdenes, tiene una responsabilidad concreta en este sentido, desde luego. Pero la tarea no es solamente del sector público sino de todos: las familias, las iglesias, los clubes de servicios, las organizaciones de la sociedad civil y el sistema educativo.

Que nadie se llame a sorpresa si, ante la falta de acción colectiva, más que percepciones terminamos reseñando realidades desagradables.