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Allá en Las coloradas

Opinión
/ 3 julio 2022
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A Hilda Bertha Fuentes Montemayor

Un terregal aquel. Tierra y más tierra que se levanta. Sol. A lo lejos una línea de polvo en el viento que se desprende de un escarabajo motorizado, de un vocho que avanza en el desierto. Va hacia Las Coloradas, un pueblo que está tan distante de Monclova, que ya pertenece al municipio de Ramos Arizpe. En esa cápsula que avanza con esfuerzo, va una profesora que recién egresó de la Normal Superior. Es la década de los setentas.

Había estado esperando el telegrama aquel que dijera que podía irse a practicar. Tardes de aguardar las señales del cartero y un momento en particular, cuando su padre señalara el horizonte lejano, casi como adivinando, diciendo que allá, en un punto donde se posa el dedo, iría.

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Eran conversaciones sostenidas con su padre, sentados él y ella en la banqueta de Monclova, mirando el horizonte. Y finalmente llegó el sobre. Y finalmente está yendo a un pueblo con casas de pisos de tierra, donde en una cama de fierro va a dormir, una cama que tiene tapas metálicas usadas para que no se hunda en la tierra.

Lleva con ella libros y una caja inmensa de medicamentos que su hermana Olga le diera. Va también un tocadiscos, a donde los vinilos tienen contenido de lecciones de inglés o canciones de Carole King.

Allá está dando clases Bertha a brotes jóvenes que la escuchan en aquel ardor. Y se corre la voz. La profesora trae medicinas. Así que llegan hombres a caballo de pueblos más lejanos a pedirle alguna cosa qué tomar porque no hay servicios médicos, porque algún hijo, alguna madre, está mal. Entonces Bertha sienta a los niños entre aquel ardor.

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Entrega lo que tiene.

Yo la imagino entre nopales y casas de adobe, como ella es incluso ahora, delgada pero con esa cabellera negra tan abundante, que le llega hasta las nalgas. La imagino sonriente como hasta hoy. Curtiendo sus conocimientos con la realidad. Feliz de estar allí a donde no llega casi nadie.

Y escucho sus narraciones, como aquella que me cuenta cuando un vehículo que la llevaba a internarse al desierto, se descompuso y tuvo qué dormir allá, entre el frío, esperando que pasara alguien, mientras ella y sus acompañantes miraban unas inexplicables bolas como de fuego, que andaban yendo de un cerro a otro. Cosas inexplicables dice, a las que les llamaban brujas. Será por los metales adentro de las montañas que en la noche brotan como vapores, como humores del mundo, como avisos. Será. Quién sabe. Pero eso vio. Eso vieron.

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Ella era conocida como la maestra que además de dar clases, tenía medicinas. Así las cosas, cierto día una madre mandó a un niño a buscarla. Allá va Hilda Bertha a su casa. Una niña pequeña estaba ardiendo en un fiebre tan grande como el corazón de la tarde. Que la ayudara. Que le quitara la fiebre, pidió la madre.

Y Bertha que se va de vuelta buscar en la caja de medicamentos, a sabiendas de que ya no le quedaba nada, nada salvo una bolsa de bicarbonato de sodio. Y cómo decir que no iba a ayudar. Y cómo decir que no tenía algo que sirviera. Así que mezcló el bicarbonato con manteca de puerco e hizo una pomada que llevó. Allá estuvo dando masajes en todo el cuerpo de la criatura con ese ungüento, un masaje que ocultaba su preocupación de no tener más que eso. Y la ciudad tan lejos. Y la urgencia tan evidente. Sus manos en la cabecita, sus manos en esas otras tiernas manos, en el vientre infante. Y de pronto, con su alquimia y con la confianza seguro de la madre y de la niña que sabían que ella ayudaba, la fiebre cedió.

Las tantas historias de Hilda Bertha no se resumen en esto, pero abonan a su tanta vida que ha dado y sigue dando; como esos frutos que incluso décadas más tarde, siguen yendo a verla, a agradecerle sus conocimientos impartidos, su poner el cuerpo y el ánima en cada clase.

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La palabra fiebre proviene del latín febris, y se deriva del verbo fovere que significa calentar. Esta palabra define a nuestro desierto hoy. Así está, en fiebre. En fiebre alta.

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