Aseo de primates

Opinión
/ 14 septiembre 2021
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No tengo el dudoso gusto de conocer al señor Milton André Martínez Galindo. De hecho, nuestros únicos pocos intercambios se dieron a través de las redes sociales y fueron, además de hostiles, muy poco elegantes, aunque mentiría si no reconociera que se alcanzaron momentos de genuina comicidad.

La historia es breve y sencilla: yo me reí de una publicación suya (porque básicamente para eso utilizo las redes sociales) y Satanás (hablándome a través de un perro negro) me conminó a colgar el comentario respectivo en mi muro de Facebook. Y yo obedecí bien consciente de que eso es lo opuesto a lo que el manual de la buena convivencia cibernética recomienda.

En previsible respuesta, el señor Martínez dedicó a mi persona un especial de 30 o 40 minutos en el que detallaba los sórdidos detalles de mi vida ‘homosexuala’ y anticipaba mi ocaso periodístico porque “la gente ya no lee”; en contraste con su promisoria carrera como ‘influencer’ y líder de opinión; todo entre numerosas otras diatribas más bien magras de imaginación y originalidad. No obstante, tengo que confesar me resultaba entretenido. Era como si él solito se hubiera esforzado en hacerme un “Roast”.

Pocos amigos se enteraron de aquel asunto y es que no le iba yo a dar bola prestándole demasiada importancia, además de que su público tiene por fortuna muy poco que ver con los lectores habituales de esta columna.

Cuando se cansó o se aburrió quizás de esperar una reacción visceral de mi parte, se marchó a buscarse otros mejores adversarios que le ofrecieran la pelea que su espectáculo necesitaba.

Yo me prometí no volver a patear esos avisperos por divertidamente tentador que me lo parecieran y le juro que lo cumplí, con la excepción de aquella vez en que no lo cumplí y volví a patearlo (es que también se ponen a modo). El episodio se repitió con muchísimo menos entusiasmo y carcajadas.

Queda claro pues que amigos no somos ni lo hemos sido; colegas tampoco -¡ni de churro!- yo no soy un pandillero con micrófono, no me dedico a intimidar gente o a presumir mi cercanía con funcionarios y/o empresarios de la comunicación local. Repruebo un sinfín de sus habituales prácticas seudo periodísticas que constituyen una de las peores rémoras en el ejercicio profesional de la comunicación, aunque lo entiendo como uno de los males inherentes al derecho a la libre expresión.

Lo abomino como “comunicador”, mas no tengo interés ninguno en su persona, “carrera” o asuntos particulares, jamás hemos intercambiado un ‘buenos días’ y deseo preservar esta prístina condición por lo que de vida nos reste.

Si nos ocupamos de él es porque hoy el señor Martínez Galindo es objeto de un proceso manejado por las mismas autoridades que imparten justicia para todos nosotros y eso es lo que encuentro preocupante.

Dado que el interfecto se ha dedicado a cultivar y cosechar animadversión como si fuesen higos en temporada, es difícil que hoy la sociedad considere las peculiaridades de su caso. De hecho, tan pronto se supo de su detención, comenzó el escarnio. Pero vale la pena estar atentos:

Lo cierto es que para el señor Martínez Galindo la justicia parece estar obrando de un modo sospechoso y particularmente expedito, esto es, de forma rápida y libre de trabas, siendo que nuestro sistema se caracteriza por ser burocrático y pachorrudo hasta la náusea.

Tenemos en contraste el muy lamentable y sonado feminicidio en la planta Mabe de esta capital, en 2015. En dicho caso la víctima acudió al Centro de Empoderamiento de la Mujer y fue canalizada al Ministerio Público. Al parecer consiguió una orden de restricción, un pinche papel que desde luego no evitó que días después su acosador la ultimara a tiros saliendo de su centro de trabajo.

El señor Martínez Galindo probablemente sea culpable del delito de acoso que se le imputa (o tal vez no), no lo sé y no tendría manera de saberlo. Pero no dejo de pensar que el selectivo brazo de la Ley esta vez sí actuó con diligencia y encarceló de manera exprés al indiciado, a muy pocos días de presentados los cargos, sospechosamente luego de que se enemistara con gente influyente de la localidad.

Y esa es toda mi preocupación al respecto, el constatar que la ley, la justicia y las instituciones están al servicio de ciertas mafias con razón social, mismas que han consolidado su imperio a base del chayote, es decir, cobrando millones y millones de los miles de millones desfalcados al erario coahuilense, a cambio de la difusión de mentiras y la impúdica felación diaria al perpetuo régimen local y sus gobernantes en turno; por no mencionar la extorsión que sus gatilleros de la desinformación ejercen contra ciudadanos como persuasión para la venta de publicidad.

No hablamos sólo de una vulgar empresa de comunicación cromándole la pistola de las autoridades a cambio de las habituales croquetas que se arrojan desde el poder; sino de un corporativo asimilado por el mismo poder, y que es capaz de despachar justicia al antojo de sus directivos. Eso es lo realmente escalofriante, ya que el siguiente en resultarles incómodo podría ser usted o yo.

Sin embargo, el caso del señor Martínez Galindo (quien por lo demás, en caso de ser culpable, merece purgar el castigo correspondiente) parece dar constancia de que en efecto, las autoridades están aquí sólo para proteger a quien los protege, para cuidar a quien los cuida, para acicalar a quien los acicala, tal y como hacen al quitarse los parásitos, uno a otros, los changos y demás primates.

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