Dictadores y dictaduras

Cartones
/ 18 julio 2021

El término dictador define a una persona; dictadura a un proceso. Diferencia importante. Dictador se aplica al ser que utiliza su situación personal en un gobierno, aunque sea legítimo. Hace años comenté que la gran obra de Sófocles, “Edipo Rey”, fue titulada así a pesar de que el título griego es “Edipo Tirano”. Eso no cambia la grandeza de la obra. Lo traigo a cuento porque las palabras significan (es su importancia y su peligro; peligro porque pueden ser usadas de acuerdo a intereses políticos, religiosos, económicos y otros). Un ejemplo cercano: Humberto Moreira declaró que su hermano Rubén era un tirano. ¿Estaba equivocado?, sí, si nos atenemos a que Rubén fue electo por una abrumadora votación; no, si recordamos que ejerció con mano dura o durísima su etapa gubernamental. Rubén manifestó una admiración evidente por Fidel Castro y Hugo Chávez. Tuvo múltiples reuniones con Fidel e instaló en Coahuila dos estaciones de radio y televisión poderosísimas, dos cubanas y dos venezolanas. Podíamos escuchar a ambos dictadores cada día. Y esto no es necesariamente algo condenable, ¿no vemos Televisa y TV Azteca? Todos hablan de libertad. Rubén emparejó.

Edipo fue llamado tirano porque no llegó al poder por herencia; no era hijo de rey, sino que fue impuesto por voluntad popular. Las masas lo hicieron monarca porque los liberó de una temible criatura, en pago lo matrimoniaron con la reina Yocasta, que era viuda. Ahora bien, Edipo era, en verdad, hijo del rey Layo a quien mató sin saberlo. Layo era pederasta y asesino. Edipo era tirano y rey.

El tema es difícil no porque inexistan elementos sino por escurridizo. En estos momentos podemos observar a uno de los peores dictadores de América Latina quien está en el poder porque fue electo. Imagine usted un juego de fútbol en el que el centro delantero para que el portero enemigo no le impida anotar lo mata, asesina al defensa central y aporrea al árbitro, con lo cual asegura su triunfo. Ese futbolista se llama Daniel Ortega. Encarceló a todos sus posibles competidores en las elecciones próximas: él será el innegable ganador (meterá todos los goles). Dictadura, tiranía, despotismo y otras palabras definen algo tan perverso como ese proceso y ese personaje.

En tiempos de Carlos Salinas tuvo lugar aquella valiente y oportuna declaración pública de Mario Vargas Llosa: “México es la dictadura perfecta”, en referencia al dominio absolutista del Partido Revolucionario Institucional. Fue expulsado del País. Enrique Krauze celebró la frase añadiendo que no era dictadura sino dictablanda. Octavio Paz, quien recibía apoyos de Salinas, regañó públicamente a Krauze y no metió las manos por el escritor peruano. Paz confirmaba que el PRI era una invisible tiranía.

No puedo ni le saco la vuelta a una cuestión que está en el aire: ¿es López Obrador un dictador? Es evidente que no, puesto que fue electo por treinta millones de mexicanos: el proceso fue democrático. Sin embargo, nuestro señor Presidente hace lo posible por parecerlo. Voté por él y todavía no me arrepiento si hago memoria del sexenio Peña Nieto, quien saqueó al País como nadie lo hiciera. Me inquieta la militarización de México y más porque los militares no han resuelto nada: la violencia sigue igual. También veo que se toman decisiones de manera autárquica sin pedir opinión a sus cercanos colaboradores o a las instituciones. Tampoco apruebo todos sus proyectos. Pero hay algunas cosas que se están resolviendo que jamás fueron atendidas desde el PRI o el PAN.

El tema es demasiado amplio para dejar una idea diáfana. Preguntamos por Donald Trump y vemos un ejemplo de dominio despótico y abusos sin fin desde la democracia americana. Trump fue un dictador, no igual a Vladimir Putin o Nicolás Maduro o Jair Bolsonaro, pero de que lo fue lo fue.

Hay una cierta admiración por los tiranos. Francisco Franco fue recibido por el episcopado español en Sevilla cuando dio un golpe de estado: el cardenal Gomá y Tomás, al frente de los obispos, lo recibió con el saludo fascista. Hay foto. A Juan Domingo Perón lo acogió un millón de argentinos: treinta mil muertos los condenan.