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Casas de adobe fantasmas y nogales

Opinión
/ 24 octubre 2021
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Esas casas, con altos techos siguen, persisten en Nadadores, Coahuila y en numerosos poblados y ejidos de Coahuila

El dedo hurga en una grieta. El aroma es envolvente. Es tierra húmeda. Ha llovido.

Merodeamos con nuestras estaturas infantiles, los muros de las casas que se caen, en donde dicen, hay o había tesoros escondidos, en los que hicieron huecos para sacar ollas repletas de monedas de oro. Eso cuentan.

Esas casas, con altos techos siguen, persisten en Nadadores, Coahuila y en numerosos poblados y ejidos de Coahuila. Esas casas no han vuelto a ser restituidas ni habitadas.

Dicen que el progreso, esa idealisita y brillante que viaja en carreteras pavimentadas, va a dejar a este poblado como fantasma. Estos hogares sin embargo, son filigrana que bien pudiera rescatarse. ¿Cuándo pensamos que era mejor el cemento y su manera de cocer los cuerpos? Si se habla de huella de carbono ahora, estas edificaciones se hacen con materiales locales y sus anchos muros tienen ventajas térmicas de las que se ha hablado hasta la saciedad.

Aquí, en donde se alternan casas de adobe con casas de concreto, los fines de semana sobre todo, es cuando los pobladores de Nadadores se asoman y visten las plazas con sus productos: nueces, granadas, duraznos, empanadas de calabaza o de nuez, pasteles y sobre todo, conitos de leche. Llego a un punto álgido: con los conitos, se hacen las competencias con Sacramento: que si estos son mejores, que si los de Sacramento.

Los frutos y productos que se venden no son anécdotas de una columna, son sustancia que permite a la gente oriunda, seguir en ese poblado nombrado así porque las naciones seminómadas, los mal llamados indios, llegaban cuando los nogales daban sus frutos y se dedicaban a comerlos, a reproducirse y a nadar en el río. Sí, de allí el nombre: Nadadores.

Y es que de aquí es una especie nativa, el árbol pecanero Carya illinoensis, que los españoles confundieron con el nogal europeo o de Castilla. A las naciones originarias que andaban por aquí, también se les llamaba Guacadome o gente de las nueces.

Pues hay gente de las nueces todavía, de otra forma, digo. Pero hay. Me recuerdo dando vuelta a la olla que, con una pasta de leche, nueces y azúcar morena hervía, otros niños y yo ayudábamos a elaborar los dulces que se regalaban en Navidad. Esa herencia de Nadadores siguió su línea hasta hoy, y se pueden ver los fines de semana, espléndidos rollos de dulce de leche y nuez. De nuez, higo, dátil y ate colocados sobre mesas en las plazas, para ser llevados a casa. O lágrimas adulzadas de las granadas, ya listas para comer.

Nuez proviene del latín nux, nucis, que designaba a cualquier tipo de fruto cubierto por una cáscara. [Me pregunto si le podría decir nuez a un cacahuate]. Pero volviendo a los fines de semana con los frutos de la tierra, estas son memorias que permanecen como signos prodigiosos. Todavía veo esas manos levantar cuatro conos en una bolsa transparente y plástica, esperando que algún automovilista, solo con descender la velocidad, pueda tomarla.

En mi último viaje a Cuatro Ciénegas, [mi madre me había pedido que le llevara conitos de Nadadores], pasamos de regreso por Sacramento y se me ocurrió ponerla a prueba, así que compré una bolsa de conitos; luego, en Nadadores, compré otra bolsa junto con otras delicias.

Cuando llegué a su casa, coloqué las dos bolsas enfrente. Sin tardanza, sin abrir, sin probar, solo mirando, dijo: -Esos son de Sacramento, son de leche muy negra porque la traen en baldes desde el centro del país, ha de estar horrible. Probó los otros conitos y dijo, están buenos... pero están quemados; estos son de Nadadores. Como no iban a ser.

Saber distinguir entre lo que se hace aquí y lo que llega de lejos, es una habilidad no solo del paladar; es también, por supuesto, una experiencia de la mirada que no solo sobrevuela, sino que contempla y que recuerda.

Es un lujo observar la arquitectura de adobe, que no es otra cosa que la tierra, es un lujo probar los frutos de esa misma, entrañable tierra. Veamos hasta cuando nos proponemos no dejar esto en el olvido. Tal vez algunos alumnos de la carrera de arquitectura pudieran ayudar con procesos comunitarios, a restituir, a conservar, a regresarnos la mirada del valor que tiene todo esto. Tal vez, solo tal vez.

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