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Cortázar

Opinión
/ 24 agosto 2021

Busqué, indagué y escudriñé, y después, volví a hacerlo, pero jamás la encontré. Pregunté a los muy pocos visitantes que encontré esa tarde parisina y todos dieron vagas señales de donde se encontraba. Ni siquiera el plano oficial pudo sacarme de mi mundialmente famosa falta de orientación y al final, una inesperada y pertinaz lluvia interrumpió la misión impidiéndonos cumplir uno de los propósitos del viaje: Visitar la tumba del “Cronopio Mayor”. La tristeza nos embargó por la admiración familiar que tenemos hacia Julio Cortázar, quién eligió a su amado París para vivir y morir, aunque para nosotros vive en la eternidad.

Ahí, en el cementerio de Montparnasse descubrí la tumba de Porfirio Díaz que 106 años después de su muerte, aún se le impide regresar a México. Como si dejarlo allá, perpetuara la Revolución Mexicana, alejando así toda posibilidad de reconciliación nacional.

Muy cerca de la tumba del héroe de la batalla de Puebla, está la de Charles Baudeliere, uno de los grandes poetas franceses y de quien se recuerda una visita que hizo al Louvre acompañado de una famosa prostituta de París, que escandalizada por los cuadros y las estatuas de mujeres desnudas, reclamaba en forma airada tachando al museo de indecente.

También ahí, se encuentra la cripta que sigue esperando los restos del gran Carlos Fuentes. Los restos mortales de Samuel Beckett y del enorme Jean-Paul Sartre, ganadores ambos del Nobel de literatura descansan también en Montparnasse.

La misión se pudo cumplir en el siguiente invierno. Una tarde fría y seca del invierno parisino que por el contrario de otras temporadas del año, estaba desierto de las hordas de turistas, en una París más relajada, la misma ciudad que eligió Cortázar para autoexiliarse.

Julio Cortázar nació en 1914 en el corazón de Europa. Su padre, diplomático de carrera vivía en Bruselas, ocupada entonces por los alemanes. Fue en 1918 tras la Primera Guerra Mundial que su familia regresa a la Argentina donde inicia su educación que lo lleva a graduarse como maestro normalista.

Cortázar empezó a escribir bajo el seudónimo de Julio Denis publicando “Presencia”, un libro de sonetos donde mostró la influencia que poetas como Stephane Mallarme habían ejercido sobre él. De 1944 a 1945, da clases de francés en la Universidad de Cuyo en la provincia de Mendoza, de donde fue despedido tras participar en el movimiento político que se oponía a la dictadura peronista. Después de este incidente, se traslada a Buenos Aires donde prosiguió con su trabajo literario.

Ahí, en la capital argentina publica “Casa Tomada”, colaboración realizada para la revista “Los Anales de Buenos Aires”, que editaba otro genio: Jorge Luis Borges.

En unos días más se celebrá un aniversario del nacimiento del autor de “Rayuela”, novela que ha impactado a distintas generaciones, y que a 35 años de su fallecimiento, ocurrido en París el 12 de febrero de 1984, sigue despertando un enorme fervor. Su bien conocido “Cronopio”, es lo que Cortázar llamaba como personas buenas, honestas, interesadas en la literatura. Otros como seres antisociales, alejados de la fama y el dinero, un tanto idealistas e ingenuos. Hasta ahora, la mejor descripción se puede encontrar en su libro “Historias de cronopios y de famas”, se referió a ellos de la siguiente forma: “Un cronopio es una flor, dos son un jardín”.

“Rayuela”, publicada hace más de 50 años por Editorial Sudamericana, sigue colocada como una de las grandes obras de la literatura latinoamericana, emblema del “boom” que autores como Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa y el propio Julio Cortázar lograron.

Creo, que desde el punto de vista de nuestra literatura, Rayuela es una confirmación. Podríamos decir que es nuestro Ulises, una especie de triangulación interior, que mide una magnitud personal. Desde su solsticio, ha encontrado nuestro ecuador. Un libro como Rayuela, por un lado, aporta al lector mucho para lo que ya estaba preparado. “Generalmente, los libros que una generación reconoce como propios”, dice Cortázar, “son aquellos que no han sido escritos por el autor solamente sino, en cierto sentido, por toda la generación”. Rayuela es uno de esos libros.

@marcosduranf

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