Desesperación, miedo, el terror...

Opinión
/ 27 septiembre 2021
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Usted lo sabe, cuando quiero clarificar mis torpes ideas en materia política o social, leo literatura. Alta y buena literatura. De preferencia, poesía. Leo a los grandes poetas los cuales nos han dotado de palabras y vida a la humanidad toda. Leer poesía nos permite ser humanos, vivir. Ser mejores humanos. No me explico la vida o bien, mi vida misma no la explico ni la entendería sin un libro de poesía a un lado.

Esta maldita pandemia nos está arrebatando lo mejor de nuestra vida. En mi caso, como soy un hombre viejo, pues no me arrebata nada. No me arrebata mayor cosa ya. Voy de salida. Y como lo he repetido innumerables veces en este espacio: este mundo ya no es mi mundo. Dígame primitivo, cavernícola, pendejo o lo que usted quiera, pero, soy un hombre que forma parte de eso llamado “cultura de la resistencia”. Y así me siento a gusto y a mis anchas. Así quiero morir.

La pandemia no se lleva nada de mí, pero, los estragos y muertes por esta peste bíblica son apocalípticos. México ronda ya las 300 mil muertes por la mordedura del bacilo (cifra oficial y matizada, deben ser al menos el triple de muertos según alertan los organismos serios internacionales) y encontramos justa la cifra del caos y el silencio, en los versos de Dante Alighieri en su “Infierno” (Canto III): “Tal multitud de gente, que nunca hubiera yo creído ser tan grande el número de los que la muerte arrebatar”. Los poetas siempre tendrán la verdad en su palabra. No son adivinos, sino profetas. No son adivinos, sólo lo saben y lo dejan por escrito.

Escribo estas líneas el día martes 24 de agosto. Las noticias bravas braman en la puerta. Aquí y en todo México. Incluso y claro, en todo el mundo. Todo es un caos, una tormenta perfecta. Habitamos ciudades con pájaros enloquecidos. Ya no son los parajes y plazas bucólicas de Ramón López Velarde, su peregrinaje a misa y el ver a damas de buena sociedad enlutadas y grises rumbo al altar a comulgar, no; nos reconocemos mejor en los versos del atormentado Charles Baudelaire y “Las flores del mal”: “Gran ciudad, de los sueños hormiguero espantoso...”.

Habitamos ciudades malditas y apestadas. No hay dónde esconderse y la maldad habita en cada rincón de estas ciudades y sus hormigueros de insectos humanos. Tanto en Monterrey como en Saltillo, el caos. Los vecinos regios arden de peste. Récord tras récord, todo se supera de un día a otro. Más de 2 mil infectados el día 23 de agosto. Esos días, mínimo siete días con más de medio centenar de muertos por el bacilo de ojos rasgados. Se pusieron en práctica restricciones y zonas acordonadas donde no dejaban trabajar a un modesto bar o restaurante con tres o cuatro mesas. Pero, los estadios de la liga infantil de futbol (Tigres y Rayados) pueden recibir en cada juego a 35 mil aficionados. ¿A qué se juega entonces con esta política donde el ciudadano es mero espectador? Las masas de palurdos e iletrados no cuentan. El gobierno los conoce, los manipula, los amamanta. Hoy ya todo está abierto.

ESQUINA-BAJAN

Saltillo hoy, tiene su propio caos. La gente me ha pedido nuevas líneas al respecto: la vacunación de los jóvenes en Ciudad Universitaria fue un caos. Los chavos reventaron aquello. Nunca pasó con los ancianos. Nunca pasó con los maestros, nunca pasó con la gente madura. Nunca pasó con el personal médico. Ha pasado sólo con los chavos. Si usted ve las escenas, hubo desesperación y angustia por obtener una vacuna la cual las ha programado aquí, el Gobierno federal de Andrés Manuel López Obrador, con la operatividad de Reyes Flores Hurtado, “El jefe Reyes”, encargado de la planeación y aplicación de dicha vacunación.

Se hizo un sainete en Ciudad Universitaria. Los chavos reventaron aquello, no hubo orden, concierto, reglas, decoro, honor; hubo caos, desesperación, angustia... miedo y terror en estos pobrecillos jóvenes de la “Generación de Cristal”, los cuales se rompen y quiebran al menor movimiento de olas bravas en su vida. Miedo y terror en su rostro. Cuando ellos y nadie más, en el inicio de esta pandemia, fueron los principales motores para que el bicho viviera y se expandiera a pasos de gigante en sus fiestas clandestinas, el no portar cubrebocas.

¿La culpa de este caos fue del “Jefe Reyes”? No. ¿Qué tienen los jóvenes de hoy en día? ¿Por qué nacen o nacieron tan quebradizos, tan frágiles, tan sin carácter, tan apocados, tan vidriosos? ¿Por qué ahora se les vio con miedo y terror en sus empequeñecidos rostros? Son los universitarios, los jóvenes, son la llamada “Generación de cristal”. Apocados, mustios, sin vida, codependientes, ansiosos, todo les afecta. Son mental y emocionalmente muy frágiles e hipersensibles (ellos le llaman “bullying”; en mi época le llamábamos “echar carro” o “echar carrilla” y siempre aguantamos). Estos jóvenes se “rompen” al menor contacto con un viso o vientecillo de adversidad en su ventana.

Son la “Generación de cristal”. Tan vidriosos y débiles, que en un estudio y encuesta realizada por la Universidad Autónoma Metropolitana, 30.2 por ciento de los alumnos de reciente ingreso en el nivel superior refiere un problema de salud mental. 15 por ciento de ellos registró una idea de suicidio plenamente. Hacía años no veía lo anterior y menos en los jóvenes; sí, ellos, los que deberían cambiar el mundo, los que deberían de enfrentarse contra todo y contra todos.

LETRAS MINÚSCULAS

Simplemente y sencillamente, los jóvenes no son el futuro de México...