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El amor es una cosa esp... eluznante (II)

Opinión
/ 18 enero 2022
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Le llaman “la comezón del séptimo año”. Es la que siente el varón casado al llegar al año 7 de su matrimonio. Desde luego el plazo no es fatal. La gana se puede presentar al fin del primer año, o del segundo. A algunos se les presenta al cumplirse un mes del desposorio, y casos he sabido de otros a quienes esa comezón les pegó en su viaje de luna de miel.

Consiste esa comezón en el deseo de probar otra fruta a más de la del huerto propio. Algunos hombres son capaces de resistir la tentación; otros, por el contrario, se rinden sin pelear. Piensan que las tentaciones son para caer en ellas.

¿Cuántos años tendría de casado este joven marido de mi historia? No lo sé. Pero le dio la comezón y se rascó. Quiero decir que cedió a ella. Se dio a ella. Conoció a una muchacha de muy buen ver y de mejor palpar, y entró con ella en amores indocumentados. (En Monterrey, me cuentan, hay un grupo que así se llama, “Los indocumentados”, formado por parejas irregulares que se juntan a socializar igual que las parejas de casados, pero a escondidas).

Cierto día la muchacha le pidió a su galán que la llevara a comer a un restorán de moda. Accedió él, desde luego, por lo que luego seguiría. ¡Imprudencia temeraria! El que no puede ser casto debe ser cauto. Si actuando con precaución las cosas acaban por descubrirse siempre, qué no sucederá si no hay cuidado. El apocalipsis.

He oído que en el Juicio Final cada uno de nosotros será llamado a cuentas -supongo que por orden alfabético-, y un ángel leerá con voz potente la relación de sus pecados. ¡Qué bochorno! Ya me imagino: “El día 23 de octubre de 1975 estuviste en el cuarto 110 del Motel Kamagua con Fulana”. Y ahí tu esposa, y el marido de Fulana, y tu mamá, y la de ella, y la tía Etelvina, y el señor director del colegio al que fuiste cuando niño, y todos... Eso es como para morirse otra vez. Ojalá haya semáforo, igual que en la aduana de Reynosa, y nos toque el verde.

Fueron, pues, los dos personajes de mi historia al restorán que dije. Ella sonreía, feliz de hallarse ahí. Él llevaba la cara que siempre ponen los que andan en plan húmedo. Su expresión es inconfundible: miran de sololayo -que es de soslayo, pero más soslayado- para ver si hay alguien conocido; caminan como sobre huevos, casi sin pisar el suelo; escogen una mesa del rincón y se sientan de cara a la pared. Con eso se delatan. Preferible es el cinismo: si actúas con naturalidad y desparpajo la gente piensa que estás en una cita de negocios. Como ahora hay mujeres ejecutivas, eso ayuda.

Al marido de mi cuento le tocó mala suerte: estaba en el restorán una hermana de su esposa. Lo vio la cuñada y le puso una cara como para pedir la cuenta antes de mirar la carta. El infiel, sin embargo, actuó con sangre fría, y fue a saludar a la cuñadita.

-¡Cabrón! -le dijo ella a modo de saludo-. ¿Cómo te atreves a hacerle esto a mi hermana?

Él no perdió la calma. Respondió:

-¿No sabes que tu hermana y yo nos vamos a divorciar?

La otra se consternó. Pensó en los niños, sus sobrinitos, que se quedarían sin padre.

-¿Cómo? -preguntó con afligido tono.

-Bueno -completó él-. De ti depende.

La cuñada entendió las cosas y no dijo nada. Guardó el secreto, con lo que hizo muy bien. Y aquí termina esta historia. Tiene, como se ve, final feliz. No todas lo tienen.

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