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El ciego y el vagabundo

Opinión
/ 21 enero 2022
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Salió de Ronda para ir a Salamanca. Ronda es solar nativo de toreros -”es de Ronda y se llama Cayetano”-; Salamanca es tierra de estudiantes, algunos de 20 años, de 80 otros. Ronda es Andalucía, huerta de almendros y naranjos; Salamanca es Castilla, huerto de espíritus color crepúsculo, como las piedras de que está hecha su Universidad.

Salió de Ronda a los 20 años. A esa edad se puede salir de cualquier parte: otras edades hay en que de ninguna ya puede salirse y a ninguna ya se puede entrar. Va a pie, igual que los romeros y los peregrinos. Lleva un atadillo de ropa, y lleva también su posesión mayor, una guitarra.

Este muchacho no es torero: es poeta. Los toreros son también poetas, ya lo sé, pero éste no es torero. Dos cosas sabe: latín y canto. El primero es saber sagrado, el otro es sabiduría profana. ¿Qué le gusta más? El canto. Es español este hombre, y por lo tanto tiende más a las cosas de tejas abajo que de arriba. En eso estriba el mérito de los santos españoles -Ignacio, Xavier, Teresa, Isidro-, que siendo tan de la tierra pudieron ir al Cielo.

A Salamanca llega. ¡Qué frío hace! El andaluz tiembla como un perro. Su pobre capa es sutil como tela de cebolla, y tirita junto con él, igual que si también sintiera el frío. Ya se lo había dicho un caminante:

-En Salamanca un trago de agua puede matar a un hombre.

Empieza la pobre vida del estudiante pobre. Hambre, hambre siempre, hambre todos los días, hambre que no deja dormir o que despierta apenas conciliado el sueño, hambre igual que la del Lazarillo, eterna hambre... Pero el frío es lo peor. El hambre se calma con el pan que le arroja un posadero que le ha oído cantar; para el frío no hay pan. ¿Dónde está el sol de Andalucía, fuego salido de las manos de Dios, aquí tan frías?

Se decide a volver a Ronda. Si no deja el estudio dejará la vida. Da su guitarra en pago por la posada y se echa por las calles en busca del camino de regreso. Pasa por una iglesia y oye una música que lo detiene. Entra y escucha el grave son del órgano. Lo tocan manos maestras. Sube al coro. El organista es ciego. Fija la mirada vacía en el muro que ni siquiera ve, y sus manos desgranan todas las armonías del mundo.

La tarde es de las más frías del invierno, pero la música hace que el estudiante olvide todo lo que no sea el prodigio. No ha hecho ruido al llegar; el ciego no ha advertido su presencia. Termina de tocar el organista y baja a tientas la escalera. Él permanece ahí como en un éxtasis. Después baja también y sale de la iglesia. Pero no busca ya el camino. Se quedará en Salamanca, para volver a oír alguna vez la música del ciego.

¿Quién es el estudiante? Es Vicente Espinel, que nos contó su vida en la del escudero Marcos de Obregón. ¿Quién es el ciego? es el abad Salinas, don Francisco, a quien cantó fray Luis de León: “El aire se serena / y viste de hermosura y luz no usada, / Salinas, cuando suena / la música extremada / por vuestra sabia mano gobernada...”.

Frigidísimo frío este de Salamanca. “En echando agua en la calle se tornaba cristal”. Pero aquí vive Salinas. Y aquí se queda a vivir este hombre de 20 años, porque la música del ciego pone en su alma la misma luz que pone el sol en las ramas de los almendros andaluces.

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