El primer año del resto de nuestras vidas

Opinión
/ 9 octubre 2021

Han pasado 24 años desde aquel febrero de 1997, cuando con 26 años de edad y un fracaso matrimonial, yo navegaba por las aguas de la vida sin un rumbo claro. Quebrado moral y económicamente, trabajaba todo el día y mis pocas horas libres las pasaba con mi hija Sofía Amaranta, entonces una niña que con menos de un año de edad no alcanzaba a comprender el ir y venir de su vida, dividida siempre entre la guardería y el tiempo con su padre y su abuela que, además, hacía el papel de madre de los dos.

De rehacer mi vida o encontrar el amor ni hablar. Yo era el “divorciado” que además cargaba con una hija. Fue solo con apoyo de mi familia y la compañía y solidaridad de amigos entrañables que pude sobrellevar el fracaso.

El tiempo paso y un día de pronto mi vida cambió, pues conocí a una joven hermosa y brillante. Era Sandra, que recién se había graduado con honores como abogada. Una mujer alegre, inteligente, culta, leal y comprometida, que trabajaba sin descanso para contribuir al sustento de su familia. En un principio, forjamos una incipiente amistad. Platicábamos y en ocasiones salimos en grupo con amigos comunes, pero hasta ahí.

Sandra y yo éramos y somos muy diferentes. Ella creyente, yo agnóstico. Ella preocupada por los detalles y las pequeñas cosas y con un don especial llamado paciencia, esa que le da la capacidad de soportar a alguien como yo con un humor a veces insoportable, explosivo, una bomba de tiempo.

Pero todo cambió para mí cuando un 27 de febrero de 1997 la invité a cenar, y al poco tiempo nos hicimos novios. Ella me aceptó tal y como era, tal como soy: divorciado y con una hija. Así inició nuestra historia, una que lleva ya 24 años y que no fue y no ha sido fácil, pero que en medio de eso resuena en mi memoria la frase de un amigo que cambiaría mi vida para siempre: “Sandra es tu luz, y juntos son para la eternidad”.

Sandra y yo nos casamos un día como hoy 9 de octubre del 1999, y tiempo después, ya en el nuevo milenio, llegó a nuestras vidas Rodrigo Alejandro, un joven que hoy tiene 21 años y que heredó no solo los ojos, sino el talento y, por fortuna, buena parte de la personalidad de su madre. Años más tarde lo hizo Regina, una niña alegre, lindísima, pero con una personalidad voluntariosa, arrebatadora, nuestro terremoto personal.

Todos juntos como familia –Sofía Amaranta incluida, por supuesto– hemos vivido y sufrido de todo y nos hemos podido levantar. La vida se ha encargado de golpearnos tantas veces, y muchas veces sin ninguna misericordia. Juntos hemos pasado por terribles tragedias familiares, enfermedades, apuros económicos, peleas, celos, desacuerdos, malentendidos y muchos errores, en especial míos.

Que ha sido esta una montaña rusa de emociones, con problemas que llegaron a poner en duda nuestra vida juntos, pero que al final de cada crisis salimos más fortalecidos. Que hemos limpiado unidos nuestras lágrimas, conscientes de que las cicatrices en nuestras almas son el recordatorio de las tormentas del pasado, que también nos preparan para el futuro. Porque créame, los problemas y tragedias siempre vienen.

Pero los buenos momentos son muchos y son más y están allí para ser disfrutados y mantenernos creyentes. Que cuando volteo hacia atrás, puedo ver la alegría intensa en nuestras vidas, algo que jamás habría sido posible sin ella, que une a la familia y le da rumbo.

Sandra trabaja todo el día, pero jamás descuida a nuestros hijos que hoy en la adolescencia buscan su propio camino y forjan su personalidad. Administra el hogar, cuida los martes y jueves a Carlos Enrique y Alejandro, nuestros nietos –hijos de Sofía Amaranta–, y encuentra el tiempo para que ambos sigamos alimentando esta relación que tiene mucho de amor, hijos, proyectos comunes y un tanto de complicidad.

Hoy le digo a Sandra que después de todo este tiempo juntos, todo se reduce a ella y a mí y con eso a nosotros, a nuestra familia. Que supongo que todo estaba destinado para ser para siempre ella y yo. Que en este camino que hemos recorrido, muchas veces me he preguntado si hace 22 años, el día que nos unimos, estábamos listos, la respuesta es no. Pero que si tuviera que volver a hacerlo, lo haría de la misma manera, pues estoy convencido que 22 años después, hoy inicia el primer año del resto de nuestras vidas.

@marcosduranf

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