¿Es o se hace?
¿Está o nomás parece?

Opinión
/ 30 septiembre 2021
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Diversos autores han explorado la pesadilla que debe significar el ser tomado por loco y tratado en consecuencia, sin tener forma o medios para demostrar lo contrario, ya que cualquier rasgo de la personalidad, preocupación o interés particular puede encuadrarse fácilmente dentro de un diagnóstico patológico.

En el cuento “Sólo Vine a Llamar por Teléfono”, García Márquez relata la desventura de María, una chica que pide aventón y es recogida por el autobús de un sanatorio mental. Por este hecho fortuito pasa los siguientes años internada, suplicando que le crean que no es una paciente sino una persona cabal que únicamente necesitaba hacer una llamada para pedir ayuda, hecho que los médicos interpretan como una extraña y delirante obsesión con el teléfono.

Es tan sólo una ficción, pero por supuesto que existen casos reales en los que personas cuerdas han sido recluidas y pasadas por dementes, ya sea porque le resultaban incómodas a un régimen o le estorbaron a algún influyente.

Y una vez encerrado, cualquier resistencia por parte del involuntario paciente servirá sólo para refrendar la inconveniencia de su estado mental; y alegar una conspiración lo hará ver como psicótico paranoide.

Ahora, por favor, intente imaginar en el caso totalmente opuesto: Una persona emocionalmente desequilibrada y con una distorsión de la realidad en el límite, haciéndose pasar por alguien totalmente funcional.

Digo “haciéndose pasar” aunque dudo que alguien con un padecimiento de esta naturaleza sea autoconsciente de éste y menos probable me resulta que tenga el dominio como para tratar de disimularlo.

Sin embargo, le juro que hay mucha gente entre nosotros con trastornos mentales reales, de tenues a moderados, que gozan de un margen de acción, libertad y responsabilidades que uno jamás se imaginaría. Intento dejar asentado que no siempre nos resultará sencillo discernir entre una persona juiciosa y un demente funcional o semifuncional.

Hay buenas razones para creer que el presidente Andrés Manuel López Obrador padece un deterioro cognitivo. ¡Alto ahí!

Digo lo anterior con una seriedad a la que rara vez nos acogemos en este espacio. Sin ánimo de sorna o burla. Lo afirmo con toda la gravedad que el hecho entrañaría de ser cierto y también lo sostengo sin ninguna clase de apasionamiento partidista o de animadversión al régimen que encabeza.

Repito: Hay buenas razones para preguntarse cómo andan las facultades del Mandatario. Uno puede revisar material audiovisual de archivo y darse cuenta que Andrés Manuel no es la misma persona que hace diez años y es apenas un remedo de la que fue hace 20 ó 30 y créame, la edad, aunque influye, no tendría que ser un problema por necesidad. Pero en el caso del Presidente de México, sus lapsus se vuelven cada vez más frecuentes, sus dislates más absurdos y su discurso más desarticulado.

Lo que en un momento hubiera parecido -o quise yo ver cómo- una estrategia mediática para exasperar a sus oponentes, a la prensa o a cualquier interlocutor ajeno a su doctrina, hoy da trazas de una preocupante disminución de su memoria, elocuencia y capacidad en general para procesar información- A esto le llamamos cognición (aunque su esposa -escritora, por cierto- lo conozca como “cognitividad”).

Sus fieles se dan cuenta por supuesto, lo notan y lo perciben con igual preocupación y sudan sangre cada vez que el Presidente se pone a perorar por la libre, porque saben que en cualquier instante se puede ahorcar con su propia lengua y enredarse en una maraña retórica urdida por nadie sino él mismo.

Hay una diferencia sin embargo y es que los incondicionales de AMLO, aquellos que le profesan devoción sin esperar nada a cambio -que lo quieren sólo porque es el Presidente que tanto anhelaron- caen en negación (que a la larga debe derivar en irritabilidad y depresión). Para ellos es un hombre lúcido, cabal, rebosante de salud y pleno en sus facultades.

Mientras que sus cercanos: gabinete, colaboradores, aspirantes a sus favores, así como sus candidatos a sucederlo -es decir, todos los leales a “la causa”-, son bien conscientes de este progresivo deterioro, pero harán hasta lo imposible por soslayarlo, por soterrarlo, incluso por celebrarlo para que pase todo como ocurrencias y no como una debilidad del camarada líder.

Recordemos que todo régimen fundado sobre la figura de un líder carismático exige que en todo momento éste demuestre fortaleza, salud y dominio de sí mismo, pues en ellos radica la unidad del partido y la autoridad de su gobierno.

Si el caudillo supremo está óptimo, es capaz de recibir todo el cariño y el respaldo de su gente para así recoger el sentir y voluntad populares, con los cuales apuntala y justifica sus acciones; además de disolver cualquier discrepancia en el partido, porque la máxima es: “Todos con el camarada Presidente. ¡Hail AMLO!”. En ausencia del líder en cambio, todo se viene abajo: Gobierno y gobernabilidad, partido y sucesión-continuidad.

Así que sin importar cuán absurdo se llegue a tornar el discurso del Mandatario, cuán inconexas parezcan sus ideas, cuán inapropiadas lleguen a ser sus intervenciones en cumbres internacionales, o cuán desatinados sean sus designios, pocos o nadie se atreverán a hablar de un posible pero cada vez más patente deterioro neuronal y menos aún, a solicitar un reporte médico que avale su estado mental. Aunque ello sería tan legítimo como cuando se pidió lo mismo para EPN; o cuando se quería conocer la realidad sobre la presunta adicción etílica de FCH: La salud de un mandatario no es un secreto del partido de estado, sino un asunto de relevancia pública.

Pido ayuda a todos los expertos en estos menesteres a que sin apasionamientos nos brinden su mejor opinión y posible diagnóstico; los detractores acostumbrados absténganse, porque ellos desde hace tiempo lo quieren enfundar en una camisa de fuerza y, como ya he dicho yo, no se trata de fobias o filias políticas, sino de llegar a una verdad lo más objetiva posible, en aras del más puro interés nacional.

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