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Informa AMLO en el Zócalo

Opinión
/ 2 diciembre 2021
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Les platico: si solo les apetece leer sobre la concentración en el Zócalo capitalino para escuchar el 3er informe de López Obrador, háganme el favor de brincarse hasta el CAJÓN DE SASTRE. Gracias.

Siempre he sido malo para dar el pésame y peor aún para recibirlo.

Suelo esconderme cuando muere uno de los míos.

No sé cómo reaccionar y menos adivinar la sinceridad de las palabras que se dicen en esos casos.

Este pasado domingo 21, a las 3 de la tarde murió mi hermano menor, Willy. Tenía 48 años y sus últimas tres semanas fueron de lucha encarnizada, donde a ratos se aferraba a la vida pero en otros se vencía.

Fue noble y bueno hasta el último momento. El gesto de generosidad que tuvo al final me marcó para siempre.

En medio de esa lucha, cuando su calidad de vida se extinguía, llegó a pedir que lo desconectaran de los aparatos que le permitían respirar y latir a su corazón.

Pero cuando su lucidez le hacía abrir sus ojos, me apretaba la mano diciéndome sin palabras: “hermano, quiero seguirle”.

Lo vi llorar de impotencia y yo con él por no poder hacer algo más de lo que hacía.

Me dicen algunos que ya, que ya descansó. Pero yo les digo que no, que él quería seguir viviendo, porque su vida estaba llena de cosas por hacer y además, yo lo conocía, no quería morirse...

Semanas antes de que lo llevaran al hospital me dijo, mirándome a los ojos: “quiero seguir luchando, no me voy a rendir”, a pesar de que su padecimiento lo tenía conectado la mayor parte de sus días y sus noches a las esclavizantes bolsas de las diálisis.

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Ese domingo de su muerte, yo no estaba con él. Lo había visto apenas unas horas antes y recuerdo haberle dicho a mi hermana que lo vi muy mal.

Meses atrás, cuando mi mamá se agravó, hablamos de la posibilidad de llevarla a un hospital donde le dieran los cuidados que Willy le daba en casa.

Me dijo esa vez: “no se la lleven, es para mí como la hija que nunca tuve y cuidarla es uno de los motivos de mi vida”.

Y se quedó con ella hasta su último suspiro.

Muerta mi mamá, Willy se venció.

Dejó de conectarse a las bolsas que le daban vida y fue decayendo su salud hasta que no hubo más remedio que internarlo.

Cuidó a mi viejita hasta sus últimos momentos y después de haberla despedido, se entregó a las manos de Dios.

Hace unos días, cuando recibimos sus cenizas, mi hermana me recordó que Willy había pedido que fueran colocadas en el mismo lugar donde estuvieran las de mi mamá. Y ahí están ya, juntos, hasta el final de los tiempos.

Cuando murió mi papá hace seis años, un amigo me dijo al darme el pésame, que no había más orfandad que perder a la mamá y que por eso, la cuidara.

Y la cuidamos, y a pesar de eso, se nos murió.

Hoy, soy huérfano de padre, de madre y también de mi querido hermanito, el menor, Willy.

En todos estos días me había hecho a la idea de hacerme el fuerte pero ya no pude... y hoy lloré a solas, mucho rato, mucho, porque así como no sé reaccionar ante los “pésames”, tampoco sé cómo se debe llorar... cuando alguien más está...

CAJÓN DE SASTRE

“A juzgar por lo que vimos ayer en el Zócalo, las prácticas priyistas y panistas del acarreo, han sido importadas por los morenistas y sin que Morena pague regalías al PRI ni al PAN, aunque, quién sabe...”, dice la irreverente de mi Gaby.

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