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Juan y su perro

Opinión
/ 13 enero 2022
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Juan se levanta todos los días cuando el sol no se ha atrevido todavía a esparcir sus rayos por la ciudad. Con mucho cuidado de no despertar a nadie, se sienta en su cama y, contando los pasos, llega al baño entre aquella oscuridad. Después de bañarse y de vestirse, Juan coge el bastón que lo ha hecho famoso y da un silbido a su perro que se estira y se sacude un poco para ver si logra despertar. El día va a comenzar.

Juan sale de su departamento. Su perro feliz menea la cola y agradece a su amo el detalle de sacarlo a pasear. Es temprano y hace frío, pero a Juan no le importa que aún esté todo en penumbras. Llega a la esquina de su casa y espera que un leve pitido le indique que puede cruzar la calle. Su perro, que conoce muy bien el camino, le indica a Juan por dónde ir.

Juan acaricia a su perro y, mientras lo hace, de pronto alguien le grita: “¡hola Juan! Ya tengo tu desayuno”. Juan sonríe y su perro mueve la cola, pues sabe que su dueño siempre le comparte un pedazo de churro sumergido en chocolate calientito. Cuando Juan termina, saca de su bolso un par de monedas, las justas para pagar lo consumido.

Juan y su perro siguen su camino y llegan por fin al lugar indicado. Lo difícil comienza ahora. Con su bastón trata de reconocer las características del terreno. ¿Hay una pared? ¿Acaso ya están los escalones? Esas preguntas desfilan por la mente de Juan y, segundos después, se decide a dar el primer paso. Baja con cuidado los escalones, pues cualquier tropezón puede ser fatal. Por fin llega a terreno plano, lo demás es muy sencillo para Juan y su mascota, que conocen perfectamente cada rincón de esa estación del metro.

Se sube en uno de los vagones y una seductora voz femenina le indica por cuáles estaciones va pasando. Cuando escucha “Próxima estación: Banco de España”, acaricia a su perro, como diciéndole que debe estar alerta. Al salir de la estación, Juan escucha muchas voces. El resto de los madrileños se han despertado ya y se dirigen a sus respectivos trabajos. Entre ese desfile interminable de personas, Juan y su perro se abren paso entre la gente y llegan por fin al lugar de trabajo.

Juan vende boletos del sorteo de la ONCE (Organización Nacional de Ciegos Españoles) y, además, tiene la fama de haber vendido en más de una ocasión el premio mayor. Eso hace que Juan sea famoso. A pesar de que Juan es una persona con discapacidad visual, nadie se atreve a pagarle menos dinero del que corresponde. Y, aunque muchos ni siquiera se lo imaginan, Juan sabe distinguir perfectamente entre los distintos billetes y monedas que le dan.

Cuando llegué a Madrid, hace como 20 años, conocí a Juan y a su perro cuando le compré un billete del famoso sorteo de Navidad. Debo confesar que en toda la plática que tuve con Juan nunca me di cuenta que era ciego, pues manejaba su negocio con tanta maestría, que de seguro yo lo hubiera hecho peor. Sin embargo, al ver su bastón y a su perro, mi admiración hacia Juan fue muy grande. Cuando pasaba por donde vendía sus boletos y lo saludaba, siempre me gritaba: “¡Ya cómprame algo mexicano! ¡Tus saludos no me dan de comer!”. Después se reía y yo también me reía y pensaba que en México muchas personas como Juan no pueden llevar una vida similar.

Es tiempo ya de que nuestros gobernantes se obliguen a ellos mismos y a los dueños de edificios y comercios, a elaborar los ajustes suficientes para que las personas con discapacidad, cualquiera que ésta sea, no se vean forzadas a permanecer en su casa. Hay que pensar en términos de grandeza. Chema va comenzando su administración, y mucho bien haría si obliga a los concesionarios del transporte urbano a tener unidades equipadas con rampas para que personas en sillas de ruedas puedan viajar, así como incluir grabaciones que vayan mencionando en qué calle van a parar. Si logra lo anterior, Chema pasará a la historia como el alcalde más humano y generoso. Al gobernar tiene por obligación buscar el bien común de los saltillenses. ¿Existe acaso otra forma mejor de alcanzarlo?

aquientrenosvanguardia

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