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La Columne

Opinión
/ 2 septiembre 2021
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En 1993 el legendario cantante, compositor y multi instrumentalista Prince Rogers Nelson, mejor conocido como Prince, decidió reinventarse y como parte de este proceso adoptó un nuevo nombre escénico: Un símbolo resultante de la fusión de otros dos -el de Marte y el de Venus- que culturalmente asociamos a lo masculino y lo femenino respectivamente. El artista denominó a este híbrido semiótico “Love Symbol #2”

¿Cómo se pronunciaba? Nadie lo sabe, la prensa se refería al astro de la música como “El artista antes conocido como Prince”. Y hasta escribir su novedosa denominación resultaba complicado (de hecho todavía lo es) puesto que los teclados obviamente no cuentan con este carácter especial. En aquellos años la disquera tuvo que distribuir paquetes informáticos a los medios impresos y electrónicos para que cargaran el Love Symbol #2 en sus fuentes tipográficas. Un verdadero jaleo desatado por capricho de una sola persona: Su Púrpura Majestad, El Rey del Funk, el artista que luego volvería ser conocido como Prince.

Cada generación que pisa este mundo se cree el cuento de que es original y que llegó para romper con todo lo establecido (¡suerte con eso!) y la juventud que hoy estriba entre los niños centennial hasta los pre-cuarentones millennial no iba a ser la excepción. De manera que se consideran innovadores, padres inventores y reivindicadores de la intersexualidad y las identidades de género mixtas o -como prefieren llamarles hoy- “no binarias”.

Pues pobrecillos porque nosotros por lo menos tuvimos a Prince para abrirnos los ojos a un mundo más allá de lo masculino y lo femenino, pero los chavones actuales tienen como abanderada a “La Compañere”.

Andra, estudiante que no se identifica como hombre ni como mujer sino todo lo contrario, exige a sus condiscípulos universitarios que se le refiera como “compañere” y con el ‘pronombre’ “elle”, y es que de no hacerlo estallará en un berrinche histérico como el que protagonizó en línea y la volvió el meme de la semana.

Pero mire, no nos regodeemos más en su desgracia, ya “elle” recibió todo el “hate”, todo el “bullying” y todo el “troleo” (muy a propósito de la preservación del lenguaje) que un ser humano necesita en una década. Disertemos mejor sobre el llamado lenguaje inclusivo, cuyo debate se antoja más estéril que el de la quesadilla con/sin queso.

Es muy fácil y sumamente tentador adherirse a cualquiera de los bandos antagónicos en este brete: Ya el de quienes abrazan esta forma de hablar como cura contra la discriminación; ya el de quienes la repudian como mamarrachada de gente desubicada. “Ambes” traen ganas de partirse su “progenitore gestante” y por mí está bien.

Pero mi real preocupación es lo concerniente a la comunicación, que además de ser mi medio de trabajo y objeto de estudio, es la única forma que tengo para interactuar con otros seres humanos; ya sea para expresarles amor, para decirles lo ridículas que encuentro sus más sagradas creencias, o para pedirle al de los elotes que le ponga salsa de la que sí pica (aunque luego me arrepienta).

Inútil es intentar dirimir este asunto apelando a la autoridad de la RAE, ya que ésta carece por completo de aquella. Además, no se trata de averiguar qué dictan las reglas del idioma, esas las conoce cualquier pelele con educación media. Y lo que intenta la corriente progre es precisamente romper con dicha reglas y construir una nueva gramática.

Si fuese a apuntalar mi postura con alguna opinión autorizada me acogería mejor a la de Vargas Llosa, quien se lo toma a chorrada y lo califica sin más como “estupidez” al tiempo que se carcajea. ¿Y qué esperaban? Es alguien que ha trabajado toda su vida perfeccionando un universo literario con los hermosos bloques de la lengua española, como para que hoy venga un “compañere”, en búsqueda apenas de su identidad, a decirle que aquello a lo que consagró su vida quedó obsoleto. Yo también me partiría de risa.

Pero no se necesita ser Vargas Llosa o Premio Nobel para amar el lenguaje tal como lo conocemos o utilizamos. Ni siquiera es menester ser muy pulcro en su utilización para sentirse violentado cuando te piden que lo modifiques de manera drástica, de un día para otro y sin lubricación previa. Tan violenta imposición es de hecho peor que la que los “compañeres” buscan supuestamente erradicar. Además, ningún estudio ha demostrado que el lenguaje inclusivo coadyuve a visibilizar ciertos grupos, aunque sí ha probado que vuelve a sus promotores dolorosamente inmamables.

El sexo es algo muy sencillo, lo determina lo que tenemos entre las piernas. El género es algo muy complejo y existen más de dos, estoy de acuerdo. Pero sucede que, para todo efecto administrativo y de coexistencia, lo que nos interesa realmente es el sexo de las personas. El género es tan complejo y tan individual que bien podría mantenerse en lo privado. La última forma clínica que llené me preguntaba mi sexo, no lo que yo sentía ser por dentro.

Entiendo esa necesidad humana (especialmente a cierta edad) que lleva a un joven a buscar afirmación proclamando individualidad. La condición de especial sin embargo no es gratuita, se gana, pero no gritándoselo al mundo, sino dejando una marca.

Lo siento, pero no te vamos a llamar “compañere” por más que lo exijas (habrá quienes sí, desde luego, pero muchos por no tener que lidiar con esos berrinches y otros lo harán con sorna). En cambio, cuando tengas los méritos de Prince Rogers Nelson, el mundo hasta va a modificar sus teclados con tal de poder escribir tu nombre. Antes no.

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