La Navidad llega (y se va)

Opinión
/ 3 diciembre 2021

    He aquí que tengo 8 años de edad.

    Contened la risa: 75 años más que esos tengo ya, no sé si bien vividos, pero sí sé que bien gozados. Sólo que éstos son los días de la Navidad, y la Navidad es para mí, si no la fuente de la juventud eterna, que eso es lo de menos, sí la fuente de la eterna niñez, que es lo de más.

    En estos días yo, que he dejado de creer hasta en la ley de la gravitación universal, vuelvo a creer en la Navidad. Tengo mi propia liturgia navideña. Mis padres me hacían regalos, ansiosamente esperados, pero ahora entiendo que lo mejor que me regalaron fue la Navidad misma, pues me enseñaron a amarla y a sentirla. Yo rezaba el rosario en las posadas aun antes de saber hablar. Uno de los primeros recuerdos de mi vida es el estallido de risa jubilosa que llenó la sala cuando mamá Lata, mi abuela materna, dijo al rezar la letanía: “Reina de los profesores”, en vez de decir: “Reina de los confesores”.

    Llega el Adviento y saco los discos de la Navidad: villancicos de Bernal Jiménez y de Silvino Jaramillo; el coro monumental de los mormones; las canciones navideñas de Bing Crosby y Nat King Cole; la Escolanía de Montserrat; “El Mesías”; los motetes de Bach; “El Cascanueces”; “Hansel y Grethel”; “Amahl y los Visitantes Nocturnos”... También aquellos discos que hace muchos, muchos años hizo grabar la Good Year Oxo, y que te regalaban en la compra de cuatro llantas.

    Asisto con mirada de crítico de arte al rito de poner el pino y el Nacimiento. El pino que ponemos en mi casa -que es la tuya- es siempre un pino heroico. Carga en sus ramas el contenido de un camión de mudanzas. Está toda la balumba de esferas coloridas; las mil figuras -mi favorita es la de un angelillo niño metido en una cáscara de nuez, agarrado con ambas manos a los bordes y deslizándose con expresión de susto por una pendiente imaginaria-; las estrellas, cometas, y toda una astronomía de astros de sospechosa traza no identificados; focos de tres clases: de los que prenden, de los que prenden y apagan, y de los que no prenden.

    Abajo, el Nacimiento es todavía más heterodoxo. Conviven -gracias al Nacimiento todos podemos convivir- animales del África comprados en el viejo Kress de Laredo con elegantes personajes adquiridos en Macy’s de Nueva York o en El Corte Inglés de Madrid. Lo mejor, sin embargo, son las cosas mexicanas. Porque la Navidad es hermosa en todo el mundo, pero en México más. Hay tesoros de Tonalá y de Tlaquepaque; hermosuras imponderables de Uruapan; maravillas traídas de Oaxaca; prodigios diminutos de palofierro que hallé en Bahía Kino; figuritas de ónix queretano; inverosímiles árboles de Metepec; estambres y chaquiras de los huicholes; misterios de lana negra venidos de San Cristóbal de las Casas, cajitas de Olinalá que se abren y huelen a la mirra que ofrendó Baltasar...

    Tengo un precioso ejemplar antiguo del Cuento de Navidad que escribió Dickens. Lo saco cada diciembre por estos días. Y en familia leemos, cuando llega el gran día -la gran noche-, la más hermosa narración que jamás se ha escrito: “... Y aconteció en aquellos días que salió edicto de parte de Augusto César, que toda la tierra fuese empadronada...”.La narración la escribió un médico, el evangelista Lucas, y yo leo su historia en mi Biblia protestante de Casiodoro de Reina y Cipriano de Valera, porque versión castellana mejor que ésa no conozco.

    Así celebraré en mi casa, que es la tuya, esta Navidad que ya se acerca. Así espero seguirla celebrando hasta que llegue mi propia Navidad, que ya se acerca también.

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