La Plaza de Armas

Opinión
/ 10 octubre 2021
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Sucede que en nuestra plaza principal, la que conocemos como Plaza de Armas y oficialmente se llama Plaza de la Independencia, se dan con frecuencia hechos que por inusitados llaman la atención.

Siendo como es, el corazón de la ciudad, flanqueada por la Catedral y el Palacio de Gobierno, no es extraño que sucedan en ella actos que afectan la vida cotidiana y la política regional, llegando a veces a sacudir la natural indolencia de los saltillenses. Desde tiempos de la Colonia, en la Plaza de Armas se celebran los acontecimientos importantes para la ciudad y para el estado.

A la plaza vienen a manifestarse, procedentes de todas las poblaciones coahuilenses, los grupos políticos inconformes, trabajadores, vecinos afectados y cualquiera que quiera llamar la atención del gobierno sobre los problemas que padece. Hace unos veinte años se volvió foro y escenario para la presentación de artistas y grupos del momento. También, y tradicionalmente, hace mucho tiempo la Orquesta Sinfónica del Estado, como hacían en otros tiempos las bandas militares asentadas en la ciudad, ofrece serenatas en las tranquilas tardes saltillenses, cuando el ocaso empieza a oscurecer las calles y se encienden las farolas de la plaza.

Toda gran celebración cívica o social tiene lugar en la plaza. Allí se reunió el pueblo con los regidores de la ciudad y los comandantes de las tropas realistas que apoyaron a los insurgentes para jurar la Independencia de México el 1 de julio de 1821, antes que ninguna otra ciudad del norte. También un día de 1864 se formó allí el batallón que iría a combatir a Vidaurri cuando ese gobernador de Nuevo León se negaba a la separación de Coahuila, que había anexado al vecino estado, y en sus cuatro esquinas se dio lectura al Bando presidencial de don Benito Juárez, por el que separaba Coahuila de Nuevo León y le devolvía su rango de estado mexicano independiente y soberano. Don Benito ejercía en ese tiempo la Presidencia de la República en Saltillo por la intervención francesa. Y no se hable de las celebraciones del Grito de Dolores y la del Santo Cristo de la Capilla.

Un día de 1867, los saltillenses se volcaron allí para recibir al Primer Batallón Ligero de Coahuila, proveniente del Sitio de Querétaro, donde luchó en la defensa de la patria ante la invasión francesa. Y antes, en la ocupación norteamericana de 1846, la plaza sirvió de escenario para ejecuciones militares por ahorcamiento y de antesala al hospital de sangre habilitado en la Catedral durante la Batalla de La Angostura para atender ahí a los heridos de ambos bandos. La Plaza de Armas fue también de Adrián Rodríguez, personaje inolvidable del pasado siglo por su exquisita locura, ahí arengaba y decía sus discursos, ahí repartía sus monedas a los niños y ahí fue a tenderse en el suelo a cielo abierto y con los brazos extendidos al sentir llegada su hora, y murió frente a la sede del gobierno que nunca pudo ocupar.

Todavía a principios del siglo pasado ahí paseaban dando vueltas los jóvenes, en una dirección los varones y las muchachas en la dirección contraria, y cruzaban sus miradas. Seguramente, muchas familias saltillenses se hicieron a consecuencia de un noviazgo que inició con una furtiva mirada en el paseo de la plaza, al ritmo de una pieza musical interpretada por la Banda de Música del Estado o alguna banda militar del regimiento en turno en la ciudad. Un periódico de Saltillo, “El Pasatiempo”, del 29 de abril de 1879, anuncia que ha llegado a la ciudad el coronel Nuncio, con el 9º regimiento de Caballería, que es a sus órdenes, y el programa que esa noche tocará su banda en la Plaza de la Independencia:

1. Paso doble Rotrou,

de Guilbert.

2. Polka Cousinechen,

de Carl Faust.

3. Vals La gallina ciega., de G.

4. Polka La Mariposa, de M.M.

5. Preludio El Corsario, de Verdi.

6. Mazurka Lejos de ti, de A.D.

7. Danza Voy allá, de N.N.

Esa ha sido la Plaza de Armas, la que ha sido y sigue siendo, el corazón que da vida a la ciudad.

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